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viernes, 18 de julio de 2014

Sobre la Oración Santa y deificante, según Simeón de Tesalónica.




El siguiente es un extracto del libro de la Filocalia(*).
La Filocalia no presenta el perfil biográfico de este autor. Solamente se sabe de él que, después de haber sido monje, fue arzobispo de Tesalónica, alrededor de los años 1410 y 1425, y que murió en 1429.
En compensación, se conservan sus numerosos escritos, los cuales conforman el vol.CLV de la Patrología Griega de Migne. Ellos comprenden: una gran obra dogmático-litúrgica de 373 capítulos; cinco opúsculos, de los cuales cuatro tratan la misma temática que la obra antedicha, mientras el restante es de carácter ascético; ochenta y tres respuestas a cuestiones presentadas por el metropolitano de la Pentápolis, Gabriel; poesías y oraciones.
Los dos escritos retomados por la Filocalia pertenecen a la obra mayor y corresponden a los capítulos 296 y 297 de la segunda parte, titulada: Sobre los ritos sagrados (PG  534d-549a).
Para profundizar en la época y doctrina de este autor que, además de teólogo, fue, sobre todo, liturgista y “puede ser considerado el doctor por excelencia del simbolismo litúrgico”, cf. Dictionnaire de Théologie catholique, t. 14, 2976-2984 (M. Jugie).



SOBRE LA ORACIÓN SANTA Y DEIFICANTE

En qué consiste esta oración divina.

La invocación de nuestro Salvador, hecha en los siguientes términos: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador” es oración, voto, confesión de fe, dadora del Espíritu Santo, otorgadora de dones divinos, purificación del corazón y expulsión de los demonios, morada de Jesucristo, fuente de reflexiones espirituales y pensamientos divinos, redención de los pecados, medicina de las almas y los cuerpos, otorgadora de iluminación divina, manantial de la misericordia de Dios, causa de revelaciones e iniciaciones divinas en humildad y en la única salvación, porque lleva consigo el nombre saludable de nuestro Dios, el único que es invocado sobre nosotros, el nombre de Jesucristo, Hijo de Dios y, como dice el Apóstol, es imposible que en ningún otro seamos salvados (1).

Precisamente por eso es oración, pues con ella buscamos la misericordia divina; 

es voto, porque nos ofrecemos a Cristo mediante su invocación; es confesión, porque al declarar su fe en esos términos, Pedro fue llamado bienaventurado (2); 

es dispensadora del Espíritu, pues ninguno dice: Señor Jesús, si no está en el Espíritu Santo (3); 

es otorgadora de los dones divinos, porque por ella Cristo dijo a Pedro: A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos (4); 

es purificación del corazón, porque ve e invoca a Dios mientras Él purifica al vidente; 

es expulsión de los demonios, porque en el nombre de Jesús fueron y son expulsados todos los demonios; 

es morada de Cristo porque, mediante su recuerdo, Él está en nosotros, es decir, habita en nosotros y nos colma de alegría. Ciertamente, se ha dicho: Me he acordado de Dios y me he alegrado (5); 

es fuente de reflexión y pensamientos espirituales, porque Cristo es tesoro de toda sabiduría y toda ciencia (6), y dona ambas a aquellos en quienes habita; 

es redención de los pecados porque: Lo que desates en la tierra será desatado en el Cielo (7); 

es medicina de las almas y los cuerpos, pues se dijo: En el nombre de Jesucristo, levántate y camina(8); y también: Eneas, Jesucristo te cuida (9); 

es dadora de iluminación divina, porque Cristo es la luz verdadera (10) y hace participar de su esplendor y su gracia a quienes lo invocan, según estas conocidas palabras: Que el resplandor del Señor nuestro Dios esté sobre nosotros (11), y: Quien me sigue, tendrá la luz de la vida (12); 

es manantial de misericordia divina, porque nosotros buscamos misericordia y el Señor es misericordioso, tiene compasión de todos aquellos que lo invocan, y toma venganza con quienes claman día y noche (14); 

es causa de revelaciones e iniciaciones divinas para los humildes, porque ellas fueron otorgadas al pescador Pedro según la revelación del Padre que está en los Cielos (15); también Pablo fue atrapado por Cristo y oyó revelaciones (16);  la oración siempre opera estas cosas; ella es la única salvación; en palabras del Apóstol: es imposible que seamos salvados de alguna y otra manera (17): Éste es el Cristo, el Salvador del mundo (18).

De ahí que, en el último día, toda lengua confesará y proclamará, quiérase o no, que Jesucristo es el Señor para la gloria de Dios Padre (19). Tal es el signo de nuestra fe, porque somos y nos llamamos cristianos; tal el testimonio de nuestra pertenencia a Dios pues, como hemos indicado, está escrito que todo espíritu que proclama Señor a Jesucristo, diciendo que ha venido al mundo en carne verdadera, es Dios (20), mientras el espíritu que no confiesa esto no proviene de Dios, más bien es el anticristo, el espíritu que no reconoce a Jesucristo (21)

En consecuencia, es preciso que todo aquel que cree confiese incesantemente ese nombre, ya sea para proclamar la fe, ya sea por la caridad de nuestro Señor Jesucristo de la cual nada debe separarnos (22), ya sea por la gracia que viene de su nombre también la remisión, la redención, la medicina, la santificación, la iluminación y, sobre todo, la salvación.

En efecto, según ese nombre divino, los Apóstoles hicieron y mostraron maravillas. El evangelista dice: éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios –he aquí la fe- y para que creyendo tengáis la vida en su nombre (23), he aquí la salvación y la vida.



Todos los cristianos – sacerdotes, monjes, laicos- deben orar según ciertas determinaciones, en forma acorde con su posibilidad, y en el nombre de Jesucristo.




Todo fiel pronuncie siempre ese nombre a modo de oración: que lo haga tanto con el intelecto como con la lengua, esté quieto o camine, permanezca sentado o acostado (24); incluso, si está diciendo o haciendo alguna otra cosa, que se esfuerce siempre en ello. Encontrará, así, gran serenidad y alegría como saben por experiencia aquellos que se entregan a esa oración. 

Sin embargo, como se trata de una obra que supera a todos los que viven en el siglo presente y a los monjes que se encuentran en medio de ruidosas actividades, se hace necesaria la presencia de algo determinado, es decir, se necesita que todos tengan una indicación exacta de cómo practicar dicha oración, según las propias posibilidades; ya se trate de sacerdotes, monjes o laicos.

Es sabido, los monjes poseen una deuda ineludible con la oración, pues están ordenados a ella, incluso si se encuentran inmersos en el ruido de sus servicios. Ellos deben esforzarse en forma permanente por saldar su deuda, rezando incesantemente (25) al Señor, aunque estén sumergidos en el rumor y la confusión, o se encuentre en la denominada “prisión del intelecto”, algo que, en verdad, éste es. En todo caso, deben esforzarse siempre por no descuidar esa oración para no ser atrapados por el Enemigo, sino más bien recomenzar insistentemente la tarea, y deleitarse al hacerlo. 

Los sacerdotes deben ocuparse de la oración como de una obra apostólica y un anuncio divino, porque ésta es capaz de dar cumplimiento a las divinas operaciones y producir el amor de Cristo.

Los que viven en el mundo deben ejercitarla según sus posibilidades, como su propio signo y símbolo de fe, como vigilancia y santificación; también como medio para expulsar toda clase de tentaciones.

En consecuencia, es preciso que todos, sacerdotes, laicos y monjes, piensen en Cristo en primer lugar, que al despertar se acuerden de Él antes que de cualquier otra cosa, y ofrezcan eso a Cristo como primicia de todo pensamiento, como un sacrificio. En efecto, antes de cualquier otro pensamiento es necesario acordarse de Cristo que nos ha salvado y nos ha amado tanto, porque somos y nos llamamos cristianos y nos hemos revestido de Él por el bautismo (26); hemos sido signados con su ungüento perfumado, hemos participado y participamos de su santa Carne y de su Sangre, somos sus miembros (27) y su templo (28), nos hemos revestido de Él (29) y Él habito en nosotros. Por tanto, debemos amarlo y recordarlo siempre. 

Así, cada uno posee un tiempo y un número determinado de invocaciones para cumplimentar, acorde con sus posibilidades, cual si tuviera una deuda.

Lo dicho es suficiente para nuestro argumento y representa una enseñanza también para aquellos que en esa materia tienen mayores exigencias.


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Sobre el poder de la oración:



Hace un par de años descubrí una serie ortodoxa rusa espectacular "Tres Parábolas". Se trata de tres historias cortas que tienen un profundo contenido espiritual, y a la vez tienen muchas partes cómicas, con las cuales me he reído y disfrutado mucho.  Hay varios personajes que se repiten en las distintas historias que se desarrollan en torno a un monasterio, donde se destacan el Higúmeno y un novicio, una loca por Cristo que siempre permanece en la entrada del monasterio. También hay otros personajes secundarios que vuelven a aparecer en otras historias, tales como una señora, llamada María y un borracho.
Este video sobre el poder de la oración, es la 3º parábola de la 2º parte, y es lo único que hay por el momento con subtítulos en español.

Y a continuación los links de la serie completa. La primera la encontré en inglés e italiano. La segunda parte, sólo en ruso. Cada una tiene una duración de 1 hora aproximadamente, y está dividida en 3 historias a modo de parábolas, con una enseñanza explicada al final de cada una.

Las Tres Parábolas. Parte 1:

  

Las Tres Parábolas. Parte 2:




Notas:
(*) Extraído de la Filocalia. Volumen cuarto. Ed. Lumen.
(1)Cf. Hch 4,12.
(2)Cf. Mt 16, 17.
(3) 1 Co 12. 3.
(4) Mt 16, 19.
(5) Sal 76, 4.
(6)Cf. Col 2,3.
(7)Cf. Mt 16, 19; 18, 18.
(8)Cf. Hch 9, 34.
(9) Hch 9, 34.
(10)Cf. Jn 1, 9.
(11) Sal 89, 17.
(12) Jn 8, 12.
(13)Cf. Sal 85, 5; 144, 8.
(14)Cf. Lc 18, 7.
(15)Cf. Mt 16, 17.
(16)Cf.2 Cor 12, 2 y ss.
(17)Cf. Hch 4, 12.
(18)Cf. Jn 4, 42.
(19) Flp 2, 11.
(20) 1 Jn 4, 2.
(21)Cf. 1 Jn 4, 3.
(22)Cf. Rm 8, 35.
(23) Jn 20, 31.
(24)Cf. Dr 6,6 y ss.
(25)Cf. 1 Ts 5, 17.
(26)Cf. Ga 3, 27.
(27)Cf. 1 Cor 12, 27.
(28)Cf. 2 Cor 6. 16.
(29)Cf. Ga 3, 27.