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miércoles, 6 de noviembre de 2013

La Oración de Jesús. Por el Archimandrita Sophrony - Parte II

San Silouan del Monte Athos, y su hijo espiritual, Sophrony.

La secuencia de la Revelación expuesta en la Sagrada Escritura coincide en gran medida con nuestro progreso espiritual. Nuestro crecimiento es semejante al de nuestros antepasados y padres. Al comienzo, los hombres poseen intuitivamente una noción del Ser supremo. A continuación, el espíritu del hombre va conociendo nuevos y nuevos atributos de Dios; y de este modo llega la hora suprema de Sinaí, Yo soy, el momento de la zarza ardiente (cf. Ex 3,14). En los siglos siguientes la experiencia espiritual y la comprensión del misterio se profundizan, pero no alcanzan la perfección que llega con Aquél que era esperado. 

Aquél que en su Esencia trasciende cualquier nombre se revela a la criatura racional, creada “a su imagen”, a través de muchos nombres: Eterno, Omnisciente, Omnipotente; Luz, Vida, Belleza, Sabiduría, Bondad, Verdad, Amor; Justo, Salvador, Santo, Santificador, etc. En cada uno y mediante cada uno de ellos, experimentamos la proximidad y la llegada a nosotros de un solo y único Dios. En razón de su indivisibilidad, lo recibimos entero. Es correcto pensar así, pero a la vez ninguno de estos nombres agota lo que Él es. En su esencia, su Ser trasciende todo nombre y, no obstante, Él continúa revelándose en los hombres.

Hace veinte siglos – según nuestro cómputo- llegó Aquél  a quien esperaban los pueblos, el Logos del Padre. Supracósmico en su Esencia, el Creador de nuestra naturaleza tomó “condición de siervo haciéndose semejante a los hombres” (Flp 2,7). El que es sin comienzo, Palabra del Padre, “se hizo carne y puso su morada entre nosotros” (Jn 1, 14). El Eterno se manifestó en el tiempo. La Revelación nos trajo un Nombre nuevo: Jesús, Salvador, o Dios-Salvador. Una gran Luz entró en la vida del mundo. Empezó una nueva era. Santa fue la historia desde Adán hasta Moisés; santa fue la teofanía de Dios en el Sinaí; más santo aún fue el momento de la llegada de Cristo.

La idea de un Dios Salvador ya existía antes, pero con otro contenido, en otras dimensiones, con una concreción incompatiblemente menor. “El pueblo postrado en tinieblas ha visto una intensa luz; a los postrados en tierra de sombras de muerte les ha amanecido una luz” (Mt 4, 16).

El nombre de Jesús nos revela ante todo el sentido y el fin de la llegada de Dios en la carne “para nuestra salvación”. El hecho de que Dios asuma nuestra naturaleza creada muestra que nosotros también podemos llegar a ser hijos de Dios. Nuestra adopción filial nos permite unirnos a la forma divina del Ser: “En Él reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente” (Col 2, 9). Después de la Ascensión, Él se sentó a la derecha del Padre, pero permaneciendo como Hijo del hombre. Veamos cómo lo dice Él mismo: “Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y yo les he amado a ellos como tú me has amado a mí. Padre, quiero que donde yo esté estén también conmigo los que tú me has dado, para que contemplen mi gloria, la que  me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo…Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos” (Jn 17, 22-26).

Nuestra inteligencia enmudece admirada ante este misterio: el Creador se reviste de los creado; el Eterno e invisible acepta para sí la forma temporal y transitoria del ser; el Espíritu  que trasciende toda intelección se ha hecho carne y nos ha dado la posibilidad de tocarle con nuestra manos y de verle con nuestros ojos corporales; impasible se ha entregado a los sufrimientos. La vida sin comienzo se ha unido a la muerte.

El pensamiento filosófico, confrontado consigo mismo, no puede aceptar la predicación evangélica. Es una locura para él. El Absoluto de los filósofos, que vive en las creaciones de su mente, no da permiso para que Dios se abaje hasta la forma de esclavo (cf Flp 2, 7). El Absoluto, tal como ellos se lo representan, es en realidad el no-ser en sentido pleno. Antes de la llegada de Cristo hubo espíritus que construyeron seductoras teorías sobre un Absoluto abstracto. Si en nuestros días tales tendencias vuelven a aparecer, esto no debe extrañarnos, pero desgraciadamente son muchos los que caen en esta aberración espiritual. Ellos no han escuchado el himno grandioso que cantó San Pablo: “Dice la Escritura: ‘Destruiré la sabiduría de los sabios, e inutilizaré  la inteligencia de los inteligentes’…porque…quiso Dios salvar a los creyentes mediante la necedad de la predicación. Así, mientras los judíos piden señales y los griegos  buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina es más fuerte que la fuerza de los hombres (1 Cor 1, 19-25). “La Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros” (Jn 1, 14). Nosotros no alcanzamos a saber cómo es esto posible, pero no excluimos que Aquél que creó nuestra naturaleza pueda asumirla en su hipóstasis. Él no asumió una nueva hipóstasis, la humana; Él, permaneciendo en su eterna Hipóstasis divina, unió la Naturaleza divina con la naturaleza creada. Él nos manifestó en su carne la perfección del Padre y mostró con una excepcional fuerza la compatibilidad entre Dios y el hombre.

Cristo nos ha dado el conocimiento de la Santa Trinidad: del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Moisés entendió, bajo Nombre de Yahvé –Yo soy-, una sola Perona. El Verbo y el Espíritu Santo eran, para él, energías de Uno que Es. A nosotros se nos ha revelado que el Logos y el Espíritu son hipóstasis iguales al Padre: Uno en su Esencia, Dios es diverso en sus hipóstasis. Imagen de este Dios, en la naturaleza humana es una en una multiplicidad de hipóstasis.

El Nombre Yo Soy, en razón de la Unidad en Dios, se apropia a toda la Trinidad y a las tres Personas en particular. Como en muchos otros nombres divinos, este Nombre puede y debe ser entendido sea como un Nombre común (toda la Santa Trinidad) sea como nombre propio (de cada una de las tres Personas). Así mismo, el nombre “Señor” se puede aplicar a las tres Personas en su conjunto y , al mismo tiempo, sirve como nombre propio para cada una de ellas. Lo mismo puede decirse del Nombre Jesús, es decir, “Dios-Salvador”. Pero de hecho utilizamos el nombre Jesús exclusivamente como nombre propio de Cristo, segunda Persona de la Santa Trinidad.

En la antigüedad el conocimiento de Dios se daba al espíritu humano a través de los Nombres que revelaban las principales propiedades de Dios, sus atributos: poder, omnipresencia, omnisciencia, gloria y otros. A Moisés le fue dado el Nombre de Yahvé como Nombre propio de Dios.

A través de la Encarnación del Logos del Padre nosotros establecemos un contacto con Dios de tal calidad y con tanta plenitud que no esperamos otra nueva revelación que complete la que ya hemos recibido. Lo único en lo que debemos esforzarnos es en cumplir los mandamientos a fin de asimilar este don en sus dimensiones verdaderas: Él ha vivido entre nosotros, en las condiciones de nuestra caída; Él ha hablado en nuestra lengua; se ha abajado hasta el punto de dejarse tocar por nuestras manos; bajo forma visible nos ha manifestado en plenitud al Padre invisible; Él nos ha revelado todo lo que concierne a la relación entre Dios y el hombre. La salvación que nos ha aportado tiene un carácter extraordinariamente concreto. Empezó su predicación con una invitación: “convertíos, porque el Reino de los cielos está cerca”(Mateo 4, 17). En esta exhortación vemos cómo se prolonga la conversación de Dios con Adán en el Paraíso (cf. Gn 3, 8ss).

Grande es el Nombre Yo soy; grande es el Nombre de la Santa Trinidad; grande es también el Nombre de Jesús. Mucho se puede decir sobre este Nombre, mucho, pero no podría agotarse su contenido. Este Nombre pertenece a Aquél a quien todo lo que existe debe su ser: “Todo se hizo por Él y sin Él no se hizo nada de cuanto existe. En él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres” (Jn 1, 3-4). Él era “en el principio”, es decir, es el principio de todo el universo. En la vida intratrinitaria, Él está vuelto hacia el Padre; en el acto de la creación, el Verbo mismo está vuelto hacia aquéllos que han sido creados a su imagen.

El Nombre de Jesús, como portador del conocimiento y como energía de Dios, está en relación con el mundo; además, en cuanto Nombre propio, está ontológicamente vinculado a la hipóstasis que nombra. Este Nombre es, pues, una realidad espiritual. Su sonido puede identificarse con el nombrado, pero no necesariamente. Su dimensión fonética ha sido otorgada a muchos mortales, pero cuando oramos damos a este Nombre otro contenido y lo proferimos con otra actitud espiritual. Es un puente entre nosotros y la persona del Señor, es un canal por el que recibimos la fuerza divina. Procedente del Dios Santo, es él mismo santo y nos santifica a través de su invocación. Con este Nombre y gracias a él, la oración recibe una cierta tangibilidad: este Nombre nos une a Dios. En este Nombre, en Cristo, Dios está presente como en un receptáculo, como en un vaso precioso lleno de perfume. A través de él, el Trascendente llega a ser inmanente de una manera perceptible. Siendo energía divina, procede de la Esencia divina y es en sí misma divina.

Cuando oramos siendo conscientes de lo que decimos nuestra oración se convierte en un acto temible y al mismo tiempo triunfal. En el Antiguo Testamento se dio el mandamiento de no pronunciar el Nombre de Dios en vano; pero a nosotros Dios nos ha dado el mandamiento, acompañado de una promesa, de “pedir al Padre en su Nombre”. Después de la venida de Cristo, todos los Nombres divinos se nos abren en su significación más profunda. Deberíamos también temblar –como sucede a muchos ascetas con los que tuve ocasión de vivir- al pronunciar el santo Nombre de Jesús. Es atrevido por mi parte afirmar que yo mismo he podido ser un testimonio viviente de que, invocando este Nombre adecuadamente, todo nuestro ser se llena de la presencia del Dios eterno; su invocación transporta nuestra mente a otras esferas; nos dota de una peculiar energía de una nueva vida. La Luz divina, de la que no es fácil hablar, se hace presente con este Nombre. 

Nosotros sabemos que no sólo el Nombre de Jesús, sino todos los otros Nombres que nos han sido revelados de los Alto nos vinculan ontológicamente con Dios. Lo sabemos por la experiencia de nuestra Iglesia. Todos los sacramentos de la Iglesia se realizan bajo la invocación de los Nombres divinos; y especialmente de la Santa Trinidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Todo nuestro culto se fundamenta en la invocación de los Nombres de Dios. Nosotros no atribuímos un poder mágico a las palabras en cuanto fenómenos sonoros, sino que las pronunciamos en cuanto confesiones de fe verdadera, en actitud de temor de Dios, de reverencia y amor; en verdad tenemos a Dios juntamente con sus Nombres. 

De generación en generación los sacerdotes han conservado el conocimiento de la fuerza de los Nombres de Dios y han celebrado los sacramentos con una profunda sensación de la presencia del Dios vivo. A ellos les fue revelado el santo misterio que se realiza en la Divina Liturgia. Ellos no dudaron de que el Cuerpo y la Sangre de Cristo están delante de nosotros en su auténtica realidad: sobre el pan y el vino se han invocado el Nombre de Aquél cuya Palabra, una vez pronunciada, se convierte en “hecho”. “Dijo Dios: ‘Haya Luz’, y hubo luz” (Gn 1,3).

El olvido del carácter ontológico de los Nombres divinos, la ausencia de experiencia de ellos en la oración y en la celebración de los sacramentos ha vaciado la vida de muchos creyentes. Para ellos, la oración e incluso los mismos sacramentos pierden su realidad eterna. El Acto divino de la Liturgia decae entonces en una simple conmemoración psicológica e intelectual. Muchos llegan al extremo de considerar la oración como una pura pérdida de tiempo, sobre todo cuando la oración por una necesidad terrena no ha sido escuchada… ¿No es la unión con Dios el milagro de los milagros de nuestro ser? Esta es aquella “parte bendita” que la muerte no nos arrebatará (cf. Lc 10, 42). El hecho de la resurrección, he aquí lo que constituye el centro y el sentido último de nuestra venida al mundo. El amor a Cristo, que llena todo nuestro ser, cambia radicalmente nuestra vida. Por la Encarnación Él ha unido en sí mismo a Dios con el hombre y nos ha permitido acceder al Padre. ¿Podemos desear algo mayor?.

Los que aman a Dios y a su Nombre se deleitan con la lectura del Evangelio y en general de la Sagrada Escritura. Los Nombres divinos, la Luz y el sentido que de allí proceden, les atraen con tanta fuerza que ninguna otra realidad puede seducirles. Con qué gran inspiración divina dice el Apóstol Pedro: “Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hch 4, 12), o “No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te doy: en nombre de Jesucristo Nazareno, ponte a andar” (Hch 3, 6). En otra ocasión, los apóstoles elevaron su voz a Dios y dijeron: “Señor, tú que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos…, ten en cuenta sus amenazas (los reyes y los poderosos de este mundo: los Herodes, los Pilatos, así como los paganos y el pueblo judío) y concede a tus siervos que puedan predicar tu Palabra con toda valentía, extendiendo tu mano para que realicen curaciones, señales y prodigios por el nombre de tu santo Hijo Jesús. Acabada su oración, se estremeció el lugar donde estaban reunidos, y todos quedaron llenos del Espíritu Santo y predicaban la palabra de Dos con valentía…, y una gran gracia estaba en ellos” (Hch 4, 24-33).

Así, toda la Sagrada Escritura, desde el comienzo hasta el final, es un testimonio sobre Dios a través de los Nombres. Nuestro espíritu se llena de gozo con las palabras sagradas y el alma agradece a Dios el habernos dado ese don inestimable. 

El conocimiento de Dios se desarrolla en el hombre lentamente. Pasan los años, uno tras otro, antes de que se despliegue ante nosotros el magnífico cuadro del Ser: la Creación del mundo con  todos sus fenómenos y fuerzas cósmicas, y la del hombre cuando “el Señor insufló en sus narices aliento de vida” (Gn 2, 7). El hombre es el principio que establece el vínculo entre Dios y el resto de la creación, porque en él se realiza el encuentro entre las energías cósmicas creadas (1) con el Increado. A toda energía que procede de Dios, de la Esencia divina, los teólogos la llaman “divina”. La esencia es incomunicable al hombre, pero la vida divina le es comunicada por el poder de la acción divina. El acto de la divinización se realiza por la gracia increada. En el Nuevo Testamento la revelación del Tabor constituye el ejemplo más significativo de la manifestación de la energía divina. Procediendo de la nube luminosa que les cubrió, los discípulos escucharon la voz del Padre: “Este es mi Hijo amado” (Mt 17, 5). La luz y la voz, inexplicables las dos, eran “divinas”.

Nos es indispensable a cada uno de nosotros distinguir la procedencia de las energías divinas. La incapacidad de discernimiento entorpece nuestro crecimiento espiritual. 

Conviene advertir que en la oración de Jesús no nos encontramos ante algo automático o mágico. En efecto, si no nos esforzamos en observar sus mandamientos, la oración del Nombre se hará en vano. Él mismo ha dicho: “Muchos me dirán aquel día: ‘Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?’. Pero yo les responderé: ‘No os conozco de nada. ¡Apartaos de mí, malvados’!” (Mt 7, 22-23). Es esencial que nos parezcamos a Moisés, que soportó pacientemente grandes dificultades, como si estuviera viendo al Dios Invisible (cf. Heb 11, 27); y que invoquemos a Dios conociendo el vínculo ontológico que existe entre el Nombre y el Nombrado, la Persona de Cristo. El amor hacia él crecerá y se perfeccionará a medida que aumente y se profundice en nosotros el conocimiento de todo lo relativo a la vida del Dios amado. Cuando en el plano humano queremos a alguien, mencionamos con gusto su nombre y no nos cansamos de repetirlo. Esto es incomparablemente más verdadero cuando evocamos el Nombre del Señor.

Cuando una persona a la que nosotros amamos se nos abre cada día y nos muestra sus dones, aumenta su valor a nuestros ojos y nos alegramos al descubrir en ella nuevos rasgos. Así sucede con el Nombre de Jesucristo. En él descubrimos con avidez nuevos misterios de los caminos de Dios, y nos convertimos en portadores de la realidad que se concentra en su Nombre. Gracias a este conocimiento vivo que brota de la propia experiencia de nuestra vida, entramos en comunión con la Eternidad: “Ésta es la vida eterna; que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3).

Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de nosotros y de tu mundo.

El Nombre de Jesús fue dado por revelación de lo Alto. Procede de la esfera divina eterna y de ningún modo aparece como un producto de la inteligencia terrena, por más que se exprese en una palabra humana. La Revelación es un acto de la Energía divina, y en cuanto tal, pertenece a otro plano y trasciende las energías cósmicas (2). El nombre de Jesús, en su gloria celeste, es metacósmico. Cuando pronunciamos el Nombre de Cristo, pidiéndole que esté en comunicación con nosotros, Él, que lo llena todo, nos atiende y nosotros entramos en un contacto vivo con Él. 

En cuanto Logos del Padre, permanece con él en unidad indivisible; así, Dios Padre entra en relación con nosotros a través de su Verbo. Cristo es el Hijo unigénito coeterno al Padre; por esta razón dice: “Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14, 6). Jesús significa: Dios-Salvador. En realidad, este Nombre puede ser atribuido tanto a la Santa Trinidad como a cada una de sus hipóstasis por separado. Pero en nuestra oración, el Nombre de Jesús se utiliza exclusivamente para designar el nombre propio de Dios-Hombre; así es como nuestro entendimiento se dirige a él. Dice el apóstol Pablo: “En Él reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente” (Col 2, 9). En Él no sólo está Dios, sino también todo el género humano. Cuando oramos en Nombre de Jesucristo nos colocamos en la plenitud absoluta del Ser-Primero increado y en la plenitud del Ser creado. Para entrar en esta plenitud del Ser, debemos acogerle a Él de tal modo que su vida se convierta en la nuestra por medio de la invocación de su Nombre y de acuerdo con sus mandamientos.

Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador.

“Aquél que se une al Señor, se hace un solo espíritu con Él” (1 Cor 6, 17).

Si me he demorado tanto en la comprensión dogmática de la oración de Jesús, se debe a que en las últimas décadas me he encontrado repetidas veces con visiones erróneas sobre la práctica de esta oración. Resulta particularmente inaceptable la confusión del yoga, con el budismo e incluso con la “meditación trascendental”, amén de otras prácticas parecidas. La diferencia radical entre el cristianismo y cada una de estas formas de espiritualidad consiste en que, en la base de nuestra vida, se encuentra la Revelación del Dios personal: Yo Soy. Todos los otros caminos alejan al entendimiento del hombre de las relaciones personales con Dios y lo conducen a un abstracto absoluto transpersonal, a un ascetismo impersonal.

Quizá alguno de estos tipos de meditación, vaciando nuestro pensamiento de toda imagen, puede darnos una sensación de serenidad, de paz, una salida de los límites espacio-temporales, pero falta en ella la actitud consciente de estar ante un Dios personal. No se da en ella una oración real, rostro a Rostro. El que se aventura por estos caminos puede lograr la autosatisfacción por las experiencias psíquicas a las que estas prácticas dan lugar; sin embargo, lo que resulta mucho peor, puede hacer que la noción misma del Dios vivo, del Absoluto Personal, le resulte definitivamente ajena. No son raros los intentos insensatos de conseguir, en poco tiempo, una “consciencia cósmica”, e incluso una experiencia del absoluto suprapersonal. De hecho, una ascesis de esta índole se aparta del verdadero Dios, de Aquél que verdaderamente Es.



La enseñanza evangélica no sólo habla de un Dios personal, sino de una inmortalidad también personal de los que se salvan. Ésta se alcanza mediante la victoria sobre las pasiones. Tarea elevada y grandiosa; pero el Señor ha dicho: “Tened confianza, yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). Nosotros sabemos, sin embargo, que esta victoria no ha sido fácil. De nuevo Cristo nos dice: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran. Guardaos de los falsos profetas” (Mt 7, 13, 15). ¿En qué consiste la perdición? En que los hombres abandonan al Dios viviente que se ha manifestado y se dirigen deliberadamente a la “nada”. A esa nada de la que han sido llamados a salir con la promesa de tomar parte en la felicidad eterna, bajo la forma de la adopción filial por parte de Dios, por la inhabitación en ellos de la Santa Trinidad.


Para creer en Cristo es necesario tener la simplicidad de la fe de un niño; “Si no cambiáis y no hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos” (Mt 18, 3); o bien poseer la locura audaz de un Pablo, quien decía: “Nosotros, necios por seguir a Cristo…nosotros, débiles…, hemos venido a ser, hasta ahora, como la basura del  mundo y el deshecho de todos” (1 Cor 4, 10-13); y sin embargo: “Os ruego que seáis mis imitadores, como yo lo soy de Cristo” (1 Cor 4, 16), “pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo” (1 Cor 3, 11).


La experiencia cósmica en la conciencia cristiana se da por la oración que se asemeja a la oración de Getsemaní, no en una trascendencia filosófica. “Y les dijo: Así está escrito…, y se predicará en su nombre la conversión para el perdón de los pecados a todas las naciones…Y vosotros sois testigos de estas cosas. Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Por vuestra parte, permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto” (Lc 24, 46-49).



Notas


(1) La actividad y la vida propias de lo creado

(2) Es decir, trasciende la capacidad y la actividad propias del ámbito creado, porque pertenece a la vida y a la manifestación (Energía divina) del Increado. El autor expresa continuamente su pensamiento utilizando las categorías teológicas de Gregorio Palamas.

 Extraído de “La Oración. Experiencia de la eternidad”. Archimandrita Sophrony. Ed. Sigueme.