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viernes, 6 de junio de 2014

La Paloma y el Cordero. Meditación sobre Cristo y el Espíritu


por Lev Guillet


San Juan Bautista y el Cordero de Dios (Rusia, siglo IXX)


Juan vio a Jesús que venía hacia él y dijo: Helo aquí al Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo (Jn 1,19).


Y Juan dio testimonio diciendo: he visto al Espíritu descender del cielo como una paloma y reposar sobre Él (Jn. 1, 32).


Juan Bautista ha venido para dar testimonio. Él ha sido el testigo por excelencia. Esto lo recibió de Jesús: “Él ha venido para llevar testimonio de la Luz” (Jn. 1,7). Mas el lo ha sido también y sobre todo del Espíritu, él que había sido “lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre” (Lc. 1,15). El mismo hombre que ha anunciado a sus discípulos el Cordero de Dios, ha visto la Paloma descender sobre el Mesías. No se puede separar los dos términos de este testimonio. Juan ha sido el heraldo de esta dupla divina: la Paloma y el Cordero. Él ha sido el mensajero del ministerio conjunto del Espíritu y del Verbo.

Este ministerio conjunto, esta acción inseparable la ejercieron desde los orígenes de la creación. El libro del Génesis nos muestra al Espíritu de Dios moviéndose sobre la superficie de las aguas (Gn. 1,2), es decir del caos primitivo. El verbo hebreo empleado sugiere la imagen de un ave que aletea. (Y, lo que sea el caos del mundo, lo que sea el caos de nuestra propia alma, una esperanza poderosa nos queda, porque el Espíritu no deja de “aletear” nuestras profundidades oscuras.) Por otra parte, el cuarto Evangelio declara que el Verbo –el pensamiento, la Palabra de Dios- es desde el comienzo con el Padre y que “todas las cosas han sido hechas por Él” (Jn. 1,3). Entonces, desde el comienzo de la obra divina, ésta se encuentra y queda ubicada bajo el signo de la Paloma y del Cordero, la una y la otra son las figuras de la dulzura y de la pureza. Él Espíritu derramado sobre el mundo lo envuelve con su calor y de su ternura, mientras que el Verbo aclara, determina, da forma.

La dupla “Paloma-Cordero” también nos es sugerida (aunque no veamos allí una profecía formal) por el sacrificio que José y María ofrecieron con ocasión de la presentación de Jesús en el Templo. Ellos podían ofrecer, o bien un Cordero, o bien un par de palomas (Lev. 12,8). Ellos ofrecieron unas tórtolas. Esta era la ofrenda del pobre. Mas también convenía que el sacrificio simbólico de un Cordero no tuviese lugar, allí donde el único Cordero de Dios, el verdadero Cordero pascual estaba presente. Allí la equivalencia de la Paloma y del Cordero se encuentra oscuramente manifestada.
Allí se encuentran sombras y figuras. Con Juan Bautista, la plena Luz se ha hecho. El recibe, expresa claramente el misterio de la Paloma y del Cordero. Él ha “visto” al Cordero caminando entre los hombres bajo la forma de Jesús. Y él proclama con certeza que él ha “visto” al Espíritu, semejante a una paloma, descender sobre el Salvador. Así se encuentra delineado el ideal de la piedad cristiana: “ver” al mismo tiempo al Cordero y la Paloma (y en su relación al Principio, que es el Padre). “Ver”: si no por los ojos del cuerpo, por lo menos por los ojos de la fe, de la oración y del amor. Obtener una visión, una experiencia personal de la distinción y de la unión del Cordero y de la Paloma.

Pero, ¿sucede así para nosotros?.

Para la mayor parte de nosotros, una experiencia tal se encuentra con dos grandes dificultades.

La primera de ellas es una actitud débil, incierta, dubitante, avergonzada -nos atrevemos a decir a tientas– a la vista del Espíritu Santo. Nosotros no diríamos jamás, como le dicen a Pablo los fieles de Éfeso: “Nosotros no hemos jamás oído decir que haya un Espíritu Santo” (Hch. 13,2). Nosotros hemos oído hablar mucho de Él. Y, a la pregunta de Pablo: “¿Habéis recibido el Espíritu Santo después que habéis creído?” (Hch. 19,2), podría ser que respondiéramos: “Hemos pasado por las fases –o por los ritos- de la iniciación cristiana completa”. Sin embargo, el Espíritu Santo se nos representa mucho como “una cosa cualquiera” vagamente. Nos es difícil de pensar en Él como una persona viviente, real. Siempre estamos tentados de representárnoslo como una fuerza impersonal, una energía, una potencia. Las mismas imágenes por las que la Escritura nos lo figuran quedan indefinidas, en cierta manera, demasiado etéreas. Él es soplo, llama, perfume, unción, una paloma que vuela y que se posa. 

Es todo esto, y no es ninguna de esas cosas. ¡Estas no son más que las apariencias, y lo son de un modo tan fugaz! ¡Él permanece indefinido, inaprehensible! ¡Qué contraste con el Yahvé del Antiguo Testamento que se hace ver, ya sea a través de intermediarios, y que habla a los hombres, o con el Jesús de nuestros Evangelios! ¿Cómo establecer entre el Espíritu y nosotros esta relación íntima en la que le podamos decir “tú”, y en la que nosotros lo escuchemos decirnos “tú”?

Imagen cristiana de las catacumbas romanas (Siglo III)

Otra dificultad, frecuente entre las almas más piadosas, puede provenir de nuestra misma adhesión a la persona de Jesús. Los que aman mucho a Jesús, los que se unen a Él con una actitud de familiaridad y de ternura, tienen el temor, y hasta cierto punto la impresión, de perderlo, o al menos de verlo alejarse, si ellos intentaran “inclinarse” hacia el Espíritu. El libro de los Hechos, el libro del Espíritu Santo, tiene la atmósfera propia de Él -la gloria de Pentecostés-, más esta no es exactamente la atmósfera de los Evangelios. El Cristo de Pentecostés no es exactamente parecido al Jesús de Galilea, a pesar de que permanezca idéntico. A los que han puesto al Dios hecho hombre en el centro de su meditación y de su oración, a los que tienen “aferrado” a Cristo, no les es nada fácil el orientarse hacia el Espíritu, de escuchar el sutil rocío que, día y noche, moja e impregna, sin que se vea caer del cielo ninguna gota.

Estas dos dificultades están conectadas. También lo están las soluciones. En cuanto más tomemos conciencia de la “personalidad” del Espíritu, más nos percataremos de la íntima relación que une la Paloma al Cordero. Y cuanto más penetremos en el amor recíproco del Cordero y la Paloma, más veremos al Espíritu afirmarse como una persona. Estas certezas son materia de Revelación. Mas nuestro esfuerzo personal puede contribuir a aclararlas. Podemos obtener esta puesta en Luz (en todo estado de causa muy imperfecta) por el intelecto ayudado por la gracia. Existen sin embargo otros caminos además de las de la especulación discursiva o del estudio histórico. La oración y el amor, se aplican a la à la Palabra revelada, tienen sus propias intuiciones. Retornemos entonces a la experiencia de Juan. Intentemos contemplar a este que él mismo ha visto. ¿Es posible que en esta contemplatio ad amorem, encontremos la solución a nuestras dificultades?

Juan vio al Espíritu descender del cielo como una paloma y posarse sobre Jesús. Este pasaje es de una importancia fundamental en esto que concierne a nuestra investigación. El movimiento del Espíritu –por aquel que él se manifiesta a los hombres- es un movimiento “hacia Jesús”, un movimiento orientado y dirigido hacia el Cordero. Si nosotros no nos atenemos firmemente a esta verdad primera y esencial, todo el resto resultará falseado. Nos encontraremos atrapados en el callejón ciego de un dualismo, de un paralelismo engañoso.

Desde ahora debemos rechazar, entonces, y de una manera radical, la quimera que ha extraviado tantas inteligencias que eran por otra parte nobles y piadosas. Nosotros no queremos hablar del desvarío de un “tercer reinado”, el reino de este Espíritu que reemplazaría a Jesús, un reinado final que sucedería al reinado del Padre. No existe ningún reinado del Espíritu independiente del “Reino de Dios”, que anuncia el Evangelio y del que Jesucristo es el dispensador. El Espíritu Santo, siendo más que un hacedor, siendo Él mismo todo acción y realización, constituye el instrumento de este reino; y el instrumento obra de un modo tan perfecto, que él coincide de un modo tan exacto con la obra, que el Espíritu mismo se identifica con el Reino. Mas Él de ningún modo ostenta su posesión. La oración con la que comienza la mayoría de los oficios del rito bizantino comienza así: “Rey del cielo, Consolador, Espíritu de la Verdad”. Sí, el Espíritu es Rey, mas su realeza consiste en inclinar a sus súbditos hacia aquel que ha dicho a Pilato: “Yo soy Rey” (Jn 19,37). La acción del Espíritu, su reino invisible sobre las almas, crea y manifiesta la Realeza del Verbo hecho carne.

Sin embargo, Jesús, antes de Pentecostés, ¿no ha dicho, pues: “es bueno para vosotros que yo me vaya, porque si yo no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros?” (Jn 16,7) Jesús debía irse, para que a su presencia visible y más restringida (ya que estaba localizada) le sucediera su presencia invisible y universal. Mas es el Espíritu que, antes y después de la Ascensión, nos hace presente a Jesús. Y es Jesús el que nos envía al Espíritu a tal efecto: “Si yo me voy, yo os lo enviaré” (Jn 16,7). El Padre envía la Paloma sobre el Cordero, y el Cordero envía sobre nosotros la Paloma, no para que pongamos la Paloma en lugar del Cordero, mas para que la Paloma nos “invoque” al Cordero. Y aquí “invocar” no tiene el sentido débil de “traer a la memoria”, sino el sentido fuerte de llamar de nuevo y eficazmente, de “hacer volver”. La acción propia de la Paloma, el ministerio del Espíritu a nuestro lado es de manifestar al Cordero, de develarnos al Cristo. Él, el Espíritu, que es por excelencia el invisible y el impalpable, ha por misión el volvernos a Jesús espiritualmente visible y tangible.

La Paloma no posee iniciativa independiente ni aislada. Jesús dice del Espíritu: “Él no hablará de su parte, sino que Él dirá todo lo que haya oído... él tomará de lo que es mío, y os lo anunciará” (Jn 16,13-14). Volveremos más adelante sobre las “palabras del Espíritu”. En este momento, nos fijaremos solamente que no existe otra revelación del Espíritu, que la revelación del Hijo. Lo que el Espíritu nos revela, o más aún al que el Espíritu nos revela, es a Jesús.

La Paloma desciende sobre el Cordero para mostrárnoslo. El Espíritu Santo despierta y aviva en nosotros el recuerdo de Jesús. Pero estas palabras son muy débiles. Él Espíritu nos pone a Jesús delante. Él alza ante nosotros la imagen, la Persona del Salvador. Él es el eco de la Palabra. Él es el resonador, el amplificador del Verbo de Dios.

Y como, nosotros mismos, no sabemos escuchar Jesús, el Espíritu “viene en ayuda de nuestra debilidad” (Rm. 8,26). Como no sabemos “orar como se debe”, Él mismo substituye nuestros balbuceos por sus propios suspiros, sus “gemidos inefables” (Rm. 8,26). Él es la fuente y la fuerza de todas nuestras aspiraciones hacia Jesús. Pablo lo declara: “Ningún hombre puede decir que Jesús es el Señor, si no es por el Espíritu Santo” (1 Cor. 12,3). Él se pone de alguna forma en nuestro lugar. Él mismo toma nuestro lugar. Es Él que nos hace decir “yo”, mientras que nos dirigimos a Jesús como a un “Tú”.

Se podría decir –pero sin tomar demasiado estos términos filosóficos- que el Espíritu, en tanto que se identifica con nosotros, por otra parte sin confusión de naturaleza, se hace el sujeto de nuestra vida de cristiano, el sujeto que desea y aspira, mientras que Jesús es el objeto, el modelo, el fin hacia el que tendemos inmediatamente (siendo el fin supremo el Padre).

¿Acaso esto es decir que Jesús nos sea más exterior que el Espíritu? ¡Acaso esto es decir que el Espíritu nos sea más interior que Jesús? No, Jesús y el Espíritu, aunque permaneciendo trascendentes con relación a nosotros, nos son igualmente interiores e íntimos. Mas existen diversas clases de interioridades. Por una parte, San Pablo nos dice: “Vosotros sois el Cuerpo de Cristo, y sois sus miembros” (1 Cor. 12,27). Por otra parte, también nos dice: “¿Acaso no sabéis que vuestro cuerpo es el templo del Espíritu Santo, que está en vosotros?” (1 Cor. 6,19). Esto es porque cada uno de nosotros, individualmente, es el templo del Espíritu Santo que, colectivamente, todos formamos el Cuerpo del Cristo. La Escritura emplea de una manera casi de modo equivalente las dos expresiones “en Cristo” y “en el Espíritu”. A menudo, parece “apropiarse” nuestra inmanencia de Dios en el Espíritu más que en Cristo, y la instrumentalidad en Cristo más que en el Espíritu. Se lo piensa y se lo dice entonces: “por Cristo, en el Espíritu”. La fórmula, en un sentido, es muy justa. Pero sería posiblemente más justa aún, si se aceptan las ecuaciones (por otra parte un tanto groseras): “El Espíritu es el sujeto, el Hijo es el objeto”, de decir que, por el Espíritu, estamos en Cristo.


Basílica San Clemente, Roma.


Notas:


Extracto de La Colombe et l’Agneau. Éditions de Chevetogne, 1979. Traducción del francés de Hieromonje Diego Flamini. (Monasterio de la Transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo, Pigüé, Argentina)


jueves, 5 de junio de 2014

Declaración Conjunta entre el Papa Francisco y el Patriarca Ecuménico Bartolomé I


Francisco Papa de Roma, y Bartolomé I Patriarca Ecuménico de Constantinopla

(1) El siguiente es el texto completo de la Declaración Conjunta del Papa Francisco y el Patriarca Ecuménico Bartolomé I. A los 50 años del encuentro entre el Papa Pablo VI y el Patriarca Atenágoras, le dice a todos los avances logrados en el campo del ecumenismo entre católicos y ortodoxos y se ve el camino urgente del testimonio unido de los cristianos para la defensa de la vida, de la familia, de la creación, y por la paz y el diálogo entre las religiones. Un recuerdo especial va dirigido a los sufrimientos de los cristianos en el Medio Oriente y los hombres de nuestro tiempo, que se sienten "perdidos" ante el mundo "marcado por la violencia, la indiferencia y el egoísmo". El hombre de nuestro tiempo puede ser ayudado por el testimonio común de los cristianos.




1. Como nuestros venerables predecesores, el Papa Pablo VI y el Patriarca Ecuménico Atenágoras, que se encontraron aquí en Jerusalén hace cincuenta años, también nosotros, el Papa Francisco y el Patriarca Ecuménico Bartolomé, hemos querido reunirnos en Tierra Santa, "donde nuestro común Redentor, Cristo nuestro Señor, vivió, enseñó, murió, resucitó y ascendió a los cielos, desde donde envió el Espíritu Santo sobre la Iglesia naciente" (Comunicado común del Papa Pablo VI y el Patriarca Atenágoras, publicado tras su encuentro del 6 de enero de 1964).
Nuestra reunión -un nuevo encuentro de los Obispos de las Iglesias de Roma y Constantinopla, fundadas a su vez por dos hermanos, los Apóstoles Pedro y Andrés- es fuente de profunda alegría espiritual para nosotros. Representa una ocasión providencial para reflexionar sobre la profundidad y la autenticidad de nuestros vínculos, fruto de un camino lleno de gracia por el que el Señor nos ha llevado desde aquel día bendito de hace cincuenta años.

2. Nuestro encuentro fraterno de hoy es un nuevo y necesario paso en el camino hacia aquella unidad a la que sólo el Espíritu Santo puede conducirnos, la de la comunión dentro de la legítima diversidad. Recordamos con profunda gratitud los pasos que el Señor nos ha permitido avanzar. El abrazo que se dieron el Papa Pablo VI y el Patriarca Atenágoras aquí en Jerusalén, después de muchos siglos de silencio, preparó el camino para un gesto de enorme importancia: remover de la memoria y de la mente de las Iglesias las sentencias de mutua excomunión de 1054. Este gesto dio paso a un intercambio de visitas entre las respectivas Sedes de Roma y Constantinopla, a una correspondencia continua y, más tarde, a la decisión tomada por el Papa Juan Pablo II y el Patriarca Dimitrios, de feliz memoria, de iniciar un diálogo teológico sobre la verdad entre Católicos y Ortodoxos. A lo largo de estos años, Dios, fuente de toda paz y amor, nos ha enseñado a considerarnos miembros de la misma familia cristiana, bajo un solo Señor y Salvador,
Jesucristo, y a amarnos mutuamente, de modo que podamos confesar nuestra fe en el mismo Evangelio de Cristo, tal como lo recibimos de los Apóstoles y fue expresado y transmitido hasta nosotros por los Concilios Ecuménicos y los Padres de la Iglesia. Aun siendo plenamente conscientes de no haber alcanzado la meta de la plena comunión, confirmamos hoy nuestro compromiso de avanzar juntos hacia aquella unidad por la que Cristo nuestro Señor oró al Padre para que "todos sean uno" (Jn 17,21).

3. Con el convencimiento de que dicha unidad se pone de manifiesto en el amor de Dios y en el amor al prójimo, esperamos con impaciencia que llegue el día en el que finalmente participemos juntos en el banquete Eucarístico. En cuanto cristianos, estamos llamados a prepararnos para recibir este don de la comunión eucarística, como nos enseña san Ireneo de Lyon (Adv. haer., IV,18,5: PG 7,1028), mediante la confesión de la única fe, la oración constante, la conversión interior, la vida nueva y el diálogo fraterno. Hasta llegar a esta esperada meta, manifestaremos al mundo el amor de Dios, que nos identifica como verdaderos discípulos de Jesucristo (cf. Jn 13,35).

4. En este sentido, el diálogo teológico emprendido por la Comisión Mixta Internacional ofrece una aportación fundamental en la búsqueda de la plena comunión entre católicos y ortodoxos. En los periodos sucesivos de los Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI, y del Patriarca Dimitrios, el progreso de nuestros encuentros teológicos ha sido sustancial. Hoy expresamos nuestro sincero aprecio por los logros alcanzados hasta la fecha, así como por los trabajos actuales. No se trata de un mero ejercicio teórico, sino de un proceder en la verdad y en el amor, que requiere un conocimiento cada vez más profundo de las tradiciones del otro para llegar a comprenderlas y aprender de ellas. Por tanto, afirmamos nuevamente que el diálogo teológico no pretende un mínimo común denominador para alcanzar un acuerdo, sino más bien profundizar en la visión que cada uno tiene de la verdad completa que Cristo ha dado a su Iglesia, una verdad que se comprende cada vez más cuando seguimos las inspiraciones del Espíritu santo. Por eso, afirmamos conjuntamente que nuestra fidelidad al Señor nos exige encuentros fraternos y diálogo sincero. Esta búsqueda común no nos aparta de la verdad; sino que más bien, mediante el intercambio de dones, mediante la guía del Espíritu Santo, nos lleva a la verdad completa (cf.Jn 16,13).

5. Y, mientras nos encontramos aún en camino hacia la plena comunión, tenemos ya el deber de dar testimonio común del amor de Dios a su pueblo colaborando en nuestro servicio a la humanidad, especialmente en la defensa de la dignidad de la persona humana, en cada estadio de su vida, y de la santidad de la familia basada en el matrimonio, en la promoción de la paz y el bien común y en la respuesta ante el sufrimiento que sigue afligiendo a nuestro mundo.
Reconocemos que el hambre, la pobreza, el analfabetismo, la injusta distribución de los recursos son un desafío constante. Es nuestro deber intentar construir juntos una sociedad justa y humana en la que nadie se sienta excluido o marginado.

6. Estamos profundamente convencidos de que el futuro de la familia humana depende también de cómo salvaguardemos -con prudencia y compasión, a la vez que con justicia y rectitud- el don de la creación, que nuestro Creador nos ha confiado. Por eso, constatamos con dolor el ilícito maltrato de nuestro planeta, que constituye un pecado a los ojos de Dios. Reafirmamos nuestra responsabilidad y obligación de cultivar un espíritu de humildad y moderación de modo que todos puedan sentir la necesidad de respetar y preservar la creación. Juntos, nos comprometemos a crear una mayor conciencia del cuidado de la creación; hacemos un llamamiento a todos los hombres de buena voluntad a buscar formas de vida con menos derroche y más austeras, que no sean tanto expresión de codicia cuanto de generosidad para la protección del mundo creado por Dios y el bien de su pueblo.

7. Asimismo, necesitamos urgentemente una efectiva y decidida cooperación de los cristianos para tutelar en todo el mundo el derecho a expresar públicamente la propia fe y a ser tratados con equidad en la promoción de lo que el Cristianismo sigue ofreciendo a la sociedad y a la cultura contemporánea. A este respecto, invitamos a todos los cristianos a promover un auténtico diálogo con el Judaísmo, el Islam y otras tradiciones religiosas. La indiferencia y el desconocimiento mutuo conducen únicamente a la desconfianza y, a veces, desgraciadamente incluso al conflicto.

8. Desde esta santa ciudad de Jerusalén, expresamos nuestra común preocupación profunda por la situación de los cristianos en Medio Oriente y por su derecho a seguir siendo ciudadanos de pleno derecho en sus patrias. Con confianza, dirigimos nuestra oración a Dios omnipotente y misericordioso por la paz en Tierra Santa y en todo Medio Oriente. Pedimos especialmente por las Iglesias en Egipto, Siria e Iraq, que han sufrido mucho últimamente. Alentamos a todas las partes, independientemente de sus convicciones religiosas, a seguir trabajando por la reconciliación y por el justo reconocimiento de los derechos de los pueblos. Estamos convencidos de que no son las armas, sino el diálogo, el perdón y la reconciliación, los únicos medios posibles para lograr la paz.

9. En un momento histórico marcado por la violencia, la indiferencia y el egoísmo, muchos hombres y mujeres se sienten perdidos. Mediante nuestro testimonio común de la Buena Nueva del Evangelio, podemos ayudar a los hombres de nuestro tiempo a redescubrir el camino que lleva a la verdad, a la justicia y a la paz. Unidos en nuestras intenciones y recordando el ejemplo del Papa Pablo VI y el Patriarca Atenágoras, de hace 50 años, pedimos que todos los cristianos, junto con los creyentes de cualquier tradición religiosa y todos los hombres de buena voluntad reconozcan la urgencia del momento, que nos obliga a buscar la reconciliación y la unidad de  la familia humana, respetando absolutamente las legítimas diferencias, por el bien de toda la humanidad y de las futuras generaciones.

10. Al emprender esta peregrinación en común al lugar donde nuestro único Señor Jesucristo fue crucificado, sepultado y resucitado, encomendamos humildemente a la intercesión de la Santísima siempre Virgen María los pasos sucesivos en el camino hacia la plena unidad, confiando a la entera familia humana al amor infinito de Dios.

"El Señor ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda
la paz" (Nm 6,25-26)

Jerusalén, 25 de mayo de 2014.

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(2) Otra noticia muy importante: 

“En 2025, todos los cristianos celebrarán un sínodo verdaderamente ecuménico en Nicea”:

 

Lo dijo el Patriarca Bartolomé I: es la herencia que, con Papa Francisco, queremos dejar para el futuro


El Patriarca ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I, al regresar de Jerusalén y del histórico encuentro con Papa Francisco en el Santo Sepulcro, reveló una importante cita para la unidad entre católicos y ortodoxos: encontrase juntos en 2025 en Nicea, lugar donde se celebró el primer verdadero concilio ecuménico de la Iglesia indivisa.

Bartolomeo dijo que junto al Papa Francisco "hemos concordado de dejar como heredad a nosotros mismos y a nuestros sucesores el encontrarse en Nicea en 2025, para celebrar todos juntos, después de 17 siglos, el primer Sínodo realmente ecuménico de donde salió el Credo".

El concilio de Nicea (hoy Iznik, a 130 km de Estambul) reunió en el año 325 a más de 300 obispos de oriente y de occidente y es considerado el primer verdadero concilio ecuménico. En tal concilio se constituyó el Credo, similar al que se recita también hoy durante la liturgia, afirmando que Jesús comparte "la misma substancia del Padre", contra la ideología ariana.

Bartolomé encontró a Francisco a 50 años del abrazo histórico entre Pablo VI y Athenagoras. El encuentro de 1964 rompió el largo silencio de siglos entre oriente y occidente cristianos, con todas las consecuencias socio-políticas que surgieron, y de las cuales Europa aún sufre.

El encuentro en el Santo Sepulcro en estos días dona nuevamente una renovada linfa al diálogo entre católicos y ortodoxos, a dos visiones cristianas que si bien en la diversidad, tienen una común visión de los sacramentos y de la tradición apostólica.

"El diálogo por la unidad entre católicos y ortodoxos  reparte de Jerusalén. En esta ciudad, en el próximo otoño, se realizará un encuentro de la Comisión mixta católica-ortodoxa, hospedada por el Patriarca griego-ortodoxo Teófilo III. Es una camino largo en el cual todos deben comprometerse si hipocresías".

"Jerusalén -continuó- es el lugar, la tierra del diálogo entre Dios y el hombre, el lugar donde se encarnó el Logos de Dios. Nuestros predecesores, Athenágoras y Pablo VI han elegido este lugar para romper el silencio durado siglos entre las dos Iglesias hermanas".

"He caminado con mi hermano Francisco en esa Tierra Santa no con miedos o temores de Cleofás y Lucas en el camino hacia Emaús, sino inspirado por la viva esperanza como nos enseña Nuestro Señor". 

Papa Francisco y el Patriarca Bartolomé I, besando la piedra del Santo Sepulcro

Video resumen Visita Papa Francisco a Tierra Santa y su encuentro con el Patriarca Ecuménico Bartolomé I

Video Homilía Papa Francisco en la Basílica de la Resurrección, Jerusalén

Video palabras de bienvenida en el Santo Sepulcro:

Notas: 

1 - Publicado en http://www.asianews.it

2 - Publicado en http://vaticaninsider.lastampa.it/

 

martes, 27 de mayo de 2014

Una noticia trascendental para los bizantinos de Sudamérica


Metropolita Volodymyr Kovbych


La Iglesia Greco Católica en Brasil ya es Metropolía El 12 de mayo próximo pasado, su Santidad Francisco, elevó la Eparquía de San Juan Bautista de Curitiba de los Ucranios al rango de Arquieparquía, con el mismo título, nombrando a su vez a Mons. Volodymyr Kovbych O.S.B.M., hasta entonces obispo de dicha eparquía, como primer metropolita y arzobispo de la misma. 

En el mismo acto, el Santo Padre erigió la Eparquía de la Inmaculada Concepción de Prudentópolis de los ucranios, Brasil, a partir de una fracción del territorio de la recientemente creada arquieparquía de San Juan Bautista de Curitiba, haciéndola sufragánea de esta circunscripción. Designó como obispo a Mons. Meron Mazur, O. S. B. M., hasta entonces obispo auxiliar de Curitiba, como primer Eparca de Prudentópolis.



Fuente: http://risu.org.ua/en/index/all_news/catholics/vatikan/56385/ 
Foto:  http://news.ugcc.org.ua/en/news/pope_francis_created_a_ugcc_metropolitanate_in_brazil_70433.html


 

miércoles, 26 de marzo de 2014

USPENSKIJ: Un monasterio de monjas rusas en Roma


Capilla del monasterio
A quince minutos de autobús desde la Plaza San Pedro, este pequeño monasterio femenino ruso, tiene como primer finalidad el seguir una vida de contemplación, liturgia y oración de acuerdo con la gran tradición del monaquismo cristiano oriental.

Fue establecido por la Congregación de las Iglesias Orientales con el apoyo del Papa Pío XII, de acuerdo a un proyecto presentado por el entonces secretario de la Congregación, Cardenal E. Tisserant.
Como la Catedral de Moscú y muchas otras iglesias rusas a lo largo del mundo, el monasterio está dedicado a la Madre de Dios manifestado en el misterio de su Uspenie o Dormición, literalmente “está dormida” de acuerdo con la tradición cristiana oriental, y la Asunción de acuerdo a la tradición cristiana occidental. Así el nombre en italiano de esta fundación es Monastero russo della Dormizione (Monasterio ruso de la Dormición).
Hay una capillita muy atractiva dedicada a la Dormición de la Theotokos y preparada de acuerdo al uso litúrgico ruso. La lengua de oración es el eslavo eclesiástico, los idiomas de los miembros de la comunidad son ruso, en algunos casos italiano e inglés.


UN CONVENTO RUSO EN ROMA

En 1957 a la gran variedad de instituciones religiosas que enfatizan el carácter sagrado de la ciudad en la cual se encuentra el Santo Padre, se le agregó esta casa. 

Icono de la Dormición de la Madre de Dios
Roma deseaba tener una casa en la cual las vírgenes consagradas a Dios, por la oración asidua y la práctica de las virtudes implorasen la misericordia de Dios para los pueblos rusos, como Su Eminencia Cardenal E. Tisserant escribe en el prefacio de las constituciones de este convento. En el mismo documento el Cardenal explica cómo en una audiencia el 11 de abril de 1956 en su capacidad como secretario de la Sagrada Congregación para las Iglesias Orientales, él remitió a Su Santidad Papa Pío XII el plan para la fundación del convento, para el cual él recibió aprobación y apoyo.
Fue la Sagrada Congregación para las Iglesias Orientales la que deseó hacer la fundación, debido en particular a la amabilidad de Su Eminencia el asesor Rvo. Padre Coussa, el cual al transformarse en cardenal continuó mostrando su interés paternal, encontrando una casa que alcanzara para comenzar a quince minutos en ómnibus (808/881) desde la Plaza de San Pedro.

Un Typicon “Ustav” o constitución fue compuesto en latin y en ruso, de acuerdo al esquema tradicional de los monasterios rusos y en base a la ley canónica de las Iglesias Orientales. Ambas partes de este documento -Typicum Ktetoricum y Typicum Asceticum- fueron aprobados por la Sagrada Congregación de las Iglesias Orientales, el 29 de junio y el 15 de Agosto de 1958.
Al mismo tiempo, cuatro monjas rusas pertenecientes a diferentes Órdenes y Congregaciones y de varios países para las cuales el ideal de esta fundación había sido propuesto, comenzaron su nueva vida monástica en Roma.

El 10 de julio de 1959, el Papa Juan XXIII, en virtud de su autoridad como Prefecto de la Sagrada Congregación para las Iglesias Orientales, se complació en elevar la institución a la dignidad de derecho pontificio y admitir a los votos solemnes a las monjas ya reunidas en este pequeño convento, el cual como está escrito en el documento de fundación, es de alguna manera un ornamento de la diócesis, un símbolo y un anticipo de unión.

La benevolencia particular de los soberanos pontífices fue una vez más hecha manifiesta cuando el Papa Pablo VI recibió a las monjas en una audiencia especial cuando ellas vinieron a traerle como regalo un icono de San Pablo pintado por una de las monjas. El Papa bendijo a las monjas y a sus intenciones agregando una palabra de estímulo “ustedes son la raíz en vista al futuro” les dijo, prometiéndoles oraciones especiales.


El Papa Juan Pablo II también también invitó a la comunidad a su capilla privada para la celebración de la Santa Misa.

Como la Catedral del Moscú y miles de otras iglesias rusas, el Convento está dedicado a la Dormición de la Madre de Dios, honrada en el misterio de su “Uspenie” (o Asunción como el mundo occidental prefiere llamarla).

El principal fin del monasterio es la vida litúrgica y contemplativa, y cada día la pequeña comunidad de la Dormición de Roma, recita o canta el oficio divino en el antiguo idioma eslavo, usando libros impresos en Rusia.

El silencio y la soledad favorecen la continua búsqueda de la perfección evangélica y la intimidad con Dios, en la oración, alternada con trabajo. Por el momento las monjas se dedican particularmente a hacer ornamentos litúrgicos para los diferentes ritos orientales, a la escritura de iconos, a la traducción, etc.

En el monasterio Uspenskij de las monjas rusas se les han unido algunas jóvenes y monjas de diferentes nacionalidades que se sienten atraídas particularmente por el monaquismo oriental, por el rito bizantino y por el amor por el ideal y la forma de vida de esta comunidad. Su asistencia espiritual está facilitada por la presencia en Roma de dos instituciones: el Pontificio Instituto Oriental y el Seminario Pontificio Ruso (el Russicum), cuyos sacerdotes han estado dedicados tanto con amabilidad y competencia a este monasterio desde el inicio.

Los pasos progresivos de la vida monástica son los observados en la tradición rusa. Hay unos tres años de noviciado precedido por algunos meses de prueba, un rasoforado o profesión menor, en si perpetua, pero en la cual deben pasarse al menos cinco años. Luego viene la profesión mayor con el Pequeño Hábito, microskema, el cual a veces, después de al menos 30 años de vida religiosa ejemplar de las personas más dedicadas a la oración y a la penitencia, puede ser completada por el megaloskema o prefesión del Gran Hábito.

UN SOLO REBAÑO, UN SOLO PASTOR.

En la pequeña capilla, que es el corazón del monasterio, la figura de Cristo pintado en el iconostasio sostiene el Evangelio abierto en la página sobre la cual está escrito el ardiente deseo de Cristo por la unidad de su Iglesia, como dice Juan 10,16  y nos ha llegado hasta nosotros.

Estas palabras recuerdan a las  hermanas que ellas deben orar en orden para que los obstáculos que retrasan la restauración de la unidad entre cristianos sea hecha hacia un lado. La pequeña Dormición en Roma desea ser una respuesta a la invitación celestial de la Bienaventurada Virgen en Fátima. Más aún, al concluir estas breves notas informativas, las monjas piden a todos que tengan la ocasión de leerlas, que oren para que ellas puedan corresponder más plenamente cada día al plan misericordioso de Dios, continuando con su vida escondida en Cristo.





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En inglés:

Fifteen minutes by bus from the Piazza San Pietro, this small Russian monastery for women has as its primary scope the pursuit of a life of contemplation, liturgy and prayer according to the grand tradition of Eastern Christian monasticism. 

It was established by the Congregation for the Eastern Churches with the encouragement of Pope Pius XII according to a project presented by the then secretary of the Congregation, Cardinal Tisserant.

Like the cathedral in Moscow and several other Russian churches throughout the world, the monastery is dedicated to the Mother of God as manifested in the Mystery of her "Uspenie" or Dormition (lit. "Falling asleep") according to the Eastern Christian tradition and the "Assumption" according to the Western Christian tradition, thus the name (in Italian) of this foundation is Monastero russo Uspenskij  (the Russian Monastery of the Dormition).         

There is an attractive little chapel dedicated to the Dormition of the Theotokos and arranged according to the Russian liturgical usage. The language of prayer is Church Slavonic; the languages of the members of the community are Russian, and some Italian and English.

         
A RUSSIAN CONVENT IN ROME

In 1957 a further addition was made to the great variety of religious institutions which emphasize the sacred character of the city housing the Holy Father. Rome wished to have a house in which “virgins consecrated to God by assiduous prayer and practice of the virtues implore the mercy of God for the Russian peoples,” as His Eminence Cardinal E. Tisserant writes in the preface to the Constitutions of this convent.

In the same document the Cardinal explains how, in an audience on April 11th, 1956, in his capacity as Secretary of the Sacred Congregation for the Eastern Churches, he submitted to His Holiness Pope Pius XII the plan for the foundation of the convent, for which he received approval and encouragement.
It was the Sacred Congregation for the Eastern Churches which desired to make the foundation. Due, in particular, to the kindness of His Eminence, the Assessor, Rev. Father Coussa, who on becoming a Cardinal continued to show his paternal interest, a house was found which sufficed for a start (it is 15 minutes distant by bus–nos. 808 or 881–from St. Peter’s Square).

A “Typicum” (‘Ustav’ or Constitution) was compiled in Russian and in Latin, according to the traditional scheme of Russian convents and on a basis of Eastern Catholic Canon Law. Both parts of this document–Typicum Ktetoricum and Typicum Asceticum–were approved by the Sacred Congregation for the Eastern Churches on June 29th and August 15th, 1958.

At the same time, four Russian nuns belonging to different Orders and Congregations and from various countries, to whom the ideal of this foundation had been proposed, commenced in Rome their new monastic life.

On July 10th, 1959 Pope John XXIII, in virtue of his authority as Prefect of the Sacred Congregation for the Eastern Churches, was pleased to raise the institution to the dignity of pontifical right and to admit to solemn vows the nuns already assembled in the little convent, which, as is written in the document of establishment, “is in some way an ornament of the diocese, a symbol, an invitation and a token of union”.

The particular benevolence of the Sovereign Pontiffs was once more manifest when Pope Paul VI received the nuns in special audience when they came to present him with an icon of St Paul painted by one of the nuns. The Pope blessed the nuns and their intentions, adding word of encouragement “You are the root in view of the future,” he said, and promising special prayers. Pope John Paul II also invited the community to his private chapel for the celebration of Holy Mass.
Like Moscow’s cathedral and thousands of Russian churches, Icon of the Dormition of the Theotokos the convent is dedicated to the Most Holy Mother of God, honoured in the mystery of her “Uspenie” or “Falling asleep” (her Assumption, as Western world prefers to call it).

The principal aim of the monastery is the contemplative and liturgical life, and each day the little community of Roman ‘Uspenskij’ recites or sings the Divine Office in the ancient Slav language, using books printed in Russia.

Silence and solitude favour the continual seeking of evangelical perfection and intimacy with God, in prayer, alternated with work. For the moment the nuns devote themselves particularly to making liturgical vestments for the different Eastern rites, to painting icons, translating, etc.

In the ‘Uspenskij’ convent the Russian nuns have been joined by some young women and nuns of different nationalities who are particularly attracted by Eastern monasticism, by the Byzantine rite and a love for the ideal and the form of life of this community. Spiritual assistance is facilitated for these by the presence in Rome of two institutions, namely, the ‘Pontifical Oriental Institute’ and the ‘Russian Pontifical Seminary,’ whose priests have been devoted with both kindness and competence to the convent from the outset.

The progressive stages of the monastic life are those observed in the Russian tradition. There are three years of novitiate preceded by several months of trial; rjasophorat, or minor profession, in itself perpetual, but in which at least five years must be spent. Then comes major profession with the little habit, microscheme, which sometimes, after at least 30 years of exemplary religious life on the part of those more dedicated to prayer and penance, may be completed by the megaloscheme or profession of the great habit.

“One flock, one shepherd.” In the little chapel which is the heart of the convent, the figure of Christ painted on the iconostasis holds the Gospel open at the page on which is written the ardent desire of Christ for the unity of his Church, as St John (Jn. 10: 16) has passed it on to us.

These words remind the Sisters that they must pray in order that the obstacles which delay the restoration of unity among Christians may be overcome. The little Roman Uspenskij wishes to be a response to the heavenly invitation of the Blessed Virgin of Fatima. Moreover, in concluding these brief informative notes, the nuns ask all who have occasion to read them to pray that they may correspond more fully each day to God’s merciful plan, by continuing their life “hidden with Christ in God”. 




Notas:

*  http://rumkatkilise.org/listing.htm

* http://www.dormizione.it/


* Traducción del inglés por Hmje. Diego Flamini

viernes, 22 de noviembre de 2013

Sobre el monje y el fin de la vida monástica - Por el Padre Dionisio del Monte Athos.



Jean-Ives Leloup, religioso dominico, profesor de Filosofía
de las Religiones en París, realizó numerosas entrevistas a los
monjes durante los viajes que organizaba al Monte Athos.
La siguiente es una entrevista al Padre Dionisio,
monje responsable de los huéspedes del monasterio de Simonos Petras.

Jean, llevaba en su corazón aquella pregunta que puso en marcha a tantos hombres
y mujeres hacia los grandes monasterios de la antigüedad cristiana:
“¿Cómo me salvaré? ¿Qué hay que hacer para salvarse?”. El que pregunta
cómo salvarse, retoma a su vez la pregunta de los judíos
después de la predicación de Pedro el día de Pentecostés.
Verdaderamente Jesús es el Mesías, el Señor, el Salvador, el Resucitado.
¿Cómo acercarse a él, cómo recibirlo, cómo vivir de él?
¿Cómo hacer de nuestro ser todo entero, espíritu, alma y cuerpo,
una confesión gozosa de su señorío y del don de su Espíritu?.
En las respuestas se ve reflejada la sabiduría profundamente
espiritual de esos hombres que parecen anclados en el pasado,
pero que son en realidad la luz que interpreta
la oscuridad de nuestro tiempo.

Monasterio de Simonos Petras, Monte Athos, Grecia.

¿Qué es un monje?

Es aquel que quiere seguir a Cristo hasta el fin. Se deja conducir cada día por el Espíritu Santo y su obediencia lo hace conforme a Cristo obediente. Es un recién nacido, un niño vuelto hacia el Padre, un hombre en la Trinidad.

¿Cómo llegar a ser monje?

Renunciando a sí mismo. Es necesario que el grano sea enterrado para que dé fruto. Es necesario ayunar, velar, conservarse puro, adquirir la humildad y orar sin cesar.

¿Cómo orar sin cesar?

Este es un don de Dios y hay que pedírselo. “Si  vosotros que sois malos sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, cuánto más vuestro Padre Celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan”. Hay que rogar a la Madre de Dios y a los santos que intercedan por nosotros.

¿Qué ocurre cuando se ora sin cesar?
“No soy yo quien vive sino que Cristo vive en mí”.
La respiración de Jesús en nosotros, es el Espíritu Santo que dice: “Abba” y que ora por todos los hombres.


¿Cómo orar por todos los hombres?

Orar por todos los hombres, aun por los enemigos, es el amor mismo de Dios que está en nuestro corazón, es el fruto de la oración. Hay que cantar los oficios, leer los salmos, meditar los Evangelios, y decir sin cesar: “Señor, ten piedad”. Entonces, el corazón se purifica, se vuelve humilde y puede, recién, orar por todos los hombres, por los pecadores. Puede llegar a derramar lágrimas y a dar su sangre.

¿Cómo amar a los enemigos?

Primeramente, ¿quiénes son nuestros enemigos?. El monje no tiene otros enemigos que los demonios. Orar por ellos nos es imposible, debemos combatirlos, pero combatirlos por el amor. Es estar crucificado con Jesús. Con él descendemos a los infiernos. Un corazón puro, solamente un corazón de niño,  puede triunfar del poder de las tinieblas. Es necesario que no haya odio, ni engaño en el corazón, pues él debe ser el trono de la luz y del amor. He aquí lo que somos: trono de Dios y templos del Espíritu Santo. Si somos así, entonces amamos a nuestros enemigos. Pero, a menudo, hay algo más que Dios en nuestro corazón. No somos humildes y el Amor no puede vivir en nosotros; y en vez de orar, juzgamos a los demás, y llegamos a ser presa de nuestros pensamientos.

¿Qué es la experiencia del Espíritu Santo?

Cuando estamos muertos a nosotros mismos, es cuando Cristo vive en nosotros. Entonces caminamos en la luz, somos dioses por la gracia, hombres nuevos.

¿Qué es la “hesiquía”?

Es el silencio en nuestro corazón, en nuestro espíritu y en nuestro cuerpo.  El que jamás hace su propia voluntad, permanece en silencio ante Dios. Se borra a sí mismo, en su cuerpo, en su espíritu y en su corazón, delante de Dios. Este hombre puede, entonces, ir a la ciudad y vivir en medio del ruido que estará siempre delante de Dios. Pero esto es muy raro, es necesario comenzar por el silencio, lejos del mundo, lejos de todas las preocupaciones y gustar, ante todo, cuán bueno es el Señor. El que no sabe callarse ante el Señor en su celda, ¿cómo podrá escucharlo en medio del ruido de la ciudad?. Muchos monjes, ni siquiera en su celda conocen la hesiquía, hablan mucho y se pierden en sus recuerdo e imaginaciones;  se preocupan demasiado pensando en la mañana, lo que es contrario al mandamiento del Señor: “Deteneos, y sabed que Yo soy Dios”.

¿Conduce la hesiquía a la apatheia?

Sí. La apatheia es el fin. Entonces el hombre es como Dios, y ya no hay en él malos pensamientos, ya no es más esclavo de ninguna pasión, se ha convertido  en amor, sin emociones ni deseos: él Es. Su oración, entonces, es verdaderamente eficaz, porque ora con el corazón mismo de Dios que crea y salva al mundo.

Pero, ¿quién conocer este estado?

Si no existiera el testimonio de los santos, desesperaríamos de conocer este estado bienaventurado, prometido por Cristo.

¿Tienen los santos un lugar importante en vuestra vida?

Sí. La Madre de Dios y todos los santos. Ellos están más cerca nuestro que nuestros vecinos, que nuestros compañeros de trabajo, son verdaderos seres vivos. Gregorio Palamas está en el corazón de mi corazón, es el don que el Monte Athos le ha hecho a Dios.

¿Cómo discernir la voluntad de Dios?

Si un pensamiento viene de Dios, es una luz en el corazón, nos hace más humildes y progresamos en el amor. Si este pensamiento, por el contrario, hace que estemos satisfechos de nosotros mismos y nos lleva a juzgar al prójimo, es que viene del enemigo.
Si hay en ti una gran paz y un amor por todos los hombres, el Espíritu Santo habita en ti. El enemigo detesta la hesiquía. No te extrañe que esta paz llegue en medio de tribulaciones y dificultades. Entonces comprenderás las palabras de San Pablo: “¿Quién nos separará del amor de Jesucristo?”.

Cristo dijo que no tenía ni una piedra donde apoyar su cabeza. ¿Acaso el Monte Athos no puede llegar a ser un lugar donde el monje pueda reposar la suya?

Para mí, el Monte Athos es como un cohete, como un ascensor. Yo no me detengo en el ascensor. No estoy aquí sino para ir al Cielo. No me duermo en el ascensor, sino que recuerdo a aquel que me espera en la puerta.


“Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él” (Col 3, 1-4).

San Pablo describe muy bien aquí, la paradoja de nuestra condición. Estamos muertos, no existimos más para el mundo, nuestro hombre viejo ha sido crucificado, hemos renunciado a nuestras ambiciones, al orgullo, al odio, y poco a poco nos hacemos participantes de la vida del resucitado. Vivimos con él, vueltos hacia el Padre en el Espíritu Santo. Tal es la vida del cristiano y la vida del monje.

EL MONJE ES UN CRISTIANO

El monje es un cristiano que quiere vivir al máximo las exigencias y la vocación de su bautismo. Como en todos los cristianos, debe convertirse en otro Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre. El Espíritu Santo, el Reino de Dios, es el objeto de nuestro deseo. Debemos dejarnos transformar por él para ser recreados a imagen y semejanza de Dios. Somos todos pecadores llamados a ser santos. Todos  hemos sido sacados de la nada para participar de la vida de aquel que ES.
El monje, más que nadie, es consciente del camino que lo conducirá de las tinieblas a la luz, y este camino es Jesucristo.

El monje no tiene sino un deseo, renunciar a sí mismo y seguir a Jesucristo adonde quiera que él vaya… y él va hacia el Padre. Él va hacia la resurrección a través del sufrimiento, de la muerte, del abandono de la Cruz. Pero nosotros nada tememos porque el Espíritu Santo, desde Pentecostés, está con nosotros. Él nos da la fuerza y la humildad de Jesús y el amor que él derrama en nuestros corazones nos llena de gozo, aún si tuviéramos que sufrir, y atravesar toda suerte de tribulaciones.
Si uno aprende carpintería, es para llegar a ser carpintero. Si estudias el Evangelio y no lo pones en práctica, ¿de qué te sirve?.

Si uno aprende carpintería, no es para llegar a ser herrero. Si estudias el Evangelio, la Biblia, las vidas de los santos, no es para vivir el mundo, sino para vivir como Cristo.

Nuestro padre San Basilio, tiene todavía otra imagen: “Cuando un herrero tiene que hacer un hacha, piensa primero en el que le confió su ejecución y guarda su recuerdo presente en su espíritu. Reflexiona luego, en el tamaño y en la forma del objeto y realiza el trabajo según la voluntad del que se lo encargó, pues si pierde de vista todo esto, hará otra cosa distinta de la que le ordenaron.
Lo mismo ocurre con el cristiano cuando orienta toda su actividad, sea cual fuere, hacia el cumplimiento de la voluntad de Dios, hacia el objetivo que es de todos, la divinización. Haciendo sus actos con perfección, permanece fiel al pensamiento del que lo manda; cumple estas palabras: “Pongo a Yahvé ante mí sin cesar; porque él está a mi diestra no vacilo” (Sal 16, 8), y observa el precepto: “Por tanto, ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo toda para gloria de Dios” (1 Cor 10, 31).

SEREMOS DEIFICADOS

Somos huéspedes de paso, “nosotros somos ciudadanos del cielo” (Flp 3, 20), entonces, ¿cómo puedes afligirte por las cosas de la tierra y tener preocupaciones mundanas. “Allí donde está tu tesoro, allí también está tu corazón”. “Cualquiera que venga a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío” (Lc 14, 26). Cristo no quiere que nos hagamos esclavos de cualquier cosa y quiere que estemos libres de afecciones aun las más profundas y legítimas, por un más grande amor.
¿Qué cosa hay más grande que haber sido llamados a ser Dios?. ¿A ser, por la gracia, lo que Él es por naturaleza?. La divinización del hombre, tal es el fin. “Dios se hizo hombre para que el hombre llegue a ser Dios”. 

El fin de la vida monástica, es lograr un corazón puro, dócil a la voluntad de Dios: allí está la libertad de los hijos de Dios.

Mientras estemos en pecado, no seremos libres. Es necesario renunciar a todo lo que no es divino y seremos hombres. Rechazar el engaño, la hipocresía, el orgullo, el odio. Dejar vivir en ti el Espíritu de Jesús y encontrarás tu verdadera identidad.

El fin de nuestra vida está en el cumplimiento de los mandamientos del Señor. “Amar a Dios, amar a nuestro prójimo”. Si vivimos esto con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todo nuestro espíritu, seremos deificados, seremos semejantes a Cristo. Dios es amor, Dios es luz. El hombre creado a su imagen, debe llegar a ser todo amor y todo luz.

Los sacramentos nos comunican la vida de Dios y las obras de la vida monástica no tienen otro objeto que hacernos cada vez más receptivos al don de Dios. El monje debe abandonar todo lo que no es amor, todo lo que no es luz. Esto es renunciar al mundo. Que no haya en nosotros lugar para la vanidad, la ambición, los celos, y Satanás no tendrá ningún trono ni  lugar en nosotros para extender su reino.
La regla del monje es el Sermón de la Montaña. El Espíritu Santo nos concede vivir las bienaventuranzas. Tratar de vivirlas, es tomar poco a poco la forma de Dios y la forma del servidor, es llegar a ser otro rostro del Hijo en quien el Padre puso toda su complacencia.


PERMANECED EN MI AMOR

“Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”. Adquirir la dulzura y la humildad de Cristo: tal es nuestro objetivo. La dulzura y la humildad nos conducen al corazón de Cristo en la Trinidad. Allí está la ciencia divina que nos vino a enseñar. El monje olvida toda otra ciencia para adquirir ésta. De este modo confía conseguir la sabiduría de su Maestro.

Hagas lo que hagas, no olvides que estás en la presencia de Dios. Examina tus pensamientos, vela sobre tus acciones. Hay que pensar con Él, marchar con Él, amar con Él. El monje es aquel que jamás está sin Dios. Su corazón está habitado por el nombre de Jesús y busca realizar el mandamiento: “Permaneced en mi amor”.

Todo lo que se hace sin amor, no sirve para nada. Puedes ayunar, velar, vestirte de harapos, pero si no tienes el amor de Dios en ti, eso no sirve para nada. Así no recibirás la herencia  y no llegarás a ser hijo de Dios. Si no has dejado el mundo y sus poderes por amor de Dios, has dejado todo, pero no has encontrado nada. ¿Para qué? Es necesario, por empezar, entregar tu corazón, olvidarte de ti mismo y entonces, habrás recibido el Espíritu Santo. 

Es fácil renunciar al mundo exterior, pero renunciar al mundo interior, he aquí una obra difícil. Sería imposible no aceptar más pensamientos ni preocupaciones mundanas sin la asistencia del Espíritu  Santo que transforma el corazón del monje y lo hace puro y libre para Dios.

EN LA FE

Todos los trabajos de la vida monástica no tienen otro fin que divinizarnos.
¿Cómo adquirir la humildad y el amor de Cristo?. Este es el problema que deberá resolver, a lo largo de su vida, el joven que entre con nosotros. Lo que nos diviniza, ante todo, es la fe, la esperanza y la caridad.

La fe cura nuestra inteligencia; ella le revela al ser que buscaba en las cosas fragmentadas. La fe, es la visión del Creador y así nos vemos libres de la fascinación de las criaturas.  La fe nos enseña a pensar como Dios, a ver todo bajo su luz. Ella, verdaderamente, diviniza nuestra inteligencia.        
                  
“El que cree tiene vida eterna”, dice el Señor. El que cree en el amor de Dios, ¿cómo no va a cambiar su visión del mundo y de sí mismo?. En la fe, todo se le aparece transfigurado, todo es signo de su presencia, tanto en los acontecimientos dolorosos, como en los agradables. Sólo en la fe puede percibirse el sentido profundo, el designio de Dios que a través dela prueba, nos diviniza.
La fe nos prepara a la dichosa visión de Dios, pero ya desde aquí abajo, nos abre el cielo y en ella podemos alabar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y confesar a Jesucristo, verdadero Dios, y verdadero hombre.

“Recuerda a Jesucristo resucitado”. El monje no se acuerda ni de su familia, ni del mundo ni de su pasado. No recuerda más que a su Señor. Él estaba muerto y ahora está resucitado. El monje no busca llegar a un equilibrio psicosomático, según la sabiduría humana. Tampoco aprende a enfrentar la muerte como Sócrates  y los filósofos. No, él quiere participar de la vida de aquel que venció a la muerte. Quiere compartir la vida del Resucitado. El monje quiere ser un resucitado con Cristo y no es sino el Espíritu Santo que le puede dar parte en esta vida. Por eso, suplica al Padre, sin cesar, que le conceda y conceda a todos los hombres lo que les prometió.


REENCONTRAR LA UNIDAD

El monje no busca especializarse en nada, pues en el monasterio tendrá que cambiar frecuentemente de oficio. Su obra es la oración continua. Lo que hace, debe “salarlo”  con la oración y todo se le transformará en camino hacia el Padre, ya sea el servicio en el refectorio, como la lectura en su celda.
El monje busca en todo la unidad, con los otros y en sí mismo. Su corazón, su alma, su espíritu, sus impulsos, todo debe ser reunificado en el amor de Dios. El que cumple el mandamiento: “Amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”, está curando sus divisiones internas y encuentra la unidad a imagen de Dios uno. Puede, entonces, llegar a ser un artífice de la paz y predicar a los otros el deseo del Señor: “Que todos sean uno”.

Nosotros somos una multitud de personajes, llevamos sobre nuestro rostro una cantidad de máscaras. La vida monástica, en cambio, simplifica y si no nos hace más simples, habría que huir de ella, porque entonces no estaríamos consagrados a la búsqueda de lo único necesario. Nuestro ser no estaría unificado ni simplificado por Él.

Cuando hay en ti otros deseos que no son ni el de Dios ni el de seguirle según su voluntad, pierdes la paz.  La vida monástica nos libra de los deseos: “Sin deseos sobre la tierra” alcanzaremos la bienaventurada “hesiquía”.

 A los Evangelios y a los Padres de la Iglesia, se los conoce demasiado intelectualmente; no es posible entenderlos sino  por la vida y por la experiencia. Debemos vivir lo que han vivido los Apóstoles y los Padres. Es necesario estar llenos del Espíritu Santo como ellos, para comprender algo del cristianismo. La experiencia cristiana es el seguimiento de Cristo, vivir su muerte y su resurrección en nuestra propia carne.

La humildad y la gloria de Cristo es el mismo misterio y constituye toda la vida del monje. Por la humildad adquirir el Espíritu Santo; por la cruz, entrar en la resurrección. Esto es seguir a Cristo.


LA VERDADERA ESPERANZA

El monje debe cuidarse de no retornar a Egipto y ser como el perro del que habla San Pedro: apenas lavado vuelve a su vómito.

Cuando el Señor purifica nuestra memoria para no recordar más nuestra vida pasada, ni a nuestros padres, ni a nuestros amigos, nos concede una gran gracia. Desde la mujer de Lot, hasta esta palabra del Evangelio: “Maldito aquel que se vuelve atrás”, Dios nos muestra que Él va delante de nosotros. Solamente hay que recordar nuestro pecado y su misericordia, es decir, su cruz y su resurrección. ¡Cuántos monjes, después de muchos años de vida monástica, se deleitan todavía con los recuerdos de sus años jóvenes!.

Que Dios purifique nuestra memoria a fin de que estemos vueltos enteramente a Él y conozcamos la verdadera esperanza. Ella no busca apoyo ni en los conocimientos del hombre, ni en sus amistades; la verdadera esperanza no cuenta sino con la misericordia de Dios y, tú lo sabes, es sólo por la misericordia de Dios que seremos salvos.


LA IGLESIA, LUGAR DE AMOR Y DE FE

No hay vida monástica fuera de la Iglesia. La Iglesia es el lugar de la divinización del hombre. Si tú quieres ser uno con Dios, no vayas a otra parte. El zen, el yoga y todas esas cosas no hacen más que fortalecer en tí, el hombre viejo pero no pueden hacer nacer el hombre nuevo. Hoy, se considera mucho el equilibrio psíquico como norma de santidad. La gracia no contradice la naturaleza, es cierto, pero yo conozco hombres cuyo equilibrio psíquico era dudoso y tenían un verdadero deseo de Dios y un auténtico amor al prójimo.

La Iglesia no es una Iglesia de perfectos, sino de hombres que atienden a su salvación, no con sus propios esfuerzos o con sus técnicas milagrosas, sino con la misericordia de Otro.
El amor de Dios es el que nos salva y nos deifica. La Iglesia es el lugar en que este amor se nos comunica. ¿Por qué buscarlo en otra parte?.

Pero los orgullosos no aman a la Iglesia.  Hay que ser humilde, hay que ser un niño para aceptar que Dios pase por los sacramentos, por estos pobres signos sensibles, y por los hombres, estos pobres hombres que no están, generalmente, a la altura de los misterios que celebran ni de la palabra que anuncian.

La Iglesia, es la carne de Jesucristo, y los orgullosos rechazan siempre a la Encarnación. Sólo el ladrón reconoció en este hombre crucificado a su lado, al Señor de la gloria.

Hay que contemplar a la Iglesia con los ojos de la fe para discernir en ella la comunicación del Espíritu Santo y del Reino futuro. Si el monje no tuviera los ojos de la fe, sería como un ateo que no ve en ella sino pompas inútiles, hipocresía y escándalo.

La Iglesia es también la Iglesia de los santos. Los frescos, el iconostasio, están allí para recordarnos su presencia. La Iglesia del cielo y la Iglesia de la tierra no están separadas. No hay más que una Iglesia. Cuando el monje ve su mediocridad y su impotencia, entonces se vuelve hacia los santos y, con su ayuda, no desespera. 




Film documental Un día en la vida de un monasterio de monjes en Abjasia:




Documental en español Monte Athos:



Notas:
Título original "Paroles du Mont Athos". Les editions du Cerf, París, Francia.