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viernes, 22 de noviembre de 2013

Sobre el monje y el fin de la vida monástica - Por el Padre Dionisio del Monte Athos.



Jean-Ives Leloup, religioso dominico, profesor de Filosofía
de las Religiones en París, realizó numerosas entrevistas a los
monjes durante los viajes que organizaba al Monte Athos.
La siguiente es una entrevista al Padre Dionisio,
monje responsable de los huéspedes del monasterio de Simonos Petras.

Jean, llevaba en su corazón aquella pregunta que puso en marcha a tantos hombres
y mujeres hacia los grandes monasterios de la antigüedad cristiana:
“¿Cómo me salvaré? ¿Qué hay que hacer para salvarse?”. El que pregunta
cómo salvarse, retoma a su vez la pregunta de los judíos
después de la predicación de Pedro el día de Pentecostés.
Verdaderamente Jesús es el Mesías, el Señor, el Salvador, el Resucitado.
¿Cómo acercarse a él, cómo recibirlo, cómo vivir de él?
¿Cómo hacer de nuestro ser todo entero, espíritu, alma y cuerpo,
una confesión gozosa de su señorío y del don de su Espíritu?.
En las respuestas se ve reflejada la sabiduría profundamente
espiritual de esos hombres que parecen anclados en el pasado,
pero que son en realidad la luz que interpreta
la oscuridad de nuestro tiempo.

Monasterio de Simonos Petras, Monte Athos, Grecia.

¿Qué es un monje?

Es aquel que quiere seguir a Cristo hasta el fin. Se deja conducir cada día por el Espíritu Santo y su obediencia lo hace conforme a Cristo obediente. Es un recién nacido, un niño vuelto hacia el Padre, un hombre en la Trinidad.

¿Cómo llegar a ser monje?

Renunciando a sí mismo. Es necesario que el grano sea enterrado para que dé fruto. Es necesario ayunar, velar, conservarse puro, adquirir la humildad y orar sin cesar.

¿Cómo orar sin cesar?

Este es un don de Dios y hay que pedírselo. “Si  vosotros que sois malos sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, cuánto más vuestro Padre Celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan”. Hay que rogar a la Madre de Dios y a los santos que intercedan por nosotros.

¿Qué ocurre cuando se ora sin cesar?
“No soy yo quien vive sino que Cristo vive en mí”.
La respiración de Jesús en nosotros, es el Espíritu Santo que dice: “Abba” y que ora por todos los hombres.


¿Cómo orar por todos los hombres?

Orar por todos los hombres, aun por los enemigos, es el amor mismo de Dios que está en nuestro corazón, es el fruto de la oración. Hay que cantar los oficios, leer los salmos, meditar los Evangelios, y decir sin cesar: “Señor, ten piedad”. Entonces, el corazón se purifica, se vuelve humilde y puede, recién, orar por todos los hombres, por los pecadores. Puede llegar a derramar lágrimas y a dar su sangre.

¿Cómo amar a los enemigos?

Primeramente, ¿quiénes son nuestros enemigos?. El monje no tiene otros enemigos que los demonios. Orar por ellos nos es imposible, debemos combatirlos, pero combatirlos por el amor. Es estar crucificado con Jesús. Con él descendemos a los infiernos. Un corazón puro, solamente un corazón de niño,  puede triunfar del poder de las tinieblas. Es necesario que no haya odio, ni engaño en el corazón, pues él debe ser el trono de la luz y del amor. He aquí lo que somos: trono de Dios y templos del Espíritu Santo. Si somos así, entonces amamos a nuestros enemigos. Pero, a menudo, hay algo más que Dios en nuestro corazón. No somos humildes y el Amor no puede vivir en nosotros; y en vez de orar, juzgamos a los demás, y llegamos a ser presa de nuestros pensamientos.

¿Qué es la experiencia del Espíritu Santo?

Cuando estamos muertos a nosotros mismos, es cuando Cristo vive en nosotros. Entonces caminamos en la luz, somos dioses por la gracia, hombres nuevos.

¿Qué es la “hesiquía”?

Es el silencio en nuestro corazón, en nuestro espíritu y en nuestro cuerpo.  El que jamás hace su propia voluntad, permanece en silencio ante Dios. Se borra a sí mismo, en su cuerpo, en su espíritu y en su corazón, delante de Dios. Este hombre puede, entonces, ir a la ciudad y vivir en medio del ruido que estará siempre delante de Dios. Pero esto es muy raro, es necesario comenzar por el silencio, lejos del mundo, lejos de todas las preocupaciones y gustar, ante todo, cuán bueno es el Señor. El que no sabe callarse ante el Señor en su celda, ¿cómo podrá escucharlo en medio del ruido de la ciudad?. Muchos monjes, ni siquiera en su celda conocen la hesiquía, hablan mucho y se pierden en sus recuerdo e imaginaciones;  se preocupan demasiado pensando en la mañana, lo que es contrario al mandamiento del Señor: “Deteneos, y sabed que Yo soy Dios”.

¿Conduce la hesiquía a la apatheia?

Sí. La apatheia es el fin. Entonces el hombre es como Dios, y ya no hay en él malos pensamientos, ya no es más esclavo de ninguna pasión, se ha convertido  en amor, sin emociones ni deseos: él Es. Su oración, entonces, es verdaderamente eficaz, porque ora con el corazón mismo de Dios que crea y salva al mundo.

Pero, ¿quién conocer este estado?

Si no existiera el testimonio de los santos, desesperaríamos de conocer este estado bienaventurado, prometido por Cristo.

¿Tienen los santos un lugar importante en vuestra vida?

Sí. La Madre de Dios y todos los santos. Ellos están más cerca nuestro que nuestros vecinos, que nuestros compañeros de trabajo, son verdaderos seres vivos. Gregorio Palamas está en el corazón de mi corazón, es el don que el Monte Athos le ha hecho a Dios.

¿Cómo discernir la voluntad de Dios?

Si un pensamiento viene de Dios, es una luz en el corazón, nos hace más humildes y progresamos en el amor. Si este pensamiento, por el contrario, hace que estemos satisfechos de nosotros mismos y nos lleva a juzgar al prójimo, es que viene del enemigo.
Si hay en ti una gran paz y un amor por todos los hombres, el Espíritu Santo habita en ti. El enemigo detesta la hesiquía. No te extrañe que esta paz llegue en medio de tribulaciones y dificultades. Entonces comprenderás las palabras de San Pablo: “¿Quién nos separará del amor de Jesucristo?”.

Cristo dijo que no tenía ni una piedra donde apoyar su cabeza. ¿Acaso el Monte Athos no puede llegar a ser un lugar donde el monje pueda reposar la suya?

Para mí, el Monte Athos es como un cohete, como un ascensor. Yo no me detengo en el ascensor. No estoy aquí sino para ir al Cielo. No me duermo en el ascensor, sino que recuerdo a aquel que me espera en la puerta.


“Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él” (Col 3, 1-4).

San Pablo describe muy bien aquí, la paradoja de nuestra condición. Estamos muertos, no existimos más para el mundo, nuestro hombre viejo ha sido crucificado, hemos renunciado a nuestras ambiciones, al orgullo, al odio, y poco a poco nos hacemos participantes de la vida del resucitado. Vivimos con él, vueltos hacia el Padre en el Espíritu Santo. Tal es la vida del cristiano y la vida del monje.

EL MONJE ES UN CRISTIANO

El monje es un cristiano que quiere vivir al máximo las exigencias y la vocación de su bautismo. Como en todos los cristianos, debe convertirse en otro Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre. El Espíritu Santo, el Reino de Dios, es el objeto de nuestro deseo. Debemos dejarnos transformar por él para ser recreados a imagen y semejanza de Dios. Somos todos pecadores llamados a ser santos. Todos  hemos sido sacados de la nada para participar de la vida de aquel que ES.
El monje, más que nadie, es consciente del camino que lo conducirá de las tinieblas a la luz, y este camino es Jesucristo.

El monje no tiene sino un deseo, renunciar a sí mismo y seguir a Jesucristo adonde quiera que él vaya… y él va hacia el Padre. Él va hacia la resurrección a través del sufrimiento, de la muerte, del abandono de la Cruz. Pero nosotros nada tememos porque el Espíritu Santo, desde Pentecostés, está con nosotros. Él nos da la fuerza y la humildad de Jesús y el amor que él derrama en nuestros corazones nos llena de gozo, aún si tuviéramos que sufrir, y atravesar toda suerte de tribulaciones.
Si uno aprende carpintería, es para llegar a ser carpintero. Si estudias el Evangelio y no lo pones en práctica, ¿de qué te sirve?.

Si uno aprende carpintería, no es para llegar a ser herrero. Si estudias el Evangelio, la Biblia, las vidas de los santos, no es para vivir el mundo, sino para vivir como Cristo.

Nuestro padre San Basilio, tiene todavía otra imagen: “Cuando un herrero tiene que hacer un hacha, piensa primero en el que le confió su ejecución y guarda su recuerdo presente en su espíritu. Reflexiona luego, en el tamaño y en la forma del objeto y realiza el trabajo según la voluntad del que se lo encargó, pues si pierde de vista todo esto, hará otra cosa distinta de la que le ordenaron.
Lo mismo ocurre con el cristiano cuando orienta toda su actividad, sea cual fuere, hacia el cumplimiento de la voluntad de Dios, hacia el objetivo que es de todos, la divinización. Haciendo sus actos con perfección, permanece fiel al pensamiento del que lo manda; cumple estas palabras: “Pongo a Yahvé ante mí sin cesar; porque él está a mi diestra no vacilo” (Sal 16, 8), y observa el precepto: “Por tanto, ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo toda para gloria de Dios” (1 Cor 10, 31).

SEREMOS DEIFICADOS

Somos huéspedes de paso, “nosotros somos ciudadanos del cielo” (Flp 3, 20), entonces, ¿cómo puedes afligirte por las cosas de la tierra y tener preocupaciones mundanas. “Allí donde está tu tesoro, allí también está tu corazón”. “Cualquiera que venga a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío” (Lc 14, 26). Cristo no quiere que nos hagamos esclavos de cualquier cosa y quiere que estemos libres de afecciones aun las más profundas y legítimas, por un más grande amor.
¿Qué cosa hay más grande que haber sido llamados a ser Dios?. ¿A ser, por la gracia, lo que Él es por naturaleza?. La divinización del hombre, tal es el fin. “Dios se hizo hombre para que el hombre llegue a ser Dios”. 

El fin de la vida monástica, es lograr un corazón puro, dócil a la voluntad de Dios: allí está la libertad de los hijos de Dios.

Mientras estemos en pecado, no seremos libres. Es necesario renunciar a todo lo que no es divino y seremos hombres. Rechazar el engaño, la hipocresía, el orgullo, el odio. Dejar vivir en ti el Espíritu de Jesús y encontrarás tu verdadera identidad.

El fin de nuestra vida está en el cumplimiento de los mandamientos del Señor. “Amar a Dios, amar a nuestro prójimo”. Si vivimos esto con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todo nuestro espíritu, seremos deificados, seremos semejantes a Cristo. Dios es amor, Dios es luz. El hombre creado a su imagen, debe llegar a ser todo amor y todo luz.

Los sacramentos nos comunican la vida de Dios y las obras de la vida monástica no tienen otro objeto que hacernos cada vez más receptivos al don de Dios. El monje debe abandonar todo lo que no es amor, todo lo que no es luz. Esto es renunciar al mundo. Que no haya en nosotros lugar para la vanidad, la ambición, los celos, y Satanás no tendrá ningún trono ni  lugar en nosotros para extender su reino.
La regla del monje es el Sermón de la Montaña. El Espíritu Santo nos concede vivir las bienaventuranzas. Tratar de vivirlas, es tomar poco a poco la forma de Dios y la forma del servidor, es llegar a ser otro rostro del Hijo en quien el Padre puso toda su complacencia.


PERMANECED EN MI AMOR

“Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”. Adquirir la dulzura y la humildad de Cristo: tal es nuestro objetivo. La dulzura y la humildad nos conducen al corazón de Cristo en la Trinidad. Allí está la ciencia divina que nos vino a enseñar. El monje olvida toda otra ciencia para adquirir ésta. De este modo confía conseguir la sabiduría de su Maestro.

Hagas lo que hagas, no olvides que estás en la presencia de Dios. Examina tus pensamientos, vela sobre tus acciones. Hay que pensar con Él, marchar con Él, amar con Él. El monje es aquel que jamás está sin Dios. Su corazón está habitado por el nombre de Jesús y busca realizar el mandamiento: “Permaneced en mi amor”.

Todo lo que se hace sin amor, no sirve para nada. Puedes ayunar, velar, vestirte de harapos, pero si no tienes el amor de Dios en ti, eso no sirve para nada. Así no recibirás la herencia  y no llegarás a ser hijo de Dios. Si no has dejado el mundo y sus poderes por amor de Dios, has dejado todo, pero no has encontrado nada. ¿Para qué? Es necesario, por empezar, entregar tu corazón, olvidarte de ti mismo y entonces, habrás recibido el Espíritu Santo. 

Es fácil renunciar al mundo exterior, pero renunciar al mundo interior, he aquí una obra difícil. Sería imposible no aceptar más pensamientos ni preocupaciones mundanas sin la asistencia del Espíritu  Santo que transforma el corazón del monje y lo hace puro y libre para Dios.

EN LA FE

Todos los trabajos de la vida monástica no tienen otro fin que divinizarnos.
¿Cómo adquirir la humildad y el amor de Cristo?. Este es el problema que deberá resolver, a lo largo de su vida, el joven que entre con nosotros. Lo que nos diviniza, ante todo, es la fe, la esperanza y la caridad.

La fe cura nuestra inteligencia; ella le revela al ser que buscaba en las cosas fragmentadas. La fe, es la visión del Creador y así nos vemos libres de la fascinación de las criaturas.  La fe nos enseña a pensar como Dios, a ver todo bajo su luz. Ella, verdaderamente, diviniza nuestra inteligencia.        
                  
“El que cree tiene vida eterna”, dice el Señor. El que cree en el amor de Dios, ¿cómo no va a cambiar su visión del mundo y de sí mismo?. En la fe, todo se le aparece transfigurado, todo es signo de su presencia, tanto en los acontecimientos dolorosos, como en los agradables. Sólo en la fe puede percibirse el sentido profundo, el designio de Dios que a través dela prueba, nos diviniza.
La fe nos prepara a la dichosa visión de Dios, pero ya desde aquí abajo, nos abre el cielo y en ella podemos alabar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y confesar a Jesucristo, verdadero Dios, y verdadero hombre.

“Recuerda a Jesucristo resucitado”. El monje no se acuerda ni de su familia, ni del mundo ni de su pasado. No recuerda más que a su Señor. Él estaba muerto y ahora está resucitado. El monje no busca llegar a un equilibrio psicosomático, según la sabiduría humana. Tampoco aprende a enfrentar la muerte como Sócrates  y los filósofos. No, él quiere participar de la vida de aquel que venció a la muerte. Quiere compartir la vida del Resucitado. El monje quiere ser un resucitado con Cristo y no es sino el Espíritu Santo que le puede dar parte en esta vida. Por eso, suplica al Padre, sin cesar, que le conceda y conceda a todos los hombres lo que les prometió.


REENCONTRAR LA UNIDAD

El monje no busca especializarse en nada, pues en el monasterio tendrá que cambiar frecuentemente de oficio. Su obra es la oración continua. Lo que hace, debe “salarlo”  con la oración y todo se le transformará en camino hacia el Padre, ya sea el servicio en el refectorio, como la lectura en su celda.
El monje busca en todo la unidad, con los otros y en sí mismo. Su corazón, su alma, su espíritu, sus impulsos, todo debe ser reunificado en el amor de Dios. El que cumple el mandamiento: “Amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”, está curando sus divisiones internas y encuentra la unidad a imagen de Dios uno. Puede, entonces, llegar a ser un artífice de la paz y predicar a los otros el deseo del Señor: “Que todos sean uno”.

Nosotros somos una multitud de personajes, llevamos sobre nuestro rostro una cantidad de máscaras. La vida monástica, en cambio, simplifica y si no nos hace más simples, habría que huir de ella, porque entonces no estaríamos consagrados a la búsqueda de lo único necesario. Nuestro ser no estaría unificado ni simplificado por Él.

Cuando hay en ti otros deseos que no son ni el de Dios ni el de seguirle según su voluntad, pierdes la paz.  La vida monástica nos libra de los deseos: “Sin deseos sobre la tierra” alcanzaremos la bienaventurada “hesiquía”.

 A los Evangelios y a los Padres de la Iglesia, se los conoce demasiado intelectualmente; no es posible entenderlos sino  por la vida y por la experiencia. Debemos vivir lo que han vivido los Apóstoles y los Padres. Es necesario estar llenos del Espíritu Santo como ellos, para comprender algo del cristianismo. La experiencia cristiana es el seguimiento de Cristo, vivir su muerte y su resurrección en nuestra propia carne.

La humildad y la gloria de Cristo es el mismo misterio y constituye toda la vida del monje. Por la humildad adquirir el Espíritu Santo; por la cruz, entrar en la resurrección. Esto es seguir a Cristo.


LA VERDADERA ESPERANZA

El monje debe cuidarse de no retornar a Egipto y ser como el perro del que habla San Pedro: apenas lavado vuelve a su vómito.

Cuando el Señor purifica nuestra memoria para no recordar más nuestra vida pasada, ni a nuestros padres, ni a nuestros amigos, nos concede una gran gracia. Desde la mujer de Lot, hasta esta palabra del Evangelio: “Maldito aquel que se vuelve atrás”, Dios nos muestra que Él va delante de nosotros. Solamente hay que recordar nuestro pecado y su misericordia, es decir, su cruz y su resurrección. ¡Cuántos monjes, después de muchos años de vida monástica, se deleitan todavía con los recuerdos de sus años jóvenes!.

Que Dios purifique nuestra memoria a fin de que estemos vueltos enteramente a Él y conozcamos la verdadera esperanza. Ella no busca apoyo ni en los conocimientos del hombre, ni en sus amistades; la verdadera esperanza no cuenta sino con la misericordia de Dios y, tú lo sabes, es sólo por la misericordia de Dios que seremos salvos.


LA IGLESIA, LUGAR DE AMOR Y DE FE

No hay vida monástica fuera de la Iglesia. La Iglesia es el lugar de la divinización del hombre. Si tú quieres ser uno con Dios, no vayas a otra parte. El zen, el yoga y todas esas cosas no hacen más que fortalecer en tí, el hombre viejo pero no pueden hacer nacer el hombre nuevo. Hoy, se considera mucho el equilibrio psíquico como norma de santidad. La gracia no contradice la naturaleza, es cierto, pero yo conozco hombres cuyo equilibrio psíquico era dudoso y tenían un verdadero deseo de Dios y un auténtico amor al prójimo.

La Iglesia no es una Iglesia de perfectos, sino de hombres que atienden a su salvación, no con sus propios esfuerzos o con sus técnicas milagrosas, sino con la misericordia de Otro.
El amor de Dios es el que nos salva y nos deifica. La Iglesia es el lugar en que este amor se nos comunica. ¿Por qué buscarlo en otra parte?.

Pero los orgullosos no aman a la Iglesia.  Hay que ser humilde, hay que ser un niño para aceptar que Dios pase por los sacramentos, por estos pobres signos sensibles, y por los hombres, estos pobres hombres que no están, generalmente, a la altura de los misterios que celebran ni de la palabra que anuncian.

La Iglesia, es la carne de Jesucristo, y los orgullosos rechazan siempre a la Encarnación. Sólo el ladrón reconoció en este hombre crucificado a su lado, al Señor de la gloria.

Hay que contemplar a la Iglesia con los ojos de la fe para discernir en ella la comunicación del Espíritu Santo y del Reino futuro. Si el monje no tuviera los ojos de la fe, sería como un ateo que no ve en ella sino pompas inútiles, hipocresía y escándalo.

La Iglesia es también la Iglesia de los santos. Los frescos, el iconostasio, están allí para recordarnos su presencia. La Iglesia del cielo y la Iglesia de la tierra no están separadas. No hay más que una Iglesia. Cuando el monje ve su mediocridad y su impotencia, entonces se vuelve hacia los santos y, con su ayuda, no desespera. 




Film documental Un día en la vida de un monasterio de monjes en Abjasia:




Documental en español Monte Athos:






Notas:
Título original "Paroles du Mont Athos". Les editions du Cerf, París, Francia.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                     

lunes, 11 de octubre de 2010

Vida monástica oriental.



La vida monástica se da en la realidad a través de sus dos manifestaciones visibles: el monje y el monasterio.

1)
El monje es un bautizado que, urgido por Dios, se adentra en la senda angosta. “El que pierda su vida por mí, la encontrará” dice Jesús. La esencia de su ser es el combate espiritual, cuyas armas son la obediencia al Padre espiritual y la vigilancia del corazón. Su actualización, es la oración ininterrumpida, y su vehículo es la obediencia (servicio o tarea que se realiza a favor de la comunidad). Su explicación, es la comunidad de monjes a la que está unido por todas las notas constitutivas de su ser. En el Oriente Cristiano, que es donde ha nacido el monaquismo, éste ha sido discernido como meta figurada de todo cristiano, ya que el monje ha tenido oídos y ha oído algo que lo ha llevado a ser símbolo de la Iglesia, que hace penitencia:

“Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes. Someteos, pues, a Dios; resistid al Diablo y él huirá de vosotros. Acercaos a Dios y él se acercará a vosotros. Purificaos, pecadores, las manos; limpiad los corazones, hombres irresolutos. Lamentad vuestra miseria, entristeceos y llorad. Que vuestra risa se cambie en llanto y vuestra alegría en tristeza. Humillaos ante el Señor y él os ensalzará” (St. 4, 6-10) 

Desde un principio los cristianos apreciaron la continencia por el Reino de los Cielos. Pero esta vida nunca estuvo concebida como una mera soltería, sino como una respuesta al Amor Divino, a la manera de las vírgenes prudentes del Evangelio. Toda alma está llamada a un trato y unión esponsal con Dios, definitiva en el Cielo y que asume formas que a la distancia podrían confundirse con las realidades meramente naturales. 

“Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda” (Mt. 19, 12)

Así como el matrimonio cristiano, aspira a ser una Iglesia doméstica en la fecundidad que brota del Amor de los esposos a Dios y entre sí, el hacerse “eunuco por el Reino de los Cielos” implica una apertura a Dios unificada, exclusiva, profética del Reino venidero. Ante las preguntas capciosas de los saduceos, Jesús dice:

“Estáis en un error, por no entender las Escrituras ni el poder de Dios. Pues en la resurrección, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en el cielo. Y en cuanto a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído aquellas palabras de Dios cuando os dice: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? No es un Dios de muertos, sino de vivos” (Mt. 22, 29-32). 

El Dios Viviente nos llama a la Vida eterna, y la renuncia a esta vida está únicamente dirigida a la adquisición de esa Vida abundante que habrá de ocupar su lugar.

“Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él. Por tanto, mortificad vuestros miembros terrenos: fornicación, impureza, pasiones, malos deseos y la codicia, que es una idolatría, todo lo cual atrae la cólera de Dios sobre los rebeldes, y que también vosotros practicasteis en otro tiempo, cuando vivíais entre ellas. Mas ahora, desechad también vosotros todo esto: cólera, ira, maldad, maledicencia y palabras groseras, lejos de vuestra boca. No os mintáis unos a otros. Despojaos del hombre viejo con sus obras, y revestíos del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador” (Col. 3, 4-10)

2)
El monasterio es el recinto dentro del cual se desarrolla ordinariamente la vida del monje. Es significativo que incluso cuando se construye uno, se prevé que la puerta de entrada y salida sea una sola. Exactamente como el redil de las ovejas del que habla Jesucristo, el Buen Pastor. Es que este ámbito sagrado cobija un reflejo de la Iglesia en pequeño y está destinado a pulsar en su interior la Vida abundante que Dios infunde en su Cuerpo Místico.

Su esencia es la
Regla monástica, que es el marco objetivo de vida del Evangelio que responde ya no al “qué he de hacer”, sino al “cómo”. Su particularización es la celda del monje, (no por nada los Santos Padres del desierto decían “enciérrate en tu celda, y ella te lo enseñará todo”), y su resumen, el Katolicón o templo principal del monasterio. Originalmente los monasterios se ubicaban en lugares poco accesibles, apartados del mundo. A partir de que los monasterios se hicieron en lugares accesibles, la clausura representó esa huida del mundo y de sus obras. Aunque el monasterio no tuviera a esta de modo absoluto, sigue siempre constituyendo su clima interno, el tono de su alma. (1)

El verdadero monje es aquel que vive plenamente la muerte y la resurrección ha experimentado cuando la iniciación bautismal. Y si el monaquismo es  “La vida según el Evangelio”, entonces, es una vida de amor. Es el cumplimiento de los dos grandes mandamientos evangélicos de amar al Señor nuestro Dios y de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Mt. 2, 37-39).


PATERNIDAD, HOSPITALIDAD, ORACIÓN



Se cuenta  la historia de tres monjes que hacían juntos una visita anual a San Antonio el Grande (251-356). Dos de entre ellos llegaban cada año con numerosas preguntas, mas el tercero permanecía siempre silencioso y no preguntaba nada. Luego de muchas visitas semejantes, Antonio se dio vuelta hacia el tercero y le dijo: “Escucha: tú has venido aquí tantas veces, y sin embargo no me preguntas jamás nada”. “Padre”, replicó el otro, “me basta mirarte”. Tal era el modo en que san Antonio el ermitaño expresaba su amor por un ministerio pastoral directo. Él es el prototipo de una figura que reaparece sin cesar en la historia del monaquismo oriental: “el anciano” carismático, el guía espiritual, llamado geronta por los griegos y staretz por los eslavos. Es allí, en su ministerio de paternidad espiritual, que encontramos la diakonía fundamental del monaquismo para con la sociedad, su contribución visible más significativa a la transfiguración de la vida humana. En la vida de muchos otros santos monjes en el curso de los siglos –Benito en Italia, Sabas en Palestina, Sergio de Radonezh y Serafín de Sarov en Rusia-, se discierne precisamente el mismo movimiento que en la vida de Antonio: una huída en vista a un retorno. El monje comienza por retirarse en la soledad, pero, más tarde, abre su puerta al mundo del que ha huido antaño. Dicho ministerio de paternidad espiritual permanece tan importante hoy como lo fue en el pasado. 

En la tradición de san Pacomio, los monjes sirven a la sociedad de modo igualmente directo. Desde el comienzo, los monasterios cenobíticos han considerado siempre la hospitalidad como formando parte de su vida cotidiana. “Cuando recibimos a los visitantes”, declara abba Apolo en Las sentencias de los Padres del desierto, “deberíamos prosternamos delante de ellos, ya que no es delante de ellos que nos prosternamos, sino delante de Dios.
La paternidad espiritual es el más importante servicio exterior del monaquismo al mundo; mas hay un servicio interior aún más importante. En uno de los más antiguos textos monásticos, se cuenta la historia de un joven monje que va a su padre espiritual en estado de sombrío desaliento. “Padre, ¿qué debo hacer?, pregunta, pues mis pensamientos me oprimen y me dicen: No haces ningún progreso; parte de aquí”. El anciano respondió: “Dí a tus pensamientos: Por el amor de Cristo, cuido los muros”. Cuido los muros: los monjes son como los centinelas sobre las murallas, protegiendo a los otros miembros de la Iglesia, mientras que cumplen sus labores cotidianas en el recinto entre los muros. “Cuido los muros”, ¿contra quien? Los primeros monjes tenían una respuesta precisa: contra los demonios que son los enemigos comunes de la humanidad. Retirándose al desierto, dominio de los demonios, a fin de entablar la lucha contra las fuerzas del mal, el monje hace, por eso mismo, un bien al mundo entero (Con ese propósito, si se comprende el desierto en tal sentido, como dominio de los demonios, uno puede preguntarse dónde se encuentra “el desierto” en nuestro mundo contemporáneo: ¿en el campo o en la ciudad?) ¿Y con cuáles armas el monje protege los muros contra las fuerzas demoníacas? Una vez más, la tradición monástica responde de manera específica: con las armas de la oración.

Así, pues, este es principalmente el modo en que el monje sirve al mundo: no en primer lugar por las obras exteriores de caridad o por la erudición, no ante todo por la hospitalidad ni siquiera por el consejo espiritual, sino por el trabajo interior de la oración. El amor de un monje se expresa ante todo por su oración: su oración es su amor. Sirve a su prójimo rezando. No simplemente por su oración de intercesión, sino por toda su oración, sea de arrepentimiento, alabanza o silencio. Cuando san Teodoro Estudita (759-826), proclamaba que “los monjes son la fuerza y la base de la Iglesia”, era ciertamente este ministerio de oración el que tenía en vista ante todo. Precisamente porque reza, el monje no está separado del mundo, por grande que sea su aislamiento exterior, pues la oración, aunque interior y personal, no es jamás solitaria: aquel que ofrece una oración auténtica y viva reza siempre como miembro de un cuerpo, en unión con todos aquellos que rezan, y en realidad con la humanidad entera, tanto si ella reza o no. Toda oración es comunitaria y cósmica. Cuando el monje dice la Oración de Jesús, “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”, dice al mismo tiempo «ten piedad de nosotros», incluso si aquella puede no ser la forma aparente de las palabras que emplea. Su invocación no sería una oración auténtica si fuera dicha para él solo. Así, en virtud de su oración, el monje está, según la palabra de Evagrio Póntico (346-99), “separado de todos y unido a todos”.

Presuponiendo como ella esta mutua coherencia, la oración es una fuerza dinámica y transfigurante, incluso cuando permanece enteramente oculta. Más es hecho quizás por mantener la paz en nuestra generación por aquellos hombres y mujeres en la oración incesante, enteramente inadvertida para el mundo exterior, que por todos los políticos y diplomáticos. Los ermitaños llevan quizás a Cristo más hombres que cualquier escritor o predicador, cualquiera que sea su elocuencia. “Adquirid la paz interior”, decía san Serafín, “y miles a tu alrededor encontrarán su salvación”. Si algunos hombres se vuelven oración, ha notado Olivier Clément –oración que es “pura” y, a juzgar por las apariencias, perfectamente inútil- transforman el universo por el solo hecho de su presencia, de su existencia misma. Tal es precisamente la vocación del monje: ser una presencia, la presencia de la oración, ayudar al mundo no tanto de manera activa que de una manera existencial, no tanto por lo que hace que por lo que es, volviéndose él mismo oración viviente. 

Transfigura el mundo transfigurándose él mismo. En toda la historia de la Iglesia, los monjes han sido muchas veces la ilustración de esta paradoja: aquel que rechaza preveer y organizar, que no busca determinar cuál es para él el mejor medio de ser útil al prójimo, sino que se vuelve simplemente hacia Dios con un amor infinito, es a menudo ese justamente quien, más que todos sus contemporáneos, aporta más, y duraderamente, a la sociedad entera. Puede que el monje sueñe menos en convertir al mundo y más en convertirse él mismo: más oportunidades habrá que el mundo se encuentre de hecho convertido.

“Ved esta ventana, dice Tchouang Tseu, no es más que un agujero en el muro, más, gracias a ese agujero, toda la habitación está llena de luz. Así, cuando todas nuestras facultades están vacías, nuestro corazón está lleno de luz. Y el hecho de estar lleno de luz produce una influencia que transforma secretamente a nuestros prójimos”.El monje es precisamente ese agujero en el muro, a través del cual pasa la luz increada del Señor. Vaciando totalmente su corazón y no dejando más que la oración, se vuelve una ventana para la Iglesia y para el mundo.

También los monjes han ocupado un rol profético o esjatológico, recordando a los hombres que el reino de Dios no es un reino de este mundo. Y tal es siempre su rol en el seno de la Iglesia. La actitud del monje es esencialmente una actitud de espera. “El monje, dice san Isaac el Sirio (siglo VII), es aquel que pasa todos los días de su vida en ayuno, sed y penitencia en razón de su espera de la esperanza celestial”. Los monjes son los profetas y los heraldos de la segunda venida de Cristo: al igual que los profetas del Antiguo Testamento han predicho la primera venida de Cristo y la Encarnación, son los monjes, en el seno de la Iglesia, los que anuncian su segunda venida, no tanto con sus palabras como con su vida misma.

 
ORACIÓN Y ARREPENTIMIENTO CONTINUO:


En Las sentencias de los Padres del desierto, leemos: “Contaban aún esto con respecto a Abba Arsenio: un sábado, tarde a la noche, se mantuvo de pie, dando la espalda al sol poniente, y se puso a rezar levantando los brazos al cielo; y quedó así hasta que el sol del alba iluminó su rostro (…) Un hermano se volvió hacia la celda de Abba Arsenio, en Scete, y miró por la ventana; y vio al anciano como si estuviera enteramente en llamas” .
Ambos relatos nos exponen el ideal monástico. El monje es aquel que se mantiene continuamente ante Dios en oración, aquel que se identifica tan totalmente con el acto de rezar que se vuelve él mismo una llama viviente de oración. Esta llama viviente es la manera en que se expresa su amor a Dios y al hombre, y por esta llama de oración sirve a la sociedad y participa activamente en la transfiguración del mundo.
He aquí, pues, el ideal: ¿qué sucede en la práctica? En una de sus obras, el escritor ortodoxo finlandés Tito Colliander registra la conversación siguiente entre un monje y un laico: “¿Qué hacéis, pues, en el monasterio?”, pregunta el laico. Y el monje responde: “Caemos y nos levantamos, caemos y nos levantamos, caemos otra vez y nos levantamos otra vez”. El monasterio es un sitio de oración continua, pero también de arrepentimiento continuo. La Oración de Jesús, que ocupa un lugar central en la formación espiritual del monje, es entre otras cosas una oración de penitencia, un ardiente pedido de perdón: “ten piedad de mí, pecador”. La familia monacal, como toda familia compuesta de marido, mujer y sus hijos, es un grupo de seres humanos pecadores que, con la ayuda de Dios, aprenden lentamente a llevar una vida común, que no cesan de caer y, sin embargo, luego de cada fracaso, se esfuerzan en empezar de nuevo. (2)


La tradición monástica ha siempre sido reconocida en la Ortodoxia como el testimonio más auténtico del Evangelio de Cristo. Como los profetas del Antiguo Testamento, como los mártires (testigos) del cristianismo de los primeros siglos, los monjes hacen al cristianismo creíble. Mostrando que se puede llevar una vida de oración y de culto luminoso, alegre, plena de sentido, sin ser dependiente de las “condiciones normales” de este mundo, dan una prueba viviente de que el Reino de Dios estaba verdaderamente en medio de nosotros. El retorno a una tradición semejante sería particularmente significativo en medio de nuestro mundo secularizado y militante. Una humanidad que pretende hoy que ha “alcanzado su mayoría de edad” no pide la ayuda del cristianismo en su búsqueda por un “mundo mejor”. Ella puede, sin embargo, estar de nuevo interesada por la Iglesia, si la Iglesia es capaz de mostrar un mundo no solamente mejor, sino verdaderamente nuevo y diferente. Es esto lo que tantos jóvenes buscan, pero que descubren desgraciadamente en medio del budismo zen, y generalmente en medios psicodélicos u otros modos de escaparse hacia la muerte.
Los monjes son los testigos de este nuevo mundo. Si hubiera más comunidades auténticas entre nosotros, nuestro testimonio sería más fuerte.




(1) La vida monástica (1º parte)
(2) El monaquismo, sacramento de amor (Kallistos Ware)
(3) Matrimonio, celibato y vida monástica (Jean Meyendorff)