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viernes, 15 de mayo de 2015

Deificación vs. Nirvana


Hieromonje Diego Daniel Flamini

Pregunta:
 
El archimandrita Sophrony en su libro “Ver a Dios como Él es” nos dice lo siguiente:

“Nada en la naturaleza es una repetición absolutamente idéntica. Y esto vale sobre todo para la realidad de los seres racionales. Cada hombre posee un corazón creado ‘aparte’ por Dios (cf. Sal 32, 15): es el corazón de una persona-hipóstasis dada y, en cuanto tal, irrepetible. En su realización última, cada persona recibirá ciertamente para siempre un nombre, conocido sólo por Dios y por quien lo reciba (cf. Ap 2, 17). De este modo, por más que la vida de todos los salvados sea una, como es uno el reino de la santa Trinidad (Jn 17, 11.21-22), el principio personal de cada uno de nosotros será irreductible al de otro.”

¿Debemos entender entonces que de acuerdo a la tradición cristiana, en contraposición a lo que pregonan diversas corrientes pseudoespirituales sobre la aniquilación de la persona, los santos, es decir, aquellos que por la deificación han llegado a ser dioses por participación, mas no por naturaleza, preservan una singularidad irreductible en su estado de bienaventuranza?

Respuesta por Hieromonje Diego:

Entonces me preguntabas si lo que Sophrony habla de esta condición de persona irreductible es verdaderamente así en la Revelación que Dios ha hecho en nosotros, contrariamente a cómo se plantea en las visiones paganas de una aniquilación del yo. Bien, Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Por creado a imagen y semejanza los Padres comprenden que es creado “persona”, imagen, y “semejanza” de acuerdo al hacer de Dios. La semejanza, la vida de la gracia, se perdió por el pecado y la recuperamos por Jesucristo. Recuperar la semejanza por Jesucristo, también implica una reforma de la imagen de acuerdo al Original, ya no la deformidad que tiene la imagen, la persona humana, de acuerdo al pecado, sino a la Voluntad benéfica, siempre benéfica, de Dios que nos ha creado, y nos ha creado para hacernos participar de su amor. Entonces, este camino de vuelta, este camino de vuelta hacia el Padre, este regreso hacia el Padre, salidos de  la nada, creados en el vientre de nuestra madre, va tomando distintas etapas: en primer lugar, la adopción que recibimos en Jesucristo en el Bautismo, pasamos a ser hijos del Padre, pasamos a ser morada del Espíritu, somos también imagen del Hijo, porque el Padre ve en nosotros al Hijo, al Hijo por medio del cual hizo todas las cosas. 

La principalidad de este camino nunca cambia; la acción de Dios está siempre dirigida a que seamos más lo que hemos de ser en su plan, su plan lleno de sabiduría; nosotros salimos de la nada y somos llevados por Dios e invitados a participar, a cooperar con la gracia, con nuestras potencias limpias del pecado. Nos vamos acercando por el camino de la santidad, por el camino de la deificación, la theosis, y lo vamos haciendo siguiendo las huellas del Hijo, siendo dóciles al Espíritu, es decir que caminamos hacia el Padre llevados justamente por el Espíritu y por la Verdad. El verdadero culto, dice el Señor, ya no será en tal o cual lugar, sino que será en un modo en particular, esto es, en Espíritu y en Verdad, y no podemos separar el verdadero culto del camino de la deificación; el que seamos transformados en dioses por participación en ningún modo nos desvía de la centralidad de este culto al Padre, culto al Padre a quien conocemos en Jesucristo por medio del Espíritu Santo. 

Esta deificación, lejos de borrar en nosotros lo que somos, lejos de asimilarnos a algo que nos supera y que nos desdibuja, muy por el contrario, hace crecer en nosotros las semillas de la gracia, las semillas de la Bondad de Dios y sus dones, y de esa misma manera crece en nosotros lo que Él sembró y nos transformamos en lo que Él quiere. Alcanzamos nuestro propio bien y podemos decir que nuestra persona se reconcentra en torno al querer de Dios que hace a todos y cada uno distintos dentro de un plan que supera nuestra mente y que conocemos como excelente, como bueno, porque todos los caminos del Señor distan de nuestra voluntad como la Tierra del Cielo. Nosotros nunca dejaremos de ser humanos, pero seremos transformados en la gracia, en la medida de la Voluntad de Dios, y somos asimilados a un orden superior que no nos desdibuja, sino muy por el contrario, son liberadas a una escala infinitamente por encima de nuestras posibilidades las energías divinas que actúan en nosotros, la gracia de Dios, de modo que vemos, inclusive nosotros los que caminamos en la tierra, cómo los  santos participan de ese misterio redentor; ese misterio redentor que desempeñan los santos, cada cual distinto, irreemplazable, es uno también con su ministerio de la Tríada de Dios; ellos están divinizados plenamente y sin embargo interceden; adoran al Padre y también son morada evidente del Padre, es una sola cosa.

Cuando el hombre contemporáneo de alguna manera mira con deseo esos caminos de aniquilación, en verdad está revelando su estado interior de vacío, de autosaciedad, de autocomplacencia, que lleva justamente a un deseo de aniquilación. Hay una ley espiritual que hace que cuando nosotros nos erigimos en Dios de nuestro propio mundo, también se vuelven contra nosotros las obras que creamos. El Apóstol San Pablo lo dice inclusive hablando de aquéllos que evangelizan: "Algunos construyen con oro, otros con piedras, otros con paja, todo será probado por el fuego y algunos salvarán su vida como quien la salva de un incendio. Cada cual inspeccione con qué construye". Ahora, cuando el Apóstol habla de construir no está obviamente hablando de ninguna construcción material, ni siquiera está hablando directamente de la construcción de una comunidad de piedras vivientes, sino que en primer lugar está hablando de la construcción de la vida de la fe: cómo se edifica en nosotros el hombre nuevo. En la carta a los Colosenses aparece delineado muy bien cuál es el camino del hombre que llevado por sus propios deseos llega al precipicio de desear el abismo, el abismo que suprima su orgullo, el abismo que compense el tremendo peso de querer cargar el mundo sobre los hombros, de querer dirigirlo todo, de querer dominar. Un dominio sin Cristo es un dominio contra Cristo, "El que no junta conmigo, desparrama", dice el Señor. De manera que tal como se plantea la civilización hoy, es una civilización construida contra Cristo, buscando inclusive suplantarlo, que es el verdadero significado de la palabra Anticristo, es un falso Cristo. Con falsas fuerzas buscamos suplir la fe. Creemos que los avances de la medicina hacen menos necesaria la fe, y si no fijémonos en qué punto recurrimos a Dios: si cuando perdemos la esperanza en los médicos o cuando nos es comunicado el primer diagnóstico. Cada cual inspeccione con qué construye; con qué construye, es decir, con qué coopera para la obra de Dios, si es dócil al querer de Dios, si lo es plenamente, si lo es vanamente, porque escucha y no cumple, si es abiertamente contrario al mandamiento de Dios. 

Por eso, debemos inspeccionar en nuestro corazón qué cosas están impidiendo que sea edificado en nosotros el hombre nuevo, aquel que avanza constantemente renovando esa imagen de Cristo, ese hombre nuevo en cuyo corazón habitan riquezas insondables que son derramadas sobre nosotros. Pensemos el misterio escandaloso de la fe, de la fe verdadera tal como el Señor se ha revelado,  que nos dice que Dios se ha hecho hombre y que no ha dejado de serlo, y el segundo misterio, más escandaloso todavía, es que nosotros al ser transformados no dejaremos de ser hombres y, es más, al fin de los tiempos resucitaremos. Ni siquiera los santos en el Cielo han completado su proceso, porque también ellos tienen que pasar por la resurrección, es de fe el que aquellos que están en el Cielo no han resucitado todavía, excepto nuestro Señor, el primer surgido de entre los muertos, y su Santísima Madre. No hay una claridad de que aquellos que son nombrados como resucitados en las apariciones después de la resurrección de Cristo -en aquellos tiempos aparecieron muchos hombres de la antigüedad, muchos profetas famosos por Jerusalén y alrededores-, no está como una sentencia clara que sea la resurrección de los muertos, sino que sea justamente una aparición, como pudo ser la de Lázaro, que es una reviviscencia, es una gracia de estar en este mundo por una virtud de Dios, pero no haber alcanzado el estado de la bienaventuranza final, que en este caso sí la alcanzó la Bienaventurada Virgen María.

Volviendo a la deificación y a la fuerza con la que Dios actúa, la vida de la gracia entonces se mueve dentro de estos parámetros: Dios se ha hecho hombre y con esto ha completado la Creación, y Dios atrae hacia sí al hombre para que sea transformado sin dejar de ser él, dios por participación. Por eso es fundamental examinar nuestras verdaderas disposiciones. En nuestros días la “oración de Jesús” suscita muchos adeptos, muchos seguidores, los íconos atraen invariablemente a gente de todos los orígenes y también suscitan una gran adhesión; hay inclusive autores espirituales, Padres de la Iglesia, que son leídos más en nuestros días que en otro momento de la historia. Se busca con una gran avidez, pero hay que examinar espiritualmente, no caer dentro de aquella profecía que está en los Profetas, si mal no recuerdo es el profeta Oseas, que dice: "Enviaré hambre y sed de la Palabra de Dios a la Tierra, y los hombres errarán de un lado a otro buscando; irán del Norte hacia el Este, buscarán y no encontrarán". Por eso debemos vigilar para que esa profecía no se cumpla en nosotros y que seamos admitidos con humildad dentro de la gracia de Dios; ser admitidos con humildad no significa tomar por nuestra cuenta aquellos elementos que nos resultan útiles a nuestro camino, sino entrar a caminar, comprender el llamado de Cristo para ir tras sus pasos, ir tras sus pasos cargando la Cruz, en un camino estrecho. No hay autopista hacia Dios, no hay teleférico hacia Dios, nada nos libra de la fatiga de la Cruz, ya sea en una larga vida, ya sea en una vida muy corta, ya sea con obras manifiestas de la fe, ya sea con una fe simple como la del buen ladrón, una fe que alcanzó a abrirle las puertas al Paraíso y también nos abre a nosotros las puertas del Paraíso, porque esa fe simple del ladrón es una luz en nuestro camino, como la fe del publicano en el fondo del Templo que decía "Señor, ten piedad de mí"

Nosotros tenemos que partir de que no estamos llamados a suprimir esas cosas sencillas, sino a repetirlas incesantemente. De hecho, cuando vamos a comulgar en la Divina Liturgia, decimos justamente eso: "Creo Señor y confieso que Tú eres realmente Cristo, el Hijo de Dios vivo, que viniste al mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero". No puedo recibir el Cuerpo de Cristo si no tengo la certeza de que yo soy el primero de los pecadores; si me acerco mascullando juicios contra los demás, si creo que algo de lo que hice me pone por encima de los demás. "De tu Mística Cena, oh Hijo de Dios, recíbeme hoy como participante, pues no revelaré el Misterio a tus enemigos ni te daré un beso como el de Judas, sino que como el malhechor te confieso: recuérdame, oh Señor, en tu Reino". "Recuérdame, oh Señor, en tu Reino", el clamor del creyente se acentúa en cuanto más se acerca a la cima; en cuanto se apaga nuestra penitencia, en cuanto se apaga nuestra compunción, tanto en cuanto se apaga nuestro temor de Dios, tenemos la certeza clara de estar desviados, de estar siguiéndonos a nosotros mismos, es decir, perdidos. Y esa claridad nos la da Dios, nos la da el Espíritu Santo que enseña en medio de la Iglesia, la cual es santa y de la cual nos desgajamos cuando pecamos. 

A veces, cuando profesamos la fe verdadera, podemos compadecernos, o algunos indignarse, contra aquellos que practican la fe mutilada, deformada, sin embargo nosotros, cuando pecamos, somos peores que ellos, porque nos desgajamos de la verdadera vida conociéndola; tenemos una luz que nos ilumina más fuerte y erramos con mucho más deseo, por eso esto más debe volvernos a cambiar en la humildad. Es ahí cuando comprendemos que todo coopera para el bien de los que aman a Dios y si el Señor vuelve a poner en nosotros ese deseo de amarlo y de vivir según sus mandamientos, que es lo mismo, entonces aprendemos a ir por ese camino de humildad y a ver inclusive en aquellas contrariedades y obstáculos que aparecen en nuestro camino, una palabra del Señor destinada a edificarnos, a hacernos crecer, a santificarnos, a arrepentirnos, a ayudar a otros, a seguir en este camino hacia el Padre, que como todo camino, o mejor dicho, como toda senda, pequeña senda, tiene sus peligros, pero en esto tenemos ayuda de aquellos que nos preceden, aquellos cuya fe es una antorcha para nosotros que nos permite seguir en esta oscuridad creciente en el camino hacia la cima. Si nosotros levantamos la vista con fe, veremos en la vida de la Iglesia muchas antorchas que nos preceden y que van con la vida de la fe iluminando nuestros pasos; si no las vemos, entonces posiblemente estemos siguiendo otro camino, un camino edificado sobre nuestra presunción. Porque la luz de Dios viene a nosotros para iluminarnos y para que nos arrepintamos, no para echarnos en cara o mofarse de nuestro pecado, sino para sanarnos de él, y es aquí, en cuanto hablamos de la santificación, de la deificación, también tenemos que hablar de la vida del pecado, que es una muerte, que es un daño, que es una mengua, que es una pérdida. 

A veces, las ideas que tenemos con respecto al pecado y la gracia son el principal obstáculo para poder vivir la vida de Dios. Cuántas veces una persona que va creyendo que busca a Dios se tropieza con el pecado del otro o con el pecado que cree que tiene el otro o con el que le parece y está seguro que debe ser así, y siente alejarse de Dios porque, al juzgar al otro, al condenar al otro, lo está envidiando. Codiciar el pecado del otro es, en la manera más efectiva, mediante la condena, porque no nos permite reconocer nuestros verdaderos sentimientos. "¿Cómo puede ser que ése peque y yo me tengo que aguantar de no pecar para estar parado en el mismo lugar?" Creo que si, con respecto a esa misma persona, pensáramos que tuvo un accidente automovilístico no envidiaríamos ni lo juzgaríamos, pensaríamos tal vez: "Bueno, pobre, espero que se restablezca, voy a rezar por él", "qué terrible pérdida, ojalá pueda rehabilitarse, ojalá esté bien preparado para encontrarse con Dios". Cuando nos sentimos dueños de la situación, nos sentimos muy misericordiosos de acuerdo a nuestra idea. Sin embargo, cuando nosotros vemos que el otro peca, debemos tener exactamente la misma disposición; si comprendemos que el pecado es un daño, entonces no codiciaremos, mediante el juicio, su posición equivocada, no buscaremos adquirir lo que está perdiendo al otro. No pensaríamos de esa manera si nosotros tuviéramos misericordia y con humildad pidiéramos al Señor que se apiade de nosotros también, que no permita que caigamos, que seamos humildes y operantes en manos de Dios, activos en manos de Dios, es decir, con las manos juntas. 

Hay un poema del poeta Alexei Jomiakov, un poeta ruso, que dice: "fuerte es la mano del que ora". Fuerte es la mano del que ora, y eso es para nosotros justamente un indicador de que nuestras debilidades muchas veces no son fruto de la naturaleza que hemos heredado, sino fruto de la naturaleza que hemos estropeado; que por falta de atención espiritual, por falta de discernimiento, por falta de sobriedad, por falta de vigilia del corazón, por falta de humildad, estamos nosotros dejando pasar todas las oportunidades que Dios nos da; no por inadvertencia, es por una pereza espiritual, profunda pereza espiritual que tenemos. A desear la santificación del prójimo y no procurarla para nosotros, porque la manera más efectiva de ayudar al prójimo a ser santo es emprender el camino de Dios, emprender ese camino, en el cual, paso a paso nos vamos despojando de aquello que creemos que somos. "¡Yo soy muy sincero!", dicen muchos, cuando en realidad habitualmente faltan a la caridad de todas las maneras, esto no es sinceridad. "¡Yo soy muy bueno!", y tal vez es que es muy cómodo, complaciente, y no busca el bien de los demás. "¡Yo soy muy generoso!", y tal vez no da lo que sobra, o da lo que a uno le parece que es lo que los demás necesitan, aunque sepa que le va a hacer mal. Entonces, también encontramos a los que dicen "¡Yo soy muy humilde!", y tal vez es que no hemos puesto a trabajar ninguno de los dones de Dios, como aquel que hizo un pozo, enterró lo que Dios le dio y dijo: "Yo soy humilde, no presumo de las obras de Dios". Por eso, nada mejor que ponernos en camino y aprender de los Padres, aprender de la fe de la Iglesia, nutrirnos dentro de la Divina Liturgia, que es el regazo de la Iglesia, es el seno, podemos decir que es el útero de Dios, donde somos rehechos. No solamente tenemos fe y vamos a rendir culto, sino que somos rehechos en cada Liturgia en la medida de nuestra fe, por la cual somos tenidos a Dios, la fe nos tiene a nosotros, en el mejor de los casos; Dios nos ha pescado, en el mejor de los casos; Dios está en nosotros y nosotros en Dios. Es una experiencia muy común, muy habitual, mejor dicho, en la Liturgia, experimentar esto, que Dios está en nosotros, por la paz que experimentamos, y Dios está en torno a nosotros: "El Ángel del Señor acampa en torno de los fieles y los libra", dice el Salmo. Acampa en torno, justamente, acampa en torno y esos fieles experimentan una protección, experimentan una libertad para poder dedicarse al bien, que ese es el fin de la libertad. La libertad no es la capacidad de hacer el mal, es la capacidad de elegir entre un bien y un bien mejor, entregarnos sinérgicamente a la gracia; nuestras operaciones movidas por la gracia de Dios, infundidas por la gracia de Dios, operan como deberían. 

La gracia de Dios, desde un punto de vista, nos supera por mucho más de lo que la mente puede llegar a comprender y, por otra parte, somos casi con naturaleza divina, estamos hechos para vivir en ella. Si uno se compra un vehículo nuevo, y uno desea que ese vehículo ande bien, le costó mucho esfuerzo conseguirlo, está muy feliz con ese vehículo nuevo que lo va a poder llevar a muchos lugares y visitar personas que ama y realizar cosas que son buenas, placenteras, va a cuidar mucho, en primer lugar, de nutrirlo con el combustible adecuado, y si su bolsillo se lo permite va a tratar de que así sea con el mejor combustible posible, diseñado para ese vehículo. Si bien la comparación no es exacta, sin embargo podemos decir, justamente, que estamos hechos para vivir en Dios, no que Dios es nuestro combustible, no hay un "combustible espiritual", porque Dios no es una cosa que se usa para lo que uno quiere ni algo que se absorbe y que queda ajeno a nosotros, porque el auto no es transformado por el combustible, sencillamente se mueve. En cambio, nosotros por medio de la gracia somos transformados en otro ser. Podemos, si se quiere, compararlo más con el agua y la planta, que alcanza su propio fin, el agua no pierde su ser y la planta es transformada. Y Dios viene a nosotros y hace de cada planta del jardín una distinta, y aunque fueran de la misma especie, una distinta de la otra, de manera que la madurez de una, no es la madurez de la otra, ni el tiempo de fructificación ni la calidad de los frutos ni la forma ni tampoco las mismas posibilidades, por eso hemos de atender que ese agua de Dios que viene sobre nosotros también sea conducida para lo que Dios la ha puesto, para que demos fruto de acuerdo a nuestra especie.




sábado, 21 de febrero de 2015

Monasterio de Chevetogne: Oriente y Occidente juntos orando por la Unidad


Monasterio de Chevetogne, Bélgica.


Hay un lugar en la provincia belga de Namur, a medio camino entre Bruselas y Luxemburgo, donde cada día se trabaja en silencio por la unidad de los cristianos: es el monasterio de Chevetogne, que alberga 2 comunidades, una benedictina y una bizantina.

Por lo tanto, un rasgo peculiar de la comunidad es la apertura a las dos grandes tradiciones litúrgicas: Oriente y  Occidente, aunque al sonido de las campanas que llaman a la oración, cada comunidad, entra en una iglesia distinta, unos en la latina de paredes desnudas y otros en la bizantina profusamente pintada al fresco. 


Gestos que se repiten desde la recitación matutina de laudes a las vísperas de la tarde, para terminar, entrada la noche, con la oración de completas. Gestos que, sin embargo, no hablan de separación. Simplemente los monjes de este monasterio de rito bizantino eslavo, son contrarios al proselitismo: su objetivo es eliminar toda hostilidad, mientras se sigue siendo lo que es. Estructuras separadas, pero con el único objetivo del abrazo ecuménico, reconocido por el Concilio como una de las principales metas (Unitatis redintegratio) “un camino irreversible” según dijo Juan Pablo II en la encíclica Ut unum sint.


Todo comenzó en los años veinte, cuando en el Colegio Pontificio San Anselmo de Roma, el padre Lambert Beaudoin, monje de la abadía de Mont Cesar de Lovaina, atraído por la espiritualidad del Oriente Cristiano, pensó en crear un monasterio que tuviese como objetivo la aproximación de las Iglesias. Cuarenta años de diálogo, que no obtuvieron su reconocimiento hasta 1965. En esa fecha, el Concilio ofreció al mundo los documentos en los que se entregaba a la causa del ecumenismo, y éstos dieron relieve al compromiso del padre Beaudoin, aquel que, anticipándose había sabido ver lejos, creyendo posible la unificación del pueblo de Dios.


Monasterio 

El castillo fue construido a mediados del siglo IXX por Charles Delvaux de Fenffe, el alcalde de Chevetogne. De 1903 a 1923, fue utilizado por los benedictinos de Ligugé, que habían sido exiliados de Francia y habían comprado el local. Algunas obras de construcción se llevaron a cabo en este periodo (en particular las partes altas de la izquierda del edificio principal). En este período, también, la Casa de Betania se construyó  a 500 metros del monasterio. Después de haber sido prestado a particulares durante unos diez años, el castillo se convirtió luego en una casa de refugio para los jesuitas españoles desde 1932 a 1938.


En junio de 1939, los monjes de Amay-sur-Meuse se mudaron. Hoy en día, en ambos extremos de los edificios, se puede ver una Iglesia. Hacia el sur, se encuentra la iglesia bizantina, construída entre 1955 y 1957; al Norte, está la iglesia latina, construída entre 1981 y 1988.




Iglesia Bizantina


La Iglesia Bizantina del Monasterio de Chevetogne fue construída como un signo permanente y visible de la comunidad,  de la constante oración por la unidad cristiana, y para dar testimonio de los tesoros espirituales del Oriente cristiano. La iglesia está dedicada a la Exaltación de la Santa Cruz (1957). En la tradición oriental, una iglesia en la que se celebra el culto representa, en su arquitectura y en su decoración, el cosmos en forma condensada, un espacio donde las realidades visibles e invisibles de la fe se unen en armonía.


El creyente cristiano que entra en las iglesias bizantinas atraviesa primero un exonarthex (nártex exterior) y luego el nártex, que en otros tiempos fue el lugar de los catecúmenos (los que están bajo instrucción, en vistas al santo bautismo) durante la celebración de la Eucaristía . La nave es el lugar de la asamblea de los bautizados. La última parte de la iglesia es el santuario donde se destacan el clero; que representa el Cielo, donde mora la divinidad. En conjunto estas cuatro partes de la iglesia son símbolos de las diferentes etapas de la vida cristiana, una peregrinación hacia el Reino.


El iconostasio es la pared  cubierta de iconos  que separa el santuario del resto de la iglesia desde el siglo noveno, es decir, después de la crisis iconoclasta. Los iconos del iconostasio en Chevetogne fueron pintados por el pintor ruso George Morozov (1900-1993). Los dos iconos más importantes a ambos lados de las puertas centrales son el de Cristo, y el de la Santísima Virgen María, Madre de Dios, adorando a su hijo. Un icono es como una ventana que se abre hacia lo invisible para que las realidades de la fe cristiana se pueden contemplar.




Los frescos fueron pintados por dos pintores griegos, Rallis Kopsidis y George Chochlidakis que trabajaron de acuerdo con los principios de las escuelas de Macedonia (siglos XI y XII) y Creta (siglos XIV y XVII). Al menos, en lo que se refiere al estilo, para la disposición de las diferentes materias se remonta a la época de los emperadores Paleólogos (siglos XIII -XIV). El santuario fue decorado por un grupo de artistas bajo la dirección de M. L. Raffin en estilo serbio. En el atrio, donde estaban los catecúmenos,  está representado el Antiguo Testamento, mientras que la nave está decorada con escenas de la vida de Cristo.

Se les ha dado especial énfasis a algunos aspectos importantes de la liturgia bizantina y de la Teología. Por ejemplo: el Bautismo de Cristo y la Transfiguración (ábside sur). Éstas dos teofanías del Nuevo Testamento están asociadas con el fin de aclarar la Venida al mundo del Hijo de Dios: en su bautismo se humilló a sí mismo hasta el nivel de los pecadores con el fin de abrir los ojos a la luz divina.

Lo mismo se aplica a los frescos del ábside norte: el descenso al infierno está situado en la parte superior de la sepultura de Cristo para proclamar el mensaje de Pascua que Cristo se humilló hasta la muerte para que podamos participar de su Resurrección.

Iglesia Latina

La Iglesia latina, dedicada a nuestro Santo Salvador, fue construída entre 1981 y 1988. Fue modelada  después al patrón básico de una basílica (atrio, nave, y el santuario). La primera piedra, procedente de Monte Sión en Jerusalén, fue colocada el 2 de Noviembre de 1981 por el arzobispo de Canterbury, Dr. R. Runcie, y el cardenal Danneels, arzobispo de Malinas.



Su consagración por Mons. A.M. Léonard, obispo de Namur, asistido por Mons. Ph. Bär, obispo emérito de Rotterdam, se llevó a cabo el 11 de marzo de 1996.

La iglesia está decorada con dos frescos de inspiración romana, hecha por un monje e iconógrafo ruso,  el archimandrita Zeno. El primero, en el atrio, representa la Jerusalén celestial, mientras que el segundo, en el ábside, representa una Maiestas Domini (Cristo en su gloria).



Un laberinto, en el pavimento del atrio, simboliza la búsqueda de Dios por el hombre.



Historia

El monasterio de Chevetogne fue fundado en 1925 por Dom Lambert Beauduin (1873-1960). Este monje de la abadía benedictina de Mont César (Lovaina), anteriormente estaba profundamente involucrado con el movimiento litúrgico en Bélgica. Cuando él llegó a conocer el Oriente cristiano se dio cuenta del gran abismo que dividía a las iglesias y comenzó a trabajar para la fundación de un monasterio dedicado a la unidad de los cristianos.


Dom Lambert Beauduin
La carta pontificia "Equidem Verba" de Pío XI, llamó la atención al abad primado de la Orden Benedictina,  sobre la importancia de la unidad de los cristianos, y así, se presentó la oportunidad para llevar a cabo este proyecto. En diciembre de 1925, Dom Lambert Beauduin pudo establecer su fundación, junto con algunos compañeros monjes, en Amay-sur-Meuse (diócesis de Lieja). 
 
Priorato de Amay-sur-Meuse

De allí, la comunidad se trasladó a Chevetogne (diócesis de Namur en Ardennes) en 1939. El 11 de diciembre de 1990, el Priorato se convirtió en una abadía.


La comunidad de Amay y Mons. Roncalli, 14-9-1930

En el comienzo de la nueva fundación, el Padre Beauduin comenzó una revista ecuménica llamada Irénikon, enteramente dedicada a la promoción de la Unidad Cristiana. Esta revista comenzó a aparecer ya en abril de 1927 y continuó ininterrumpidamente.

Abadía de Chevetogne
Al mismo tiempo, el padre Beauduin trató de fortalecer su relación con la Comunión Anglicana, y con todos los demás cristianos que no están en comunión con Roma. Con el fin de hacer un justo diálogo posible con estos cristianos, los monjes de Chevetogne desarrollaron contactos con muchas personalidades pertenecientes a estas iglesias. Así, comenzaron a recibir un gran número de invitados, y a celebrar la liturgia según los dos ritos y a organizar regularmente un coloquio teológico (desde 1942), y la Comunidad de Chevetogne también se empeñó en  introducir a los cristianos de Occidente a los tesoros de la tradición oriental.
 Así, el monasterio de Chevetogne siguió los caminos de los precursores de las ideas ecuménicas de la Iglesia Católica (Fernand Portal, Max de Saxe).

Capilla Bizantina de Amay

Contribuyó con entusiasmo al crecimiento de la apertura ecuménica en la Iglesia Católica, por lo que el diálogo entre las Iglesias, en vista a su unidad, podría participar de igual a igual. De hecho, esta actitud se hizo oficial en el Concilio Vaticano II (1962-1965).


Capilla latina de Amay
En la oración diaria, los monjes de Chevetogne hacen propias las palabras de Cristo: "Que todos sean uno". Con estas palabras en sus corazones, pronunciadas por Nuestro Salvador  poco antes de sufrir y morir,  la comunidad trabaja y recibe a sus huéspedes.

Biblioteca de Amay

La vocación monástica


La comunidad de Chevetogne está incrustada en la tradición espiritual Benedictina, y se esfuerza por destacar los carismas importantes común al Oriente y Occidente cristianos. 


San Benito (Umbría,  480 - 547) proporcionó un modelo de vida cristiano para los hombres y mujeres de su tiempo. Enseñó la verdad y la sabiduría del corazón , por lo que desarrolló un estilo de vida que puede explicarse en algunos principios: buscar a Dios, y honrar a todos los hombres. Muchos cristianos han encontrado una respuesta a sus aspiraciones en este ideal. En la regla de San Benito, las necesidades espirituales y los valores humanos van juntos en armonía.


Hasta el día de hoy estas ideas han sido de inspiración para muchas comunidades en todo el mundo:


- Buscar a Dios en primer lugar, antes de todo, por encima de todo;
- Escuchar la Palabra de Dios en un monasterio que es una escuela del servicio del Señor;
- Desear vivir radicalmente el Evangelio en una comunidad de oración, el trabajo y la hospitalidad;
- Seguir a Cristo en el celibato y no anteponer nada a su amor por nosotros. Estos principios esbozan una definición de la vida monástica benedictina.



Cristo Glorioso, por el Archimadrita Zenon.

En definitiva, como se representa por el fresco en el ábside de la iglesia latina: el monje vive constantemente en espera de Cristo, con el corazón rebosante de alegría, se apresura al encuentro del Hijo de Dios.

"He aquí,  que vendré pronto, Yo, Jesús, Hijo de David, la Estrella radiante de la mañana" (Apocalipsis 22: 12. 16).

Dom Thomas Becquet

La vocación ecuménica


La comunidad de Chevetogne fue fundada en 1925 por un pionero del ecumenismo en la Iglesia Católica Romana, Dom Lambert Beauduin. Desde su fundación la Abadía se esfuerza por ser un centro de oración, de encuentro y estudio teológico.


Icono de San Pedro y San Andrés, por Stefanos Armakolas

Los monjes se organizan litúrgicamente en dos grupos, uno que celebra de acuerdo con la tradición Occidental, la otra de acuerdo con la tradición Oriental bizantina. Esta ha sido la opción fundamental desde el principio, con adopción de los dos ritos por razones ecuménicas, en vista de la reconciliación entre el Oriente y Occidente cristianos. De esta manera la comunidad desea encarnar la primacía de la oración. Es la oración que une a cada persona, a través de un camino laborioso de conversión, ya que prepara nuestras comunidades e iglesias para recibir plenamente el don de la unidad.

En verdad, si es necesario conocerse entre sí antes para que pueda haber aprecio mutuo, el primer paso para la reconciliación es aprender del otro quién es. Desde el principio, la comunidad de Chevetogne se ha comprometido con el aprendizaje del Oriente Cristiano, en particular de la Iglesia Ortodoxa Rusa. La liturgia se celebra principalmente en eslavo, ya veces en griego.


Las estrechas relaciones con las Iglesias Ortodoxas orientales, con la Comunidad Anglicana y las Iglesias protestantes permiten a los monjes en su oración diaria, estar con todos los discípulos de Cristo en la plegaria común para la comunión entre las Iglesias.


Calvario

Hospitalidad

Los monjes del Monasterio de Chevetogne reciben por unos días a los huéspedes que desean tener un tiempo de retiro en unión con la espiritualidad del monasterio.

Por su vocación ecuménica, así como por su ubicación geográfica, el Monasterio de Chevetogne busca estar en sintonía con la vida y la evolución actual en todas las iglesias cristianas de todo el mundo, a pesar de sus divisiones mutuas. Interrogantes acerca de la unidad de los cristianos están estrechamente vinculados con los diversos aspectos de la reunión y el contraste de culturas, así como con las querellas del pasado y las tendencias actuales de la sociedad. 

La comunidad es "bi-ritual", en que los dos grupos distintos de monjes celebran los oficios monásticos, respectivamente, en las tradiciones romana y bizantinas-eslava, y esto es, a su manera, una iniciación práctica en algunos de los temas más importantes de la situación ecuménica actual. La vida en el monasterio es un llamado diario a la verdad y a la apertura, dirigida tanto a la comunidad como un todo y a sus miembros individuales. También es un claro recordatorio de que las causas y la solución de los problemas de convivencia - en la comunidad como en la sociedad - se encuentran en las profundidades del misterio de la libertad, que se enfrenta a cada uno de nosotros. Este lugar, entre Oriente y Occidente, en el corazón de Europa, nos trae cara a cara, los desafíos que vienen con el encuentro de las dos espiritualidades, en beneficio de la humanidad.

Entrada a las casas de huéspedes Betania y Emaús

Tres casas independientes están abiertas para recibir a los invitados. Doce habitaciones en el propio edificio del monasterio están destinadas para invitados masculinos. La segunda casa de huéspedes, Betania, está dirigida a damas y familias. Una tercera casa, Emaús, permite el alojamiento de grupos más o menos autónomos.

Betania

Betania era la ciudad, no muy lejos de Jerusalén, donde el amigo de Jesús, Lázaro, vivía con sus hermanas Marta y María, y donde Jesús fue a menudo un huésped bienvenido.

Esta es una inspiración para el tipo de hospitalidad que esperan ofrecer los monjes a sus huéspedes.

Los tres habitantes de Betania desempeñan funciones complementarias en su relación con Jesús. Martha dedica todos sus esfuerzos a servir a su invitado y hacerlo sentir realmente bienvenido, mientras que María se sienta a los pies del Señor y escucha intensamente cada palabra suya.
Entrada a la casa de húespedes Betania
 
Lázaro, el amigo de Cristo, está sentado a la mesa con él; él era a quien el Señor vino a visitar a Betania, y esa es la razón de la actividad de Marta y María.
Antes del servicio, antes de escuchar, está la comunión, simplemente por estar allí, una comunión que brota de conocer, respetar y amar uno al otro.
(Lucas 10: 38-42; Juan 11: 36; 12: 1-2)

La casa de huéspedes "Emaús" tiene capacidad para grupos de hasta doce personas, con una cocina a disposición para la preparación de sus propias comidas.
 
Emaús


Biblioteca

La biblioteca ecuménica de Chevetogne (contando con unos 150.000 volúmenes) tiene dos áreas de especial interés: el cristianismo oriental, y la Unidad de las Iglesias. Algunos temas particularmente importantes de fundaciones concernientes al Monte Athos (por Dom Irénée Doens), la iconografía, y la historia de la Iglesia Rusa.
La antigua biblioteca
La biblioteca está abierta para la investigación.  Y se pide ponerse en contacto con el bibliotecario.

Sala de lectura
El catálogo de la biblioteca aún no está accesible a través de internet, pero el bibliotecario estará encantado de responder por correo electrónico a cualquier pregunta que puedan tener sobre la presencia de un libro específico. Los libros están disponibles para préstamos.

Libros de segunda mano, algunos raros, están siendo vendidos; todos los ingresos van a la biblioteca.

Para cualquier consulta, por favor escriba a
bibliotheque@monasterechevetogne.com
Tel. (+32) 083/21 17 63 (por favor, pregunte por el bibliotecario)


 ALGUNOS VIDEOS DEL MONASTERIO DE CHEVETOGNE:



















Coro de los monjes de Chevetogne: Divina Liturgia en eslavo completa: 







Notas:

* Extraído de la página oficial del Monasterio de Chevetogne, traducido del inglés por Raquel del Monasterio Bizantino.
* Introducción extraída del blog juanpablo2do