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domingo, 26 de junio de 2011

Las Iglesias Católicas Orientales. Parte II


¿Qué es una Iglesia Oriental "sui iuris"



La Iglesia es comunión: “Magna illa communio quam efficit Ecclesia” decía el Papa Pablo VI (1). De hecho la comunión es esencial a la naturaleza de la Iglesia. La misma comunión de la Iglesia tiene dos aspectos: la comunión de los Santos que une a la Iglesia peregrina en la tierra con la Iglesia celeste y le da su carácter esjatológico, mientras que el segundo aspecto es la comunión eclesiástica.


La comunión eclesiástica une a todos los bautizados en la Iglesia Católica o acogidos en ella, que están unidos con Cristo por los vínculos de la profesión de la misma fe, de los sacramentos, del régimen eclesiástico y de la comunión. Esta comunión eclesiástica constituye la plena comunión católica.


Los fieles católicos de una iglesia particular, por tanto también de una iglesia oriental sui iuris, están en la comunión eclesiástica plena con la Iglesia Católica, dado que sus obispos conservan la comunión jerárquica con el Obispo de Roma y el Colegio de los Obispos.


La “Ecclesia Universa” está constituida por la comunión de las diversas Iglesias de Oriente y de Occidente y de modo particular por las que son matrices de la fe fundada por los Apóstoles y por sus sucesores.
Esta comunión entre las iglesias orientales sui iuris y la Sede Apostólica de Roma es expresada y manifestada, de forma concreta, en el Código de los Cánones de las Iglesias Orientales. De hecho, uno de los papeles fundamentales del Código, según el Papa Juan Pablo II (2), es indicar a la Iglesia como comunión y, como consecuencia, determina las relaciones que deben existir entre las iglesias orientales sui iuris y la Iglesia universal.


Antes de analizar la manifestación concreta de esta comunión jerárquica, es necesario presentar el sentido del término iglesia sui iuris.


En el Codex Canonum Ecclesiarum Orientalium la noción de “iglesia sui iuris” es una noción técnica. Se trata de una novedad en la historia del derecho canónico oriental y occidental (3). La noción se da para indicar a la iglesia oriental que está en comunión con Roma.


La Pontificia Commissio Codex Iuris Canonici Orientalis Recognoscendo no ha querido adoptar el término “iglesia particular” para indicar a la iglesia oriental en cuanto que este término indicaba en el Codex Iuris Canonici sólo la diócesis y nada más. La misma comisión prefirió la propuesta de “iglesia sui iuris”. Es interesante el hecho de que esta propuesta tuvo la mayoría por un solo voto; recibió de hecho seis votos favorables contra los cinco que querían mantener el término del Concilio Vaticano II “iglesia particular” y con dos abstenciones (4).


La definición de la noción de “iglesia sui iuris” se encuentra en el can. 27 (5).
Se llama, en este Código, iglesia sui iuris, a una agrupación de los fieles cristianos junto con su jerarquía, según derecho, que la Suprema Autoridad de la Iglesia reconoce expresa o tácitamente como sui iuris.

De este canon se desprenden dos particularidades:


Lo primero que hay que subrayar es que la definición de la iglesia sui iuris es una definición técnica; es decir, que no está separada del código, sino que es relativa al mismo. El código no define la iglesia sui iuris en sí, sino que dice qué entiende cuando menciona la noción “iglesia sui iuris”. Haciendo así, el código sustituye la noción “iglesia particular sui ritus” usada en el Concilio Vaticano II.


Lo segundo es que dicha definición evidencia los cuatro criterios esenciales para definir una iglesia como iglesia sui iuris:


- Una agrupación de fieles cristianos “coetus christifidelium”: dicho término indica “la unidad interna y la homogeneidad cultural, social, y espiritual" (6) de una comunidad de fieles. Indica en el fondo una asamblea del pueblo de Dios (7) unida en la cultura, en la vida social y en la vida espiritual.


- Este coetus christifidelium está unido y gobernado por su propia jerarquía. Esta jerarquía “une esta agrupación en una determinada comunidad eclesial compacta y jerárquicamente organizada como una iglesia. Este grupo de fieles tiene una jerarquía como elemento orgánico de cohesión" (8). El papel fundamental, por tanto, de dicha jerarquía es gobernar la agrupación de los fieles y garantizar su unidad según el derecho (9).


- Este coetus christifidelium con la propia jerarquía está constituido según el derecho. Un criterio garantiza la legitimidad de la iglesia sui iuris.


- El reconocimiento de la Suprema Autoridad de la Iglesia de modo expreso o tácito es el cuarto criterio para definir una agrupación de fieles, unidos por la propia jerarquía según el derecho, como iglesia sui iuris. Dicho acto de reconocimiento por parte de la Suprema Autoridad constituye la comunión jerárquica entre una iglesia tal y la Iglesia universal. Debe subrayarse que “la comunión jerárquica con el Romano Pontífice, entendida como unidad y realidad orgánica, es, en consecuencia, un elemento constitutivo del status canónico de Ecclesia sui iuris (10).


Los primeros tres criterios son criterios internos y explican la naturaleza de la iglesia sui iuris desde dentro. Mientras el cuarto –el reconocimiento– es un criterio externo y formal que garantiza la comunión de la iglesia sui iuris con toda la Iglesia de Cristo (11).


Con este reconocimiento se atribuye a la iglesia sui iuris una autonomía relativa. De hecho la Suprema Autoridad no se limita, sencillamente, a reconocer una iglesia sui iuris, sino que define, sobre todo, su autonomía y dependencia, y además su relación con la Sede Apostólica a través de los cánones del Codex Canonum Ecclesiarum Orientalium.


Organización de las Iglesias católicas orientales



Como vimos en el post anterior, de acuerdo con la división instaurada por el vigente Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, estas Iglesias sui iuris o autónomas se dividen en cuatro categorías: Iglesias Patriarcales (Iglesia Caldea, Armenia, Copta, Siriaca, Maronita, y Melquita.); Iglesias Archiepiscopales Mayores (Iglesia Ucraniana y Siro-Malabar); Iglesias Metropolitana sui iuris (Iglesia Etíope, Siro-Malankar, Rumana y Rutenia en América); y en último lugar Iglesias sui iuris (las demás). Además se debe tener en cuenta que las Iglesias greco-católicas sui iuris de Bielorrusia, Albania, Georgia y Rusia no poseen una jerarquía episcopal hasta el momento.


Por otro lado, en atención a los crecientes movimientos de población de los últimos decenios, la Santa Sede ha erigido en algunas naciones occidentales los Ordinariatos para los fieles de las Iglesias Orientales que residen en países en los que no hay constituída jerarquía católica del propio rito. A ellos pertenecen los fieles católicos orientales, que residen en las naciones indicadas. Los católicos de rito oriental que residen en lugares en los que no hay establecida jerarquía oriental dependen del Ordinario latino del lugar.


Se ofrece a continuación un resumen de la organización de las Iglesias Católicas Orientales autónomas, en comunión con el Romano Pontífice, agrupadas por la tradición a la que pertenecen. El lector latino debe tener en cuenta que en la tradición oriental se denomina eparquía a la Iglesia particular que se establece de modo ordinario en el territorio propio de la Iglesia sui iuris (equivale a la diócesis para los latinos), y exarcado a la Iglesia particular que se erige en los demás territorios.

Al final del elenco se encuentra también la lista de los Ordinariatos para los fieles católicos de rito oriental.


Iglesias sui iuris católicas de tradición alejandrina


Iglesia egipcia (coptos)


Patriarcado: Alejandría (Egipto)

Tiene eparquías en Egipto



Iglesia de Etiopía


Metrópoli: Addis Abeba (Etiopía).

Tiene eparquías en Etiopía y Eritrea


Iglesias sui iuris católicas de tradición antioquena


Iglesia sirio-malankar


Arzobispado mayor : Trivandrum (India)

Tiene eparquías en India.


Iglesia maronita


Patriarcado: Antioquía de los Maronitas

Tiene archieparquías y eparquías en Líbano, Chipre, Egipto, Siria, Israel, Argentina, Brasil, Estados Unidos, Australia, Canadá y México. Tiene exarcados en Jordania y Palestina.


Iglesia siria


Patriarcado: Antioquía de los sirios

Tiene archieparquías y eparquías en Líbano, Egipto, Sudán, Siria y Estados Unidos y Canadá (la eparquía de Newark tiene jurisdicción sobre los fieles de este rito de ambos países).

Tiene exarcados en Jordania, Kuwait, Palestina, Turquía y Venezuela.


Iglesias sui iuris católicas de tradición armenia


Iglesia armenia


Patriarcado: Cilicia de los Armenios

Tiene archieparquías y eparquías en Líbano, Irán. Irak, Egipto, Siria, Turquía, Ucrania, Francia y Argentina.

Tiene un exarcado patriarcal para Ammán (Jordania) y Jerusalén. También tiene un exarcado apostólico para América Latina y México con sede en Buenos Aires, y otro para Estados Unidos y Canadá con sede en Nueva York.

Existen Ordinariatos para los fieles de rito armenio en Grecia con sede en Atenas, en Rumanía con sede en Gherla y para Europa Oriental con sede en Ghiumri.


Iglesias sui iuris católicas de tradición caldea


Iglesia caldea


Patriarcado: Babilonia de los Caldeos

Tiene archieparquías y eparquías en Irak, Irán, Líbano, Egipto, Siria, Turquía, Estados Unidos y Oceanía (con sede en Sidney y jurisdicción sobre Australia y Nueva Zelanda).

Tiene un exarcado patriarcal en Jerusalén.


Iglesia siro-malabar


Arzobispado mayor: Ernakulam-Angamaly (India).

Tiene archieparquías y eparquías en India y Estados Unidos.


Iglesias sui iuris católicas de tradición constantinopolitana o bizantina


Iglesia albanesa


Administración apostólica: Albania


Iglesia búlgara


Exarcado apostólico: Sofía.


Iglesia bizantina de Krizevci


Eparquía: Krizevci (Croacia)

La eparquía tiene jurisdicción en Croacia, Bosnia-Herzegovina, Yugoslavia y Eslovenia.


Iglesia griega


Exarcado apostólico: Grecia

Tiene exarcados apostólicos en Grecia y Turquía.


Iglesia bielorrusa


Tiene jurisdicción en Bielorrusia.


Iglesia italo-albanesa


Tiene eparquías en Italia.


Iglesia macedonia


Exarcado apostólico: Macedonia (sede: Strumica).

Tiene jurisdicción en la Antigua República Yugoslava de Macedonia.


Iglesia melquita o greco-melquita


Patriarcado: Antioquía de los griegos melquitas.

Tiene archieparquías y eparquías en Siria, Líbano, Jordania, Israel, Brasil, Estados Unidos, Canadá, México y Australia.

Tiene exarcados patriarcales en Jerusalén y Egipto y Sudán. Tiene además exarcados en Irak, Kuwait y Venezuela.


Iglesia rumana


Arzobispado mayor: Fagaras y Alba Julia.

Tiene eparquías en Rumanía y Estados Unidos.


Iglesia rusa


Exarcado apostólico: Rusia.

Tiene, además del anterior, un exarcado apostólico en Harbin (Manchuria, China).


Iglesia rutena o rutena-ucraniana


Tiene archieparquías y eparquías en Estados Unidos y Ucrania.

Tiene un exarcado apostólico en la República Checa (sede en Praga).


Iglesia eslovaca


Arzobispado mayor: Prešov. Tiene eparquías en Eslovaquia.


Iglesia ucraniana


Arzobispado mayor: Lviv

Tiene archieparquías y eparquías en Ucrania, Polonia, Estados Unidos, Canadá, Australia (para Australia, Nueva Zelanda y Oceanía), Brasil y Argentina.

Tiene exarcados apostólicos en Gran Bretaña (sede en Londres), Alemania (sede en Munich) y en Francia para Francia, Benelux y Suiza (sede en París).


Iglesia húngara


Tiene una eparquía y un exarcado apostólico en Hungría.


Ordinariatos


Existen, además, Ordinariatos para los fieles de rito oriental que no poseen ordinario del propio rito. Son los siguientes:

Argentina (sede: Buenos Aires)

Brasil (sede: Río de Janeiro)

Francia (sede: París)

Polonia (sede: Varsovia)

Austria (sede: Viena)




 Notas: 

Hani Bakhoum Kiroulos es doctor en derecho canónico.
Fuente: Zenit, servicio del 4 de octubre de 2010
 
(1) Cfr. AAS, 69 (1977), 147- 153, n. 148.

(2) Cfr. JUAN PABLO II, Constitución Apostólica Sacrae Disiplinae Leges, (25. I. 1983), en AAS, 75 (1983), pars II, 12.
(3) Cfr. Idem. 205.
(4) Cfr. E. EID, Rite, Église de Droit Propre e Juridiction, 11 e cfr. Nuntia, 19 (1984), 5.
(5) El can. 27 es un canon nuevo, no tiene una correspondencia ni en los códigos de 1917 y de 1983, ni en la codificación oriental precedente. Estos con el can. 28 han sido un objeto de gran trabajo; ver Nuntia, 3 (1976), 45- 47; 22 (1986), 22- 24 e 28 (1989), 18- 20.
(6)  E. SLEMAN, De Ritus à Ecclesia sui iuris, en L’année canonique, 41 (1999), 268. El texto original del artículo está en francés y ha sido traducido por el autor de este texto. 
(7)  Cfr. D. SALACHAS, Autonomie des Églises Orientales, en L’année canonique, 38 (1996), 75- 90.
(8)  D. SALACHAS, Le Chiese “sui iuris” e i Riti, en Commento al Codice dei Canoni delle Chiese Orientali, dirigido por P. V. PINTO, Libreria Editrice Vaticana, 2001, 38.
(9)  Cfr. E. SLEMAN, De Ritus à Ecclesia sui iuris, 268.
(10)  D. SALACHAS, Le Chiese “sui iuris” e I Riti, 38
(11)  Cfr. Idem.

lunes, 20 de junio de 2011

Las Iglesias Católicas Orientales. Parte I

 Introducción a la luz de Orientale Lumen

Voy a dedicar este post y los siguientes a aportar un poco de información sobre las Iglesias Católicas Orientales. En mi experiencia personal,  más en estos últimos tiempos, he recibido muchos comentarios de los más variados respecto a este tema. La mayoría de la gente con la que he tenido contacto, tanto por estos medios u otros, tiene gran interés por conocer más acerca de las Iglesias Católicas Orientales, y confiesa tener un gran desconocimiento al respecto. He charlado, por ejemplo, con muchísimos fieles de tradición latina que directamente desconocen que en la Iglesia Católica exista un rito diferente al latino, muchos confunden a las Iglesias Católicas Orientales con las Iglesias Ortodoxas que no están en comunión con Roma (hasta he visto una noticia en la TV de un medio católico importante, en la que  queriendo explicar brevemente sobre una Iglesia Católica Oriental, en este caso la Iglesia Greco Católica Ucrania, decían erróneamente que es una Iglesia de rito bizantino que toma "ciertos elementos" de la Iglesia Ortodoxa, cuando en realidad no es que "toma ciertos elementos", sino que es una Iglesia Ortodoxa en comunión con Roma). Y también hay muchísima gente que quiere ahondar más en el conocimiento de la riqueza del Oriente Cristiano.

Creo que esta inquietud es obra del Espíritu Santo, y que cada vez más se hace eco en muchos corazones ese anhelo expresado por el Beato Juan Pablo II, en Orientale Lumen, encíclica por medio de la cual hizo un llamado exhortándonos a conocer la antigua tradición de las Iglesias Orientales como parte integrante del patrimonio de la Iglesia de Cristo, indicando que es una necesidad primera conocerla para poderse alimentar de ella y favorecer, cada uno en la medida de sus posibilidadades el proceso de la unidad (unidad perdida luego de un largo período de relaciones difíciles que culminó con lo que se llama el Gran Cisma entre Oriente y Occidente, en el año 1054, con una mutua excomunión que separó al Papa de Roma y a la cristiandad de Occidente, de los patriarcas y cristiandad de Oriente; con el tiempo muchas fueron volviendo a la unión con Roma).

Orientale Lumen es un gran tesoro que nos dejó Juan Pablo II, a continuación un pequeño resumen con lo más importante al respecto:
(y para ahondar más sobre el Oriente Cristiano, es muy recomendable su lectura completa, como de otros documentos sobre las Iglesias Orientales Católicas, cuyo link pueden encontrar en este blog, sobre el margen derecho).

"Nuestros hermanos orientales católicos tienen plena conciencia de ser, junto con los hermanos ortodoxos, los portadores vivos de esa tradición. Es necesario que también los hijos de la Iglesia católica de tradición latina puedan conocer con plenitud ese tesoro y sentir así, al igual que el Papa, el anhelo de que se restituya a la Iglesia y al mundo la plena manifestación de la catolicidad de la Iglesia, expresada no por una sola tradición, ni mucho menos por una comunidad contra la otra; y el anhelo de que también todos nosotros podamos gozar plenamente de ese patrimonio indiviso, y revelado por Dios, de la Iglesia universal que se conserva y crece tanto en la vida de las Iglesias de Oriente como en las de Occidente.

El Oriente cristiano desempeña un papel único y privilegiado, por ser el marco originario de la Iglesia primitiva.

La tradición oriental cristiana implica un modo de acoger, comprender y vivir la fe en el Señor Jesús. En este sentido, está muy cerca de la tradición cristiana de Occidente que nace y se alimenta de la misma fe. Con todo, se diferencia también de ella, legítima y admirablemente, puesto que el cristiano oriental tiene un modo propio de sentir y de comprender, y, por tanto, también un modo original de vivir su relación con el Salvador.
En un tiempo en que se admite cada vez más que es fundamental el derecho de todo pueblo a expresarse de acuerdo con su patrimonio de cultura y de pensamiento, la experiencia de las diversas Iglesias de Oriente se nos presenta como un ejemplo autorizado de inculturación bien realizada.

De este modelo aprendemos que, si queremos evitar el resurgimiento de particularismos y también de nacionalismos exacerbados, debemos comprender que el anuncio del Evangelio debe estar profundamente arraigado en la especificidad de las culturas y, a la vez, abierto a confluir en una universalidad que es intercambio con vistas a un enriquecimiento común.

Las Iglesias orientales que han llegado a la plena comunión con esta Iglesia de Roma quisieron ser una manifestación de esa solicitud, expresada según el grado de maduración de la conciencia eclesial en ese tiempo. Al entrar en la comunión católica, de ninguna manera deseaban renegar de la fidelidad a su tradición, que han testimoniado a lo largo de los siglos con heroísmo y a menudo pagándola con sangre. Y aunque, a veces, en sus relaciones con las Iglesias ortodoxas, se han producido malentendidos y claros contrastes, todos sabemos que hemos de invocar incesantemente la divina misericordia y un corazón nuevo, capaz de reconciliación, por encima de cualquier agravio sufrido o provocado.


En varias ocasiones se ha reafirmado que la unión plena de las Iglesias orientales católicas con la Iglesia de Roma, ya realizada, no debe implicar que ellas sufran una disminución en la conciencia de su propia autenticidad y originalidad. Y, en caso de que se hubiera producido, el Concilio Vaticano II las ha invitado a redescubrir plenamente su identidad, dado que «gozan del derecho y tienen el deber de regirse según sus respectivas disciplinas peculiares, por estar recomendadas por su venerable antigüedad, ser más adecuadas a las costumbres de los fieles y parecer más aptas para procurar el bien de las almas». Estas Iglesias sufren en carne propia una dramática laceración porque no pueden llegar aún a una total comunión con las Iglesias orientales ortodoxas, con las que comparten el patrimonio de sus padres. Una conversión constante y común es indispensable para que avancen de forma resuelta y ágil hacia la comprensión recíproca. Y también necesita conversión la Iglesia latina, para que respete y valore plenamente la dignidad de los Orientales y acoja con gratitud los tesoros espirituales de los que son portadoras las Iglesias orientales católicas en beneficio de toda la comunión católica; para que muestre concretamente, mucho más que en el pasado, cuánto estima y admira al Oriente cristiano y cuán esencial considera su aportación a fin de que se viva plenamente la universalidad de la Iglesia."

Las Iglesias Católicas Orientales tienen un código de derecho canónico propio (Código de los Cánones de las Iglesias Orientales o Codex Canonum Ecclesiarum Orientalium, CCEO), y en el mismo se da una definición muy precisa de "rito" como un patrimonio litúrgico, teológico, espiritual y disciplinar, distinto por cultura y circunstancias históricas de los pueblos, que se expresa en un modo de vivir la fe que es propio de cada Iglesia sui iuris. Nociones de "rito", "iglesias sui iuris",  derecho canónico oriental, clasificación o división de las Iglesias Católicas Orientales, iremos compartiendo en esta serie de post y en las próximas publicaciones de Teóforos.

Las Iglesias Católicas Orientales 


Es sabido que en la Iglesia existen diversos ritos. Por ritos se pueden entender dos realidades: por un lado un rito es un conjunto de tradiciones litúrgicas, y por otro se habla de ritos en sentido jurídico.

En el sentido litúrgico, en la Iglesia hay dos grandes familias de ritos, los occidentales y los orientales. Entre los ritos occidentales se encuentran el romano, el milanés o ambrosiano y el visigodo o mozárabe o hispánico. Históricamente se pueden citar más ritos, pero estos son los que han llegado a nuestros días. Y entre los orientales se enumeran cinco: el alejandrino, el antioqueno, el armenio, el caldeo y el constantinopolitano o bizantino. Obsérvese que entre estos ritos se encuentran los de los tres grandes Patriarcados de la antigüedad: el de Alejandría, el de Antioquía y el de Constantinopla.

En derecho canónico se habla de Iglesias rituales o autónomas (en latín sui iuris), para referirse a las Iglesias particulares, en comunión con el Romano Pontífice, que tienen una organización propia, con una disciplina y un derecho propios, y que responden a tradiciones espirituales y litúrgicas propias. El Código de los Cánones de las Iglesias Orientales (Codex Canonum Ecclesiarum Orientalium, en adelante CCEO), en el canon 27, las define como “la agrupación de fieles cristianos unidos a la jerarquía, que la suprema autoridad de la Iglesia reconoce expresa o tácitamente como sui iuris”.

El hecho de que se reconozca una Iglesia sui iuris se debe a que estas Iglesias particulares se engarzan en uno de los cinco ritos orientales. Profundas razones históricas llevan a considerar y respetar el patrimonio espiritual de cada una de ellas. Todas ellas son tributarias del patrimonio espiritual de uno de los Patriarcados de la antigüedad mencionados, o de otras venerables tradiciones. En el caso de Armenia, esta nación recibió la fe cristiana antes del siglo III, considerándose el primer Estado que se puede llamar cristiano. Y los cristianos de Caldea pueden remontar sus antecedentes en la fe casi a los Apóstoles.

Con el paso de los siglos se formaron esas tradiciones homogéneas que derivaron en la constitución de liturgias propias y Patriarcados autónomos. Aunque hubo cismas y herejías que rompieron la unidad de la Iglesia, hubo cristianos de esas tradiciones que volvieron a la comunión con el Romano Pontífice. Para poder respetar su rico patrimonio espiritual se constituyeron en Iglesias sui iuris. A veces a estos católicos se les ha llamado uniatas, o uniatos, pero este término se considera peyorativo, de modo que tiende a abandonarse su uso. La Iglesia maronita es excepción en este devenir histórico: es la única Iglesia oriental católica que siempre ha estado en comunión con el Romano Pontífice, y además no tiene una Iglesia equivalente que se haya separado de la sede de Pedro.




División de las Iglesias Orientales Católicas

De lo que se lleva dicho, se puede ver cuál es el sentido que aquí hemos llamado jurídico del rito. El canon 28 §1 CCEO define rito como “el patrimonio litúrgico, teológico, espiritual y disciplinar, distinto por la cultura y circunstancias históricas de pueblos, que se expresa en un modo de vivir la fe que es propio de cada una de las Iglesias autónomas”.


Ya se ha dicho que existen cinco tradiciones litúrgicas, de gran tradición y riqueza. En cada una de ellas se pueden encontrar diversas Iglesias sui iuris, es decir, Iglesias que manteniendo plena autonomía jurisdiccional, son herederas de la misma tradición litúrgica. El rito, pues, es común a varias Iglesias autónomas. La excepción es la Iglesia armena, que es la única Iglesia católica autónoma que responde a este rito.

Dada esta riqueza litúrgica y disciplinar, estos fieles nunca han estado sometidos al derecho latino. Ya se ha indicado que forma parte del rito la tradición disciplinar, que es distinta para cada una de las Iglesias rituales. El Código de Derecho Canónico, en su canon 1, previene que sólo está en vigor para la Iglesia latina. No es una norma innovadora: ya estaba presente en el Código de 1917, y esta norma recoge también una norma antigua: desde siempre ha habido dos derechos en la Iglesia, el latino y el oriental.

El CCEO divide a las Iglesias Católicas Orientales en cuatro categorías:

Iglesias patriarcales: aquella cuyo Sínodo patriarcal tiene derecho a elegir a su propio Patriarca. Éste solicita la comunión eclesiástica al Papa. El Sínodo además tiene competencias para elegir a los obispos de las eparquías (o diócesis, usando la terminología latina) con el consentimiento del Papa, y también puede erigir eparquías en su territorio. Hay seis Iglesias patriarcales: la caldea, la amenia, la copta, la siria, la maronita y la melquita.



Iglesias Arzobispales mayores: El Sínodo elige al Arzobispo mayor, pero -a diferencia de los patriarcas- debe ser confirmado por el Papa antes de ser entronizado. Son cuatro: la Iglesia greco-católica ucraniana, la Iglesia greco-católica rumana, la Iglesia siro-malabar y la Iglesia siro-malankar.



Iglesias metropolitanas autónomas o sui iuris: Los metropolitanos son designados por el Papa de una lista de tres o más candidatos enviados a Roma por el Concilio de Obispos. Son dos: la Etíope y la Iglesia Católica bizantina en América.

Iglesias orientales autónomas o sui iuris: Son las demás. Algunas tienen jerarquía formada por una o más eparquías. No tienen sínodo ni concilio. En ellas, el Papa elige directamente a los Obispos. Otras no tienen jerarquía; son comunidades católicas del Este que, tras la etapa comunista, aún no han normalizado su jerarquía y no cuentan con pastor propios. Son las comunidades greco-católicas de Albania, la de Rusia y la de Bielorrusia.



El derecho canónico oriental

Para las Iglesias orientales se inició la codificación una vez terminada la latina, en el año 1929. Pero por diversos motivos, se fue dilatando. Después de 1945 se promulgaron diversas partes del Código oriental: el derecho matrimonial, el derecho procesal y otras. Después del Concilio Vaticano II se inició una nueva codificación, tanto latina como oriental. En el caso de los orientales el 18 de octubre de 1990, con la Constitución Apostólica Sacri Canones, el Papa Juan Pablo II promulgó el vigente CCEO.

El CCEO, en su canon 1, indica que sus cánones se refieren sólo a las Iglesias católicas orientales. Es una norma paralela a la del Código latino, también en su canon 1º. Y es que, aunque -como es lógico- responde a la misma fe y a la unidad sustancial de la Iglesia de régimen y sacramentos, entre ambas partes hay una variedad que forma parte de la belleza de la iglesia que Cristo fundó. Porque el Señor quiso que en la Iglesia haya unidad, pero no uniformidad. La variedad de los fieles cristianos se refiere también a la tradición espiritual en la que cada uno nacemos y desarrollamos y vivimos nuestra fe. Por eso, es una gran contribución a la unidad de la Iglesia que orientales y latinos conozcamos mutuamente nuestras tradiciones y las respetemos y amemos.



Desde el punto de vista organizativo, las Iglesias Orientales Católicas dependen de la Congregación para las Iglesias Orientales. Esta Congregación fue creada en1862 como sección de la Congregación de propaganda fide, para elevarse en 1917 a la categoría de Sagrada Congregación. El artículo 58 § 1 de la Constitución Apostólica Pastor Bonus determina las competencias de la Congregación para las Iglesias Orientales. Este es su tenor literal:

Artículo 58 § 1: La competencia de esta Congregación se extiende a todas las cuestiones que son propias de las Iglesias orientales y que han de remitirse a la Sede Apostólica, tanto sobre la estructura y ordenación de las Iglesias, como sobre el ejercicio de las funciones de enseñar, santificar y gobernar, así como sobre las personas, su estado, sus derechos y obligaciones. Ella se ocupa también de todo lo prescrito en los artículos 31 y 32 sobre las relaciones quinquenales y las visitas "ad Limina".

El párrafo 2º del mismo artículo deja a salvo de sus respectivos Dicasterios las competencias de las Congregaciones de la Doctrina de la Fe y de las Causas de los Santos, de la Penitenciaria Apostólica, del Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica y del Tribunal de la Rota Romana, además de la competencia sobre el matrimonio rato y no consumado de la Congregación del Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Como se ve, a pesar de las salvedades, son criterios de atribución de competencias de gran amplitud.




Fuentes consultadas: 



viernes, 10 de junio de 2011

Pentecostés: Descenso del Espíritu Santo, es la Fiesta de la Santísima Trinidad


por Hieromonje Diego (Flamini)




¡Rey Celestial, Consolador,* Espíritu de la Verdad,* que estás en todo lugar y todo
lo llenas.* Tesoro de Bienes y Dador de Vida,* ven y habita en nosotros,
* y purifica, Oh Bueno, nuestras almas!



Esta gran solemnidad de la Iglesia tiene un inmenso significado para los cristianos: de acuerdo a lo que relatan las Sagradas Escrituras, con el descenso del Espíritu Santo - Dios - nace la Iglesia, Cuerpo de Cristo, construida sobre la Roca que es Cristo, y edificada por el Espíritu Santo. Ahora bien, para los cristianos, celebrar los misterios de Dios, no significa sólo recordarlos, o meditar en ellos, lo cual es bueno, sino que por medio de la Liturgia, esos misterios se hacen presentes ante nosotros, renovando para nuestro beneficio la presentación, la aparición de lo que se celebra delante de los que asistimos con el corazón arrepentido, gozoso, y con fe.

En nuestra tradición bizantina, cuando celebramos el descenso del Espíritu Santo, vemos revelada a la Trinidad Santa por completo: Cristo, Nuestro Dios, nos había prometido que enviaría a otro Abogado delante del Padre. El Espíritu Bueno y Dador de Vida es, al decir de los Santos Padres, el Alma de la Iglesia, Cuerpo de Cristo; es el Alma de nuestra alma y Dador generosísimo de todo lo que poseemos.

Vemos al ícono de la Santísima Trinidad, que recoge el relato del libro del Génesis, sobre la visita de los Tres Enviados que se presentaron ante Abraham y Sara, que sentados a la Mesa, comparten un cordero como alimento…Miramos otra vez, y comprendemos la invitación, ya no de Abraham y Sara, sino de los Tres que dialogan suavemente entre sí:

“Ved a los hombres – dice el Padre- hambrientos y sedientos de Nuestro Amor Verdadero”

“Padre, déjame ir a buscarlos – dice el Hijo, sentado en medio de los Dos – yo los llamaré vestido como ellos, y no tendrán miedo. Los rescataré con mi brazo fuerte. Mi regazo está lleno de tu Amor: los lavaré y los presentaré ante ti. No me apena alejarme de este Banquete, Oh Luz sin principio ni fin, porque Tú estás en Mí: volveré y beberé la Copa contigo”

“Déjame ir a Mí – dice el Espíritu – seré todo en todos, para que te confiesen en unidad. Gemiré desde ellos hacia Ti, y así serán según nuestro Amor, consustancial e indivisible. ¡Sea ésta la fuerza de los hombres bienaventurados!”

“Bien, salid, Amados de mi Amor, sea vuestra Voluntad, que es la Mía”

El Hijo, sin alejarse del Padre, viene a nosotros y nos dice:


“Yo soy la Palabra del Padre, el Verbo de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero: me ves en el centro porque soy Aquel en cuyas manos todo fue puesto. Estoy a la mesa como el que sirve, y lo que te ofrezco es mi Cuerpo y mi Sangre, mi corazón crucificado y resucitado ¿quieres comer de este manjar? Lava tus manos de sus malas obras, vístete de fiesta y de nuestra Gracia, para que no te avergüences al sentarte con nosotros, y que no acabes fuera del Banquete… Apresúrate, no tardes, que la Cena está servida: descálzate de tus pasos errados y ponte las sandalias del perdón, para que tu senda hasta la Mesa se aligere a cada paso; Ilumina tus pasos con la lámpara del Temor divino, así tendrás esperanza aún cuando pudieres tropezar. Ya mismo levántate, ponte la Túnica de la humildad, para que ninguna espina te enzarce en el recorrido”.

“¿Ves a mi Padre?¿Lo conoces? Mi Rostro está vuelto hacia Él sin cesar, y no puedo ni quiero dejar de contemplarlo. Yo soy todo lo que es Él, soy la Palabra salida de Él, que es la Boca, y vuelta hacia Él como Alabanza eterna…para esto he bajado hasta ti, para que vengas Conmigo hasta Él, lo mires sin cesar y encuentres en sus ojos Casa y Alimento, Lumbre y Vestido”.

“¿Ves al Espíritu Santo? Él también salió del Padre, es el Aliento, y todo lo que es mío, también es del Espíritu, Dios verdadero. Todo lo que Él toca, cobra Vida: deja que entre hasta la médula de tus huesos, y serás una nueva creatura, por nuestra triple Bondad: Cree en nosotros, y abre de par en par tus puertas. ¡corre hacia mis brazos, pequeño, imagen mía, y gózate en nuestra mutua semejanza eterna!”

¡Oh Tres que sois Uno, entrad a mi pobre morada desprovista de bienes y dadme la Vida!

¡Oh Uno que eres Tres, apiádate de mí, sálvame y llévame al Banquete de tu Luz!. (*)


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Este domingo próximo celebramos en el rito bizantino Pentecostés Fiesta de la Santísima Trinidad. (el icono que se venera en esta fiesta es el icono de la Santísima Trinidad)

 La particularidad del Servicio en el día de Pentecostés, es la lectura de rodillas (genuflexiones) de las oraciones especiales, escritas por San Basilio el Grande. Estas oraciones se leen durante el Servicio Vespertino, que se oficia luego de la Divina Liturgia.

 El lunes siguiente es llamado Lunes de Pentecostés Día del Espíritu Santo. 



Oración al Espíritu Santo: Rey Celestial, Consolador, Espíritu de la Verdad, que estás en todo lugar y todo lo llenas. Tesoro de Bienes y Dador de Vida. Ven y mora en nosotros, y purifícanos de toda mancha, y salva, Oh Bueno, nuestras almas.

Молитва Святому Духу: Царю Небесный, Утешителю, Душе истины, Иже везде сый и вся исполняяй, Сокровище благих и жизни Подателю, прииди и вселися в ны, и очисти ны от всякия скверны, и спаси, Блаже, души наша. 








jueves, 2 de junio de 2011

Icono de la Ascensión del Señor

Hoy celebramos en el rito bizantino la Fiesta de la Ascensión del Señor y Dios y Salvador Nuestro Jesucristo.

Las lecturas de la Divina Liturgia correspondientes a esta fiesta son: 
Hch 1, 1-12
Lc 24, 36-53

Icono de la Ascensión - Novgorod

El icono de la Ascensión de Nuestro Señor es un icono de alegría pintado con colores brillantes.  Cristo se muestra ascendente en su gloria y bendice a la asamblea con su mano derecha.  En su mano izquierda se encuentra un pergamino como quien enseña. Este icono muestra que el Señor en el cielo es la fuente de bendición y fuente de conocimiento; y que su enseñanza y mensaje está en la Iglesia. Por eso da su bendición y se orienta hacia aquellos discípulos a quienes Él ha confiado su misión.

La Theotokos (Madre de Dios) ocupa un lugar muy especial en este icono.  Ella está en el centro, inmediatamente debajo del ascendente Cristo.  El gesto de sus manos es el gesto de estar en oración y es claramente expuesta por la blancura de la ropa de los ángeles. La Theotokos es representada en una pose muy tranquila.  Se trata de desplazarse, de hablar el uno al otro en una búsqueda apuntando hacia el cielo.  Todo el grupo: La Theotokos y los discípulos representan a la Iglesia.

El icono de la Ascensión representando a la Iglesia toda incluye también a algunos que son testigos de la Ascensión. Por eso San Pablo aparece a la izquierda de la Theotokos, pero sabemos que él no estuvo presente en la Ascensión y, más aún, en ese momento todavía no cree en Jesús. Pero luego se convierte y fue uno de los más grandes apóstoles y misioneros de la Iglesia.

El icono expresa la soberanía de Cristo en su Iglesia, Él es el jefe, el guía, su fuente de inspiración y de enseñanza. Y ella (la Iglesia) recibe el ministerio de Su misión que cumple con el poder del Espíritu Santo.


Y así en el Himno de esta fiesta rezamos:

Tropario:
 
Te adoramos, Oh Cristo Dios nuestro, que ascendiste en Tu Gloria y alegraste los discípulos por la promesa del Espíritu Santo. Tu bendición les aseguró que Tú eres el Hijo de Dios, el Redentor del mundo.

Kondakio: 
Oh Cristo nuestro Dios, el cumplimiento de Tu Misión Redentora por nuestra causa te elevó en gloria, uniendo lo terrenal con lo celestial. Pero Tu nunca te has separado, sigues siendo inseparable y dices a los que te amamos: "Yo estoy contigo por siempre".
  

martes, 19 de abril de 2011

Comentario a la Oración de San Efrén, parte III

La humildad es el fundamento y la cima de las virtudes, invisibles a nuestros ojos. Es una especie de sensibilidad de todo el ser hacia la resurrección.

Aunque nada podamos saber de la inasequible humildad, podemos aprender mucho de la paciencia ante las humillaciones. Lo que buscamos en la abstinencia, lo hallaremos en la paciencia ante las inevitables vicisitudes y tragedias de la existencia, como dicen los monjes a los que permanecen en el mundo. La paciencia es, en efecto, un monacato interiorizado. Por lo tanto lo contrario del abatimiento que con tanta frecuencia procede del deseo, en cierto modo adolescente, de tenerlo todo lo antes posible (la paciencia condujo a Teresa de Lisieux a transfigurar esa impaciencia en exigencia de santidad). La paciencia confía en el tiempo. No sólo en el tiempo ordinario en el que la muerte tiene la última palabra, en el tiempo que desgasta, separa y destruye, sino también en el tiempo mezclado de eternidad que nos ofrece la Resurrección. El tiempo que conduce a la muerte es el de la angustia; el tiempo que conduce a la resurrección de la esperanza. De este modo, la paciencia está atenta a las maduraciones a veces paradójicas como la del grano que muere para dar fruto abundante. Sabe, en efecto, que las experiencias de muerte pueden convertirse en etapas, casi rupturas de nievel iniciáticas, que nos lanzan al pie de la cruz vivificante y hacen rebrotar en nosotros el agua viva del bautismo. Cuando parece que Dios se retira, cuando la mirada del otro me petrifica o se petrifica en la muerte, cuando se vienen abajo las esperanzas personales y colectivas, la paciencia confía. Está próxima a la caridad de la cual San Pablo nos dice que "Todo, lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta" (1Co 13,7).
Los padres evocaron con frecuencia la "paciencia de Job"; Dostoiesvky y Berdiaev, evocaron también la rebelión, no en el vacío sino en una especie de fe. Job rechaza las amables teodiceas de los teólogos de salón, pero sabe que Alguien le busca a través de la experiencia misma del mal.
El poeta tiene razón:

"Cada átomo de silencio
es una oportunidad
de un fruto maduro".

Y todo culmina en el "amor" que es la síntesis de todas las "virtudes", cuya esencia es Cristo. Liberarse por medio de la paciencia y de la esperanza, de las "pasiones" impacientes y desesperadas, permite adquirir poco a poco la apatheia, que no es la impasibilidad estoica, sino la libertad interior y la participación del "amor loco" de Dios en sus criaturas.
Simeón el Nuevo Teólogo decía del hombre que se santifica que se convierte en "un pobre lleno de amor fraterno". Pobre, porque se desprende de sus papeles, de su importancia social (o eclesiástica), de sus personajes neuróticos, porque se abre simultaneamente a Dios y a los demás, sin separar oración y servicio. Entonces es cuando puede discernir la persona del prójimo, bajo las máscaras de fealdad y pecado, como lo hace Jesús en los evangelios, y así pacificar a quienes se odian y quisieran destruir el mundo.
La escena del juicio en el capítulo 25 de San Mateo, muestra que el ejercicio del amor activo -alimentar, acoger, vestir, albergar, curar, poner en libertad- no tiene necesidad alguna de hacer ondear la bandera de Dios, pues el hombre es para el hombre un sacramento de Cristo, "hombre-máximo". Un sacramento secreto y concreto.
Abba Antonio añade: "La vida y la muerte dependen de nuestro prójimo. En efecto, si nos ganamos a nuestro hermano, nos ganamos a Dios. Pero si escandalizamos a nuestro hermano, pecamos contra Cristo".
Isaac el Sirio decía: "Hermano, esto es lo que te mando: Que el peso de la compasión incline en ti la balanza hasta que experimentes en tu corazón la misma compasión que Dios siente por el mundo".


Señor Rey, concédeme poder ver mis pecados y no juzgar a mi hermano, porque tú eres bendito por los siglos de los siglos, amén.


La última petición, denuncia y desenmascara una de las formas horribles del pecado, en el plano personal y en el colectivo: justificarse condenando , odiar, despreciar, descalificar con la buena conciencia del justo.
"Ver los propios pecados" obedece a la primera exhortación del Evangelio: "Arrepentíos porque ha llegado el Reino de Dios". Es cierto que con la aparición de la luz, las tinieblas se alejan de nosotros. El hombre que se descubre de esta manera, cuya inteligencia y corazón -identificados con la Biblia- se convierten , reconoce su error, la pérdida a la cual ha arrastrado a otros, la nada que le acecha,; incluso comienza a apoderarse de él, el abismo sobre el que ha lanzado unos tablones ridículos y rotos. Esta es la parte positiva del "recuerdo de la muerte" del que hablan los ascetas: poner al desnudo la angustia fundamental que rechazamos y que se manifiesta en el odio al hermano, en la frenética necesidad de juzgarle y en definitiva de condenarle. Pero si el "recuerdo de la muerte" se ve atravesado no ya por el ridículo sino por la fe, ésta descubre, de manera aún más profunda, a Cristo, el pecado, la muerte. No me siento juzgado, sino salvado, ya no juzagaré, sino que salvaré.

"Ver los propios pecados" no quiere decir contabilizar transgresiones sino sentirse asfixiado, ahogado, perdido y gesticular en vano por esa pérdida, traicionar al amor, burlándose de tanto como se desprecia. Es asfixiarse en las aguas de la muerte para que se conviertan en bautismales. Morir en Cristo para renacer con su aliento y hacer pie en la casa del Padre. "Vale más ver los propios pecados que resucitar a los muertos" dice un viejo adagio. Porque ver los propios pecados significa pasar por la más dura de las muertes, mientras que después del renacer "bautismal", la vida se multiplica sin que nos demos cuenta, porque nos convertimos en "pacificadores" de la existencia. Aunque sea preciso "verter la sangre del corazón", como decía el starets Silvano del Monte Athos, para zarandear ciertas negaciones, resquebrajar la piedra de algunos corazones y poder implorar la salvación universal.

Quien ve los propios pecados y no juzga a su hermano llega a ser capaz de amar de verdad. El hombre hecho a imagen de Dios, es secreto y amor, pero ese amor puede convertirse en odio. Respeto el secreto, no espero nada a cambio. Obtener el amor, es pura gracia.
Entonces hay que bendecir, intentando ser no un hombre de posesión -que posee y que es poseído-, sino alguien que hace el bien. Reciprocidad de la bendición es bendecir sin límites a Dios que nos bendice, bendecirlo todo en su luz, sin olvidar que la bendición, para que no se quede en "palabras vanas", ha de ir acompañada de buenas obras. Hay que hacer operante la bendición recibida en el fondo de uno mismo, someterse para siempre para que pueda crecer, para que se convierta en bendición.

La oración de San Efrén sugiere de manera clara lo que es la ascesis: ayunar, pero no tan sólo de alimento corporal, sino también de lo que embota el alma, para que no vivamos solamente de pan (de imágenes, de ruido, de excitaciones) sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Ayunar de las pasiones, del deseo de dominar y de condenar para alcanzar la libertad de la que nos habla San Juan Clímaco: "Sé rey en tu corazón, reina en las alturas de la humildad, diciendo a la risa: ven, y que venga; a las dulces lágrimas: venid y que vengan, y al cuerpo, servidor en lugar de tirano: haz esto, y que lo haga".




Notas:
Extraído de "Unidos en la oración". Olivier Clément. Ed. Narcea.



jueves, 7 de abril de 2011

Comentario a la Oración de San Efrén, parte II



"Aleja de mí el espíritu de pereza y de abatimiento, de dominio y de palabras vanas".

Hay un camino. Tú eres el camino. Pero hay obstáculos en ese camino que definen nuestra fundamental condición de pecado, esa que Jesús recordó a los que querían lapidar a la mujer adúltera.
La "pereza" no es la clinofilia d'Oblomov, la de las mañanas de vacaciones sino que significa el olvido, del que los ascetas dicen que es el "gigante del pecado". El olvido es la incapacidad de sorprenderse, de maravillarse, de ver. El no-despertar, una especie de sonambulismo, tanto el de la agitación como el de la inercia, sin otro criterio que el de la utilidad, la rentabilidad, la relación calidad precio. Es el ruido interior y exterior, que para unos será la agenda demasiado llena en la que cada momento se engrana con el siguiente y para otros, la agenda demasiado vacía, la violencia y las drogas blandas o duras. Es el no comprender que el otro existe de manera tan interior como yo, no pararse por nada, ni ante la emoción de una música o de una rosa y no dar gracias por nada porque tengo derecho a todo. Ignorar que todo se enraíza en el misterio y que el misterio habita en mí. Olvidara Dios y a la creación de Dios. No saberse aceptar como una criatura que tiene un destino infinito. Olvidar la muerte  y el posible sentido más allá de esa muerte; es una neurosis espiritual que nada tiene que ver con la sexualidad -que se convierte en un medio para olvidar- sino con el rechazo a la "luz de la vida" que da sentido al otro, al mínimo grano de polvo, a mí mismo.

Este olvido, que llega a ser colectivo, abre los caminos del horror. Entonces decimos que Dios no existe, se acentúa nuestra neurosis y los ángeles perversos de la nada invaden el escenario de la historia. Señor y dueño de mi vida, despiértame.
Esa "pereza", esa anestesia del todo el ser, su insensibilidad, la cerrazón del corazón, la exasperación del sexo, del intelecto, conduce al "abatimiento", a lo que los ascetas denominan "acedia", al hastío de la vida y a la desesperanza. ¿Para qué hacer nada?. Se da entonces la fascinación del suicidio, la burla universal. Estoy de vuelta de todo, todo me da igual, heme aquí cínico o adormecido. Muy viejo y sin espíritu de infancia.
También se puede poner los pies en polvorosa y huir con el espíritu de "dominio" y de las "palabras vanas". Necesitamos esclavos y enemigos, los inventamos, podemos incluso sacralizarlos, como lo mostró René Girard. Dominar es sentirse dios, tener enemigos es hacerlos responsables de la propia angustia. Torturar a otro, porque siempre es el que tiene la culpa, violar su cuerpo y quizás violar también su alma, tenerlo a nuestra merced, al borde del aniquilamiento, pero sin permitirle escapar con la muerte, es hacer la experiencia de una especie de omnipotencia, casi divina. En él, me odio como ser mortal. Pisotéandole, pisoteo mi propia muerte. Hemos conocido a reyes-dioses y a tiranos  divinizados, en el ejercicio del poder se rodea de una aureola de sacralidad a la cual las naturalezas "feminoides", como las llamaba Proudhon, son particularmente sensibles.

Por eso los primeros cristianos, se negaban a decir al precio de su vida, que el César era Señor. Sólo Dios es Señor. Otros cristianos, en nuestro siglo, se han negado a adorar la raza o la clase y lo han pagado caro. Al recordar que hay que dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César, Cristo exorcizó la sacralidad del dominio. A través de los siglos, los cristianos no siempre lo han hecho; por ejemplo, santificaron un emperador que había matado a su hijo y a su mujer, porque creían que había puesto el domino al servicio de Dios. Tenemos la esperanza, realizada a veces, de que un poder se convierte en servicio. Ilusión costosa casi siempre.

¿Hasta qué punto está contaminada la misma Iglesia por el espíritu de dominio?.
En cuanto a las "palabras vanas", -la expresión es evangélica-, designan cualquier ejercicio del pensamiento y de la imaginación que se substrae del silencio, al asombro y a la angustia de ser, al misterio. Conciernen a cualquier aproximación al hombre que intenta explicarlo o reducirlo, ingnorando en él lo inexplicable y lo irreductible, y a toda  aproximación a la creación que desprecie sus ritmos y su belleza. Apropiación y no emoción. Fantasmas de un arte que ya no quiere ser nupcial.

Pertenecemos a una civilización de "palabras vanas", de imágenes vanas, en la que necesidades hipertrofiadas, piratean de deseo, en la que el dinero modela los sueños, en la que la publicidad se convierte en lo opuesto a la ascesis, que es la disminución voluntaria de las necesidades para compartir y dejar libre el deseo. Sin embargo, en espera de una palabra de vida, calibrando su peso de silencio y de muerte desenmascarada, hay una palabra de resurrección.

"Concédeme a mí tu siervo, espíritu de castidad, de humildad, de paciencia y de amor".

En cada petición, nos reconocemos "siervos", criaturas creadas de nuevo por un Soplo que asciende de lo más profundo de nosotros mismos. La oración no es una simple meditación; es encuentro, entrada en relación, "conversación", decían los antiguos monjes. Porque Dios nos habla a través de la Escritura, de los seres y de las cosas, de las situaciones de nuestra existencia y a través de su presencia con palabras de silencio, llenas de dulzura, toques de fuego en el corazón (y no palabrería inventada, impúdica e ilusoria). Sólo una oración así puede romper el círculo mágico de la filautía, del narcisismo metafísico, del espíritu de "dominio" y de suficiencia. Las "virtudes" que enumera la oración y que coexisten para unirse, se enraízan así en la fe. En ésta perspectiva, la "virtud" no es simplemente moral, sino que participa de la humanidad de Cristo, humanidad deificada donde las virtualidades de lo humano están plenamente realizadas por la unión con los nombres que reflejan. 

Castidad está lejos de designar sólo la continencia, como desearía una acepción moralizadora y encogida; más bien evoca integración e integridad. El hombre casto no vive dislocado, arrastrado como una paja por las olas de un eros impersonal. El monje para quien la castidad significa continencia (aunque no toda continencia sea casta), consume su eros en el ágape, en el encuentro del Dios Vivo, infinitamente personal, en la inagotable admiración -primero dolor luego asombro- hacia el Crucificado vencedor de la muerte. A partir de ese momento puede encontrarse con los demás con una atención desinteresada, anciano-niño, "bello anciano" atraído por la no-separación crística. 
La castidad para el hombre y la mujer que se aman con un amor noble y fiel es en Cristo unido a su Iglesia, en Dios que se desposa con la humanidad y con la tierra, a la luz de la uni-diversidad trinitaria, la transformación, -agápica también- de eros en un encuentro, en expresión de ternura y en recíproco descubrimiento. El niño, pequeño huésped desconocido, o el huésped inesperado o demasiado conocido, surgen siempre a tiempo para impedir que la pasión se encierre en ella misma en una parodia de absoluto.

Casta es una palabra, un pensamiento, una expresión que atraviesa, con toda franqueza y realismo la pureza fundamental, el respeto de los cuerpos, la unión de la vida en un misterio que la pacifica y unifica. La Biblia vomita el éxtasis impersonal de la prostitución sagrada;  en el "Cantar de los cantares" pone el acento en un encuentro deseado, perdido, encontrado, porque Dios es el "siempre buscado" decía Gregorio de Nisa, a partir de una humilde fidelidad, ya que Dios es el siempre fiel.

La "humildad" inscribe la fe en la existencia cotidiana. No poseo nada que no me haya sido dado. Precario, con frecuencia a punto de romperse, el hilo de mi existencia sólo se aguanta y se consolida gracias a la extraña voluntad de Otro. La humildad "es un don del mismo Dios y un don que procede de Él", dice San Juan Clímaco, "porque se dijo: aprended, no de un ángel ni de un hombre, sino de mí -de mí permaneciendo en vosotros, de iluminación y de mi actuación en vosotros- que soy manso y humilde de corazón, de pensamiento y de espíritu y vuestras almas encontrarán la paz en sus combates y el descanso de su pensamientos". Humilde es el publicano de la parábola que no pretende la virtud, él, el "colaborador" despreciado, y sólo cuenta con la misericordia de Dios; mientras que el fariseo, demasiado perfecto, seguro de él mismo, orgulloso de su virtud, no tiene sitio para él y para Dios en el mundo: él lo ocupa todo. El hombre humilde, al contrario, hace sitio, se abre a la gratuidad de la salvación, la acoge agradecido revistiendo su corazón con un vestido de fiesta.

Humildad -humus: no destrucción, sino fecundidad. La humildad es activa, labra la tierra, la prepara para que produzca el ciento por uno cuando haya pasado el Sembrador.

La humildad es una virtud que se ve en los demás, pero que es imposible de descubrir en uno mismo. Quien diga: soy humilde, será un pobre vanidoso. Se llega a ser humilde sin pretenderlo, por medio de la obediencia, el desprendimiento, el respeto del misterio en su gratuidad, la apertura, en definitiva, a la gracia.  Sobre todo, por el "temor de Dios", que no es el terror del esclavo ante un amo que castiga, sino el miedo inesperado a perder la vida en la ilusión, en la potencia del yo, en la ampulosidad de la nada de las "pasiones". El "temor de Dios" nos hace humildes, nos libra del temor del mundo -soy libre porque ya no tengo nada, dice un personaje del Primer Círculo de Soljenitsyn-, se transforma poco a poco en ese temor maravillado que proporciona todo gran amor. La humildad se expresa en la capacidad de atención a los demás, a las vetas de madera, al escorpión que encontramos en el peldaño de la escalera, incluso a esa nube efímera en un instante tan bello. La humildad permite la atención, la capacidad de "ver los secretos de la Gloria de Dios ocultos en los seres".


(continúa en próximo post)




Notas:
Extraído de "Unidos en la oración". Olivier Clément. Ed. Narcea.