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viernes, 6 de agosto de 2010

Sobre los Padres del Desierto y los orígenes del monacato - parte II

...Por este camino, el discípulo se liberaba, se vaciaba del hombre viejo y de todo resto de egoísmo que le hubiera impedido recibir los dones del Espíritu Santo. Aprendería, también él a "discernir los espíritus", o sea a distinguir, más allá de las apariencias, los movimientos interiores que provienen del Espíritu de Dios, o que son dispuestos por él, y a diferenciarlos de los que son preparados por el Enemigo a fin de hacerle tropezar y caer. Aprendería a leer la Escritura y, por ella, a iluminar su camino. Se convertiría a su vez, en un hombre espiritual. Como fruto maduro que se desprende de un árbol, se desligaría del anciano que lo tomó bajo su dirección para, también él, comunicar su conocimiento de la vida evangélica a otro principiante.

La segunda parte de esta pedagogía se desarrolló a partir de la autoridad particular que se le reconocía a la palabra. No a cualquier palabra, sino a las que utilizan en su diálogo dos hombres ávidos de cumplir la voluntad de Dios: un anciano, ejercitado en el discernimiento, y un discípulo, cuyo único deseo es encaminarse por el sendero de la salvación. En esta perspectiva, la palabra pronunciada por el anciano al discípulo que acude a solicitarla es considerada como carismática y se la llama, de acuerdo a la palabra griega "declarar", un apotegma. Es carismática, en principio, porque el que la pronuncia es un hombre espiritual, y uno de los frutos de la presencia del Espíritu es, precisamente, esta "gracia de la palabra" que hace de él un educador espiritual. Pero esta palabra es también carismática por el resultado que ella produce en aquél que la recibe con la debida actitud interior, ya que solicitar una palabra no es suficiente. Es necesario hacerlo con fe y con el profundo deseo de extraer de ella un beneficio espiritual. Si el que la pide está movido por la curiosidad o la vanidad, entonces el carisma no juega más,y el anciano queda reducido al silencio.

En el origen, hombres, iletrados en su mayoría, se dirigieron a sus discípulos y consultantes pronunciando palabras carismáticas en el sentido que acabamos de ver, y esas palabras fueron guardadas en la memoria.

Aquí un apotegma que describe fielmente el espíritu de aquellos  padres del desierto:

 - Se cuenta que abba Pambo, en el momento mismo de su muerte, le dijo a los santos hombres que estaban cerca suyo: "Desde que vine a este lugar del desierto y construí mi celda y la habité, no recuerdo haber comido pan que no fuera fruto de mis manos ni he pronunciado palabra alguna, hasta la hora presente, de la que tuviera que arrepentirme. Sin embargo marcho hacia Dios como si jamás hubiera comenzado a servirlo".

El Cenobitismo

Al mismo tiempo que la vida monástica se desarrollaba ampliamente en muchas regiones del Bajo y Medio Egipto, se inauguraba en la Tebaida otra forma de vida monacal: el cenobitismo, cuyo primer organizador fue San Pacomio. Pacomio nació en el año 292 en la Tebaida superior, de padres paganos. Se alistó en los ejércitos imperiales y, siendo soldado, conoció el cristianismo hacia el año 313. Apenas convertido y bautizado, se entregó a la vida anacorética al lado del solitario Palemón. Pero al ver la desorientación de muchos anacoretas y los peligros que encerraba la vida solitaria sin ningún aliciente humano, reunió en torno suyo gran número de discípulos, y con ellos organizó el primer cenobio con todas las características de la vida monática de comunidad. El primer monasterio pacomiano se fundó alrededor del año 320 en Tabernesia, localidad de la Tebaida. Todos vivían en un lugar cercado y bajo una misma regla, obligándose a obedecer a un superior y observando una distribución y regla determinada, escrita por el propio San Pacomio. Se entregaban al trabajo manual y al estudio de la Sagrada Escritura.

Las "Lavras" de Palestina

Este género de vida monacal, sin embargo, no quedó circunscripto solamente a Egipto. Bien pronto se extendió a Palestina, aunque con características muy particulares, que dieron origen a las llamadas "lauras" o "lavras".
El primer promotor de las "lavras" fue San Hilarión, discípulo de San Antonio. Hacia el año 306 inauguró la vida eremítica en Palestina, fijándose al sur de Gaza, donde bien pronto se le  unieron numerosos discípulos. Las colonias de San Hilarión, organizadas al estilo de las de San Antonio, se trasformaron, poco a poco, en verdaderos monasterios con vida regular cenobítica, pero bajo la forma especial de las llamadas "lavras".
Eran una especie de cabañas separadas e independientes, pero situadas en un recinto cercado. Sus moradores seguían un estricto ascetismo bajo un mismo superior y director espiritual, y llevaban una vida de comunidad a la manera de los cartujos o camalduenses de la Edad Media y de nuestros días. En los alrededores de Jerusalén y Belén se organizaron varias célebres "lavras". El maestro más venerado de las "lavras" palestinenses fue San Eutimio; pero fue San Teodosio quien más contribuyó a darles la forma estricta de grandes cenobios.