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miércoles, 6 de noviembre de 2013

La Oración de Jesús. Por el Archimandrita Sophrony - Parte II

San Silouan del Monte Athos, y su hijo espiritual, Sophrony.

La secuencia de la Revelación expuesta en la Sagrada Escritura coincide en gran medida con nuestro progreso espiritual. Nuestro crecimiento es semejante al de nuestros antepasados y padres. Al comienzo, los hombres poseen intuitivamente una noción del Ser supremo. A continuación, el espíritu del hombre va conociendo nuevos y nuevos atributos de Dios; y de este modo llega la hora suprema de Sinaí, Yo soy, el momento de la zarza ardiente (cf. Ex 3,14). En los siglos siguientes la experiencia espiritual y la comprensión del misterio se profundizan, pero no alcanzan la perfección que llega con Aquél que era esperado. 

Aquél que en su Esencia trasciende cualquier nombre se revela a la criatura racional, creada “a su imagen”, a través de muchos nombres: Eterno, Omnisciente, Omnipotente; Luz, Vida, Belleza, Sabiduría, Bondad, Verdad, Amor; Justo, Salvador, Santo, Santificador, etc. En cada uno y mediante cada uno de ellos, experimentamos la proximidad y la llegada a nosotros de un solo y único Dios. En razón de su indivisibilidad, lo recibimos entero. Es correcto pensar así, pero a la vez ninguno de estos nombres agota lo que Él es. En su esencia, su Ser trasciende todo nombre y, no obstante, Él continúa revelándose en los hombres.

Hace veinte siglos – según nuestro cómputo- llegó Aquél  a quien esperaban los pueblos, el Logos del Padre. Supracósmico en su Esencia, el Creador de nuestra naturaleza tomó “condición de siervo haciéndose semejante a los hombres” (Flp 2,7). El que es sin comienzo, Palabra del Padre, “se hizo carne y puso su morada entre nosotros” (Jn 1, 14). El Eterno se manifestó en el tiempo. La Revelación nos trajo un Nombre nuevo: Jesús, Salvador, o Dios-Salvador. Una gran Luz entró en la vida del mundo. Empezó una nueva era. Santa fue la historia desde Adán hasta Moisés; santa fue la teofanía de Dios en el Sinaí; más santo aún fue el momento de la llegada de Cristo.

La idea de un Dios Salvador ya existía antes, pero con otro contenido, en otras dimensiones, con una concreción incompatiblemente menor. “El pueblo postrado en tinieblas ha visto una intensa luz; a los postrados en tierra de sombras de muerte les ha amanecido una luz” (Mt 4, 16).

El nombre de Jesús nos revela ante todo el sentido y el fin de la llegada de Dios en la carne “para nuestra salvación”. El hecho de que Dios asuma nuestra naturaleza creada muestra que nosotros también podemos llegar a ser hijos de Dios. Nuestra adopción filial nos permite unirnos a la forma divina del Ser: “En Él reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente” (Col 2, 9). Después de la Ascensión, Él se sentó a la derecha del Padre, pero permaneciendo como Hijo del hombre. Veamos cómo lo dice Él mismo: “Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y yo les he amado a ellos como tú me has amado a mí. Padre, quiero que donde yo esté estén también conmigo los que tú me has dado, para que contemplen mi gloria, la que  me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo…Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos” (Jn 17, 22-26).

Nuestra inteligencia enmudece admirada ante este misterio: el Creador se reviste de los creado; el Eterno e invisible acepta para sí la forma temporal y transitoria del ser; el Espíritu  que trasciende toda intelección se ha hecho carne y nos ha dado la posibilidad de tocarle con nuestra manos y de verle con nuestros ojos corporales; impasible se ha entregado a los sufrimientos. La vida sin comienzo se ha unido a la muerte.

El pensamiento filosófico, confrontado consigo mismo, no puede aceptar la predicación evangélica. Es una locura para él. El Absoluto de los filósofos, que vive en las creaciones de su mente, no da permiso para que Dios se abaje hasta la forma de esclavo (cf Flp 2, 7). El Absoluto, tal como ellos se lo representan, es en realidad el no-ser en sentido pleno. Antes de la llegada de Cristo hubo espíritus que construyeron seductoras teorías sobre un Absoluto abstracto. Si en nuestros días tales tendencias vuelven a aparecer, esto no debe extrañarnos, pero desgraciadamente son muchos los que caen en esta aberración espiritual. Ellos no han escuchado el himno grandioso que cantó San Pablo: “Dice la Escritura: ‘Destruiré la sabiduría de los sabios, e inutilizaré  la inteligencia de los inteligentes’…porque…quiso Dios salvar a los creyentes mediante la necedad de la predicación. Así, mientras los judíos piden señales y los griegos  buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina es más fuerte que la fuerza de los hombres (1 Cor 1, 19-25). “La Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros” (Jn 1, 14). Nosotros no alcanzamos a saber cómo es esto posible, pero no excluimos que Aquél que creó nuestra naturaleza pueda asumirla en su hipóstasis. Él no asumió una nueva hipóstasis, la humana; Él, permaneciendo en su eterna Hipóstasis divina, unió la Naturaleza divina con la naturaleza creada. Él nos manifestó en su carne la perfección del Padre y mostró con una excepcional fuerza la compatibilidad entre Dios y el hombre.

Cristo nos ha dado el conocimiento de la Santa Trinidad: del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Moisés entendió, bajo Nombre de Yahvé –Yo soy-, una sola Perona. El Verbo y el Espíritu Santo eran, para él, energías de Uno que Es. A nosotros se nos ha revelado que el Logos y el Espíritu son hipóstasis iguales al Padre: Uno en su Esencia, Dios es diverso en sus hipóstasis. Imagen de este Dios, en la naturaleza humana es una en una multiplicidad de hipóstasis.

El Nombre Yo Soy, en razón de la Unidad en Dios, se apropia a toda la Trinidad y a las tres Personas en particular. Como en muchos otros nombres divinos, este Nombre puede y debe ser entendido sea como un Nombre común (toda la Santa Trinidad) sea como nombre propio (de cada una de las tres Personas). Así mismo, el nombre “Señor” se puede aplicar a las tres Personas en su conjunto y , al mismo tiempo, sirve como nombre propio para cada una de ellas. Lo mismo puede decirse del Nombre Jesús, es decir, “Dios-Salvador”. Pero de hecho utilizamos el nombre Jesús exclusivamente como nombre propio de Cristo, segunda Persona de la Santa Trinidad.

En la antigüedad el conocimiento de Dios se daba al espíritu humano a través de los Nombres que revelaban las principales propiedades de Dios, sus atributos: poder, omnipresencia, omnisciencia, gloria y otros. A Moisés le fue dado el Nombre de Yahvé como Nombre propio de Dios.

A través de la Encarnación del Logos del Padre nosotros establecemos un contacto con Dios de tal calidad y con tanta plenitud que no esperamos otra nueva revelación que complete la que ya hemos recibido. Lo único en lo que debemos esforzarnos es en cumplir los mandamientos a fin de asimilar este don en sus dimensiones verdaderas: Él ha vivido entre nosotros, en las condiciones de nuestra caída; Él ha hablado en nuestra lengua; se ha abajado hasta el punto de dejarse tocar por nuestras manos; bajo forma visible nos ha manifestado en plenitud al Padre invisible; Él nos ha revelado todo lo que concierne a la relación entre Dios y el hombre. La salvación que nos ha aportado tiene un carácter extraordinariamente concreto. Empezó su predicación con una invitación: “convertíos, porque el Reino de los cielos está cerca”(Mateo 4, 17). En esta exhortación vemos cómo se prolonga la conversación de Dios con Adán en el Paraíso (cf. Gn 3, 8ss).

Grande es el Nombre Yo soy; grande es el Nombre de la Santa Trinidad; grande es también el Nombre de Jesús. Mucho se puede decir sobre este Nombre, mucho, pero no podría agotarse su contenido. Este Nombre pertenece a Aquél a quien todo lo que existe debe su ser: “Todo se hizo por Él y sin Él no se hizo nada de cuanto existe. En él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres” (Jn 1, 3-4). Él era “en el principio”, es decir, es el principio de todo el universo. En la vida intratrinitaria, Él está vuelto hacia el Padre; en el acto de la creación, el Verbo mismo está vuelto hacia aquéllos que han sido creados a su imagen.

El Nombre de Jesús, como portador del conocimiento y como energía de Dios, está en relación con el mundo; además, en cuanto Nombre propio, está ontológicamente vinculado a la hipóstasis que nombra. Este Nombre es, pues, una realidad espiritual. Su sonido puede identificarse con el nombrado, pero no necesariamente. Su dimensión fonética ha sido otorgada a muchos mortales, pero cuando oramos damos a este Nombre otro contenido y lo proferimos con otra actitud espiritual. Es un puente entre nosotros y la persona del Señor, es un canal por el que recibimos la fuerza divina. Procedente del Dios Santo, es él mismo santo y nos santifica a través de su invocación. Con este Nombre y gracias a él, la oración recibe una cierta tangibilidad: este Nombre nos une a Dios. En este Nombre, en Cristo, Dios está presente como en un receptáculo, como en un vaso precioso lleno de perfume. A través de él, el Trascendente llega a ser inmanente de una manera perceptible. Siendo energía divina, procede de la Esencia divina y es en sí misma divina.

Cuando oramos siendo conscientes de lo que decimos nuestra oración se convierte en un acto temible y al mismo tiempo triunfal. En el Antiguo Testamento se dio el mandamiento de no pronunciar el Nombre de Dios en vano; pero a nosotros Dios nos ha dado el mandamiento, acompañado de una promesa, de “pedir al Padre en su Nombre”. Después de la venida de Cristo, todos los Nombres divinos se nos abren en su significación más profunda. Deberíamos también temblar –como sucede a muchos ascetas con los que tuve ocasión de vivir- al pronunciar el santo Nombre de Jesús. Es atrevido por mi parte afirmar que yo mismo he podido ser un testimonio viviente de que, invocando este Nombre adecuadamente, todo nuestro ser se llena de la presencia del Dios eterno; su invocación transporta nuestra mente a otras esferas; nos dota de una peculiar energía de una nueva vida. La Luz divina, de la que no es fácil hablar, se hace presente con este Nombre. 

Nosotros sabemos que no sólo el Nombre de Jesús, sino todos los otros Nombres que nos han sido revelados de los Alto nos vinculan ontológicamente con Dios. Lo sabemos por la experiencia de nuestra Iglesia. Todos los sacramentos de la Iglesia se realizan bajo la invocación de los Nombres divinos; y especialmente de la Santa Trinidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Todo nuestro culto se fundamenta en la invocación de los Nombres de Dios. Nosotros no atribuímos un poder mágico a las palabras en cuanto fenómenos sonoros, sino que las pronunciamos en cuanto confesiones de fe verdadera, en actitud de temor de Dios, de reverencia y amor; en verdad tenemos a Dios juntamente con sus Nombres. 

De generación en generación los sacerdotes han conservado el conocimiento de la fuerza de los Nombres de Dios y han celebrado los sacramentos con una profunda sensación de la presencia del Dios vivo. A ellos les fue revelado el santo misterio que se realiza en la Divina Liturgia. Ellos no dudaron de que el Cuerpo y la Sangre de Cristo están delante de nosotros en su auténtica realidad: sobre el pan y el vino se han invocado el Nombre de Aquél cuya Palabra, una vez pronunciada, se convierte en “hecho”. “Dijo Dios: ‘Haya Luz’, y hubo luz” (Gn 1,3).

El olvido del carácter ontológico de los Nombres divinos, la ausencia de experiencia de ellos en la oración y en la celebración de los sacramentos ha vaciado la vida de muchos creyentes. Para ellos, la oración e incluso los mismos sacramentos pierden su realidad eterna. El Acto divino de la Liturgia decae entonces en una simple conmemoración psicológica e intelectual. Muchos llegan al extremo de considerar la oración como una pura pérdida de tiempo, sobre todo cuando la oración por una necesidad terrena no ha sido escuchada… ¿No es la unión con Dios el milagro de los milagros de nuestro ser? Esta es aquella “parte bendita” que la muerte no nos arrebatará (cf. Lc 10, 42). El hecho de la resurrección, he aquí lo que constituye el centro y el sentido último de nuestra venida al mundo. El amor a Cristo, que llena todo nuestro ser, cambia radicalmente nuestra vida. Por la Encarnación Él ha unido en sí mismo a Dios con el hombre y nos ha permitido acceder al Padre. ¿Podemos desear algo mayor?.

Los que aman a Dios y a su Nombre se deleitan con la lectura del Evangelio y en general de la Sagrada Escritura. Los Nombres divinos, la Luz y el sentido que de allí proceden, les atraen con tanta fuerza que ninguna otra realidad puede seducirles. Con qué gran inspiración divina dice el Apóstol Pedro: “Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hch 4, 12), o “No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te doy: en nombre de Jesucristo Nazareno, ponte a andar” (Hch 3, 6). En otra ocasión, los apóstoles elevaron su voz a Dios y dijeron: “Señor, tú que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos…, ten en cuenta sus amenazas (los reyes y los poderosos de este mundo: los Herodes, los Pilatos, así como los paganos y el pueblo judío) y concede a tus siervos que puedan predicar tu Palabra con toda valentía, extendiendo tu mano para que realicen curaciones, señales y prodigios por el nombre de tu santo Hijo Jesús. Acabada su oración, se estremeció el lugar donde estaban reunidos, y todos quedaron llenos del Espíritu Santo y predicaban la palabra de Dos con valentía…, y una gran gracia estaba en ellos” (Hch 4, 24-33).

Así, toda la Sagrada Escritura, desde el comienzo hasta el final, es un testimonio sobre Dios a través de los Nombres. Nuestro espíritu se llena de gozo con las palabras sagradas y el alma agradece a Dios el habernos dado ese don inestimable. 

El conocimiento de Dios se desarrolla en el hombre lentamente. Pasan los años, uno tras otro, antes de que se despliegue ante nosotros el magnífico cuadro del Ser: la Creación del mundo con  todos sus fenómenos y fuerzas cósmicas, y la del hombre cuando “el Señor insufló en sus narices aliento de vida” (Gn 2, 7). El hombre es el principio que establece el vínculo entre Dios y el resto de la creación, porque en él se realiza el encuentro entre las energías cósmicas creadas (1) con el Increado. A toda energía que procede de Dios, de la Esencia divina, los teólogos la llaman “divina”. La esencia es incomunicable al hombre, pero la vida divina le es comunicada por el poder de la acción divina. El acto de la divinización se realiza por la gracia increada. En el Nuevo Testamento la revelación del Tabor constituye el ejemplo más significativo de la manifestación de la energía divina. Procediendo de la nube luminosa que les cubrió, los discípulos escucharon la voz del Padre: “Este es mi Hijo amado” (Mt 17, 5). La luz y la voz, inexplicables las dos, eran “divinas”.

Nos es indispensable a cada uno de nosotros distinguir la procedencia de las energías divinas. La incapacidad de discernimiento entorpece nuestro crecimiento espiritual. 

Conviene advertir que en la oración de Jesús no nos encontramos ante algo automático o mágico. En efecto, si no nos esforzamos en observar sus mandamientos, la oración del Nombre se hará en vano. Él mismo ha dicho: “Muchos me dirán aquel día: ‘Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?’. Pero yo les responderé: ‘No os conozco de nada. ¡Apartaos de mí, malvados’!” (Mt 7, 22-23). Es esencial que nos parezcamos a Moisés, que soportó pacientemente grandes dificultades, como si estuviera viendo al Dios Invisible (cf. Heb 11, 27); y que invoquemos a Dios conociendo el vínculo ontológico que existe entre el Nombre y el Nombrado, la Persona de Cristo. El amor hacia él crecerá y se perfeccionará a medida que aumente y se profundice en nosotros el conocimiento de todo lo relativo a la vida del Dios amado. Cuando en el plano humano queremos a alguien, mencionamos con gusto su nombre y no nos cansamos de repetirlo. Esto es incomparablemente más verdadero cuando evocamos el Nombre del Señor.

Cuando una persona a la que nosotros amamos se nos abre cada día y nos muestra sus dones, aumenta su valor a nuestros ojos y nos alegramos al descubrir en ella nuevos rasgos. Así sucede con el Nombre de Jesucristo. En él descubrimos con avidez nuevos misterios de los caminos de Dios, y nos convertimos en portadores de la realidad que se concentra en su Nombre. Gracias a este conocimiento vivo que brota de la propia experiencia de nuestra vida, entramos en comunión con la Eternidad: “Ésta es la vida eterna; que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3).

Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de nosotros y de tu mundo.

El Nombre de Jesús fue dado por revelación de lo Alto. Procede de la esfera divina eterna y de ningún modo aparece como un producto de la inteligencia terrena, por más que se exprese en una palabra humana. La Revelación es un acto de la Energía divina, y en cuanto tal, pertenece a otro plano y trasciende las energías cósmicas (2). El nombre de Jesús, en su gloria celeste, es metacósmico. Cuando pronunciamos el Nombre de Cristo, pidiéndole que esté en comunicación con nosotros, Él, que lo llena todo, nos atiende y nosotros entramos en un contacto vivo con Él. 

En cuanto Logos del Padre, permanece con él en unidad indivisible; así, Dios Padre entra en relación con nosotros a través de su Verbo. Cristo es el Hijo unigénito coeterno al Padre; por esta razón dice: “Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14, 6). Jesús significa: Dios-Salvador. En realidad, este Nombre puede ser atribuido tanto a la Santa Trinidad como a cada una de sus hipóstasis por separado. Pero en nuestra oración, el Nombre de Jesús se utiliza exclusivamente para designar el nombre propio de Dios-Hombre; así es como nuestro entendimiento se dirige a él. Dice el apóstol Pablo: “En Él reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente” (Col 2, 9). En Él no sólo está Dios, sino también todo el género humano. Cuando oramos en Nombre de Jesucristo nos colocamos en la plenitud absoluta del Ser-Primero increado y en la plenitud del Ser creado. Para entrar en esta plenitud del Ser, debemos acogerle a Él de tal modo que su vida se convierta en la nuestra por medio de la invocación de su Nombre y de acuerdo con sus mandamientos.

Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador.

“Aquél que se une al Señor, se hace un solo espíritu con Él” (1 Cor 6, 17).

Si me he demorado tanto en la comprensión dogmática de la oración de Jesús, se debe a que en las últimas décadas me he encontrado repetidas veces con visiones erróneas sobre la práctica de esta oración. Resulta particularmente inaceptable la confusión del yoga, con el budismo e incluso con la “meditación trascendental”, amén de otras prácticas parecidas. La diferencia radical entre el cristianismo y cada una de estas formas de espiritualidad consiste en que, en la base de nuestra vida, se encuentra la Revelación del Dios personal: Yo Soy. Todos los otros caminos alejan al entendimiento del hombre de las relaciones personales con Dios y lo conducen a un abstracto absoluto transpersonal, a un ascetismo impersonal.

Quizá alguno de estos tipos de meditación, vaciando nuestro pensamiento de toda imagen, puede darnos una sensación de serenidad, de paz, una salida de los límites espacio-temporales, pero falta en ella la actitud consciente de estar ante un Dios personal. No se da en ella una oración real, rostro a Rostro. El que se aventura por estos caminos puede lograr la autosatisfacción por las experiencias psíquicas a las que estas prácticas dan lugar; sin embargo, lo que resulta mucho peor, puede hacer que la noción misma del Dios vivo, del Absoluto Personal, le resulte definitivamente ajena. No son raros los intentos insensatos de conseguir, en poco tiempo, una “consciencia cósmica”, e incluso una experiencia del absoluto suprapersonal. De hecho, una ascesis de esta índole se aparta del verdadero Dios, de Aquél que verdaderamente Es.



La enseñanza evangélica no sólo habla de un Dios personal, sino de una inmortalidad también personal de los que se salvan. Ésta se alcanza mediante la victoria sobre las pasiones. Tarea elevada y grandiosa; pero el Señor ha dicho: “Tened confianza, yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). Nosotros sabemos, sin embargo, que esta victoria no ha sido fácil. De nuevo Cristo nos dice: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran. Guardaos de los falsos profetas” (Mt 7, 13, 15). ¿En qué consiste la perdición? En que los hombres abandonan al Dios viviente que se ha manifestado y se dirigen deliberadamente a la “nada”. A esa nada de la que han sido llamados a salir con la promesa de tomar parte en la felicidad eterna, bajo la forma de la adopción filial por parte de Dios, por la inhabitación en ellos de la Santa Trinidad.


Para creer en Cristo es necesario tener la simplicidad de la fe de un niño; “Si no cambiáis y no hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos” (Mt 18, 3); o bien poseer la locura audaz de un Pablo, quien decía: “Nosotros, necios por seguir a Cristo…nosotros, débiles…, hemos venido a ser, hasta ahora, como la basura del  mundo y el deshecho de todos” (1 Cor 4, 10-13); y sin embargo: “Os ruego que seáis mis imitadores, como yo lo soy de Cristo” (1 Cor 4, 16), “pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo” (1 Cor 3, 11).


La experiencia cósmica en la conciencia cristiana se da por la oración que se asemeja a la oración de Getsemaní, no en una trascendencia filosófica. “Y les dijo: Así está escrito…, y se predicará en su nombre la conversión para el perdón de los pecados a todas las naciones…Y vosotros sois testigos de estas cosas. Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Por vuestra parte, permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto” (Lc 24, 46-49).



Notas


(1) La actividad y la vida propias de lo creado

(2) Es decir, trasciende la capacidad y la actividad propias del ámbito creado, porque pertenece a la vida y a la manifestación (Energía divina) del Increado. El autor expresa continuamente su pensamiento utilizando las categorías teológicas de Gregorio Palamas.

 Extraído de “La Oración. Experiencia de la eternidad”. Archimandrita Sophrony. Ed. Sigueme.

sábado, 26 de octubre de 2013

La Oración de Jesús. Por el Archimandrita Sophrony - Parte I


Archimandrita Sophrony (Sakharov)
El Archimandrita Sophrony (Sakharov) nace en Moscú en 1896,
donde estudia Bellas Artes. A causa de la situación revolucionaria de su país,
huye al extranjero y se establece en París en el año 1922, dedicándose a la pintura.
Tras experimentar al Dios personal de la fe cristiana,
abandona el misticismo oriental de su primera juventud.
En 1925 llega al Monte Athos e ingresa como monje en el
monasterio ruso de Haghiou Panteleimonos (San Pantaleón).
En dicho cenobio conoce a Silouan, del que se convierte en discípulo.
Ordenado diácono en 1930 y sacerdote en 1941, regresa a Francia al finalizar la
Segunda Guerra Mundial y se dedica a transmitir el mensaje de su padre espiritual.
En 1959 se establece en Inglaterra y funda el monasterio de San Juan Bautista, en Essex.
Escribe su autobiografía espiritual, como así también la vida y
edita las obras de su maestro San Silouan el Athonita.
Muere el 11 de julio de 1993, a los 96 años de edad.


En nuestros días, la oración del nombre de Jesús ha encontrado una amplia difusión por todo el mundo. Muchos escritos han aparecido sobre ella que merecen un examen atento. Sin embargo, paralelamente, se han emitido también no pocas ideas absurdas sobre esta oración. Por esta razón he decidido redactar un corto tratado sobre el particular, con el fin de, por una parte, prevenir a los que la practican con fervor de no exponerse por caminos poco trillados y, por otra, fijar los fundamentos teológicos y ascéticos de esta extraordinaria cultura del espíritu.

La teoría de esta oración puede ser expuesta en pocas páginas, pero su aplicación práctica en la ascesis cristiana está unida a tantas dificultades que ya desde su comienzo los Padres y los doctores de la Iglesia aconsejaban a los que desean esta forma de unión con Dios acercarse a ella con temor, y buscar un guía de amplia experiencia en este esfuerzo ascético. No espero en modo alguno agotar este importantísimo tema, sino que me limitaré a exponer aquí algo de las enseñanzas que recibí durante mi estancia en la Santa Montaña, primero en el monasterio de San Pantaleón y luego en la soledad de “eremo”. Es imposible en esta exposición evitar repeticiones de lo que ya ha sido escrito por otros autores. Creo, sin embargo, que semejantes repeticiones  no sólo no resultarán excesivas, sino que incluso son necesarias para que el tema reciba una luz complementaria en otro contexto.
El Señor, en las últimas horas de su vida, nos dijo: “Hasta ahora nada habéis pedido al Padre en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado…Yo os aseguro: lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dará” (Jn 16, 24 y 23). Estas palabras muestran los fundamentos dogmáticos y ascéticos de la invocación del Nombre.

No hay duda alguna de que los discípulos de Cristo observaron este mandamiento. Con toda seguridad, los discípulos ya tenían experiencia de la fuerza de su Nombre cuando fueron enviados, como “ovejas entre lobos” (cf. Mt 10, 16), a traer la paz a los hombres, a curar sus enfermedades y a anunciar la llegada del Reino de Dios: “Regresaron los setenta y dos alegres, diciendo: Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre” (Lc 10, 17). Y en otra ocasión: “Tomando Juan la palabra, dijo: Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre” (Lc 9, 49).
Así pues, el recurso a la oración del Nombre de Jesús se remonta a tiempos apostólicos. No se nos ha conservado la formulación literal de estas palabras, pero todo el Nuevo Testamento atestigua que los discípulos realizaron extraordinarios milagros con la invocación del Nombre de Jesús.
Pero ¿qué entendemos por este Nombre divino?. ¿Es necesario para orar “en su Nombre” conocer el significado, las propiedades, la naturaleza de este “Nombre”?. Sí, es incluso indispensable para que “nuestro gozo sea colmado” (cf. Jn 15, 11 ).

Las profundidades de la vida en Cristo son insondables; para poder asimilarlas es necesario un largo proceso y una gran tensión de todas nuestras fuerzas. Y la comprensión del contenido y del sentido del Nombre de Dios sólo se adquiere gradualmente. Una sola invocación ocasional puede llenar nuestro corazón de alegría, y eso ya es inestimable, Pero no debemos quedarnos a medio camino. Nuestra vida aquí en la tierra es corta y conviene aprovechar cada una de sus horas para que nuestro conocimiento de Dios crezca. Cuando se aúnan la alegría del corazón y la luz del entendimiento, nos acercamos a la perfección.

Yo me encontré con esta grandiosa cultura de la oración en la Santa Montaña. Naturalmente, ansiaba saber cómo los Padres entendían este importante aspecto de la ascética cristiana. Llegué al Monte Athos en 1925. Pocos años antes se había originado una tempestuosa disputa acerca de la naturaleza del Nombre de Dios. En el ardor de la controversia, semejante a la polémica del siglo XIV sobre la naturaleza de la Luz del Tabor, se dieron en las dos partes contendientes conductas que desdecían de personas que habían confiado su alma en manos del Todopoderoso. Esta controversia presenta analogías con los debates seculares entre nominalismo y realismo, idealismo y racionalismo. Estos últimos se apaciguaron durante años para volver a renacer bajo otras formas. Nos hallamos ante dos disposiciones naturales distintas: por un lado, los profetas y poetas; y, por otro, los eruditos y tecnócratas. Pero no pretendo extenderme en la cara exterior de lo que sucedió entonces, sino que prefiero concentrar mi atención en lo esencial del problema, a fin de comprender el imperecedero conocimiento que viene de los Alto, y del que fueron juzgados dignos los santos ascetas, amantes de la oración.

La vida de cada uno de nosotros se encuentra estrechamente asociada a nuestra concepción del mundo, de nosotros mismos y de Dios. La oración en sus grados más elevados requiere el conocimiento más exacto posible del Ser divino. “Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado plenamente lo que seremos. Sabemos por experiencia que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque “lo veremos tal cual es (1 Jn 3.2). Y nosotros sabemos también, gracias a la experiencia milenaria de todo el género humano, que el intelecto natural, por sí mismo y en nuestro estado de pecado, no puede ir más allá de ciertas conjeturas en lo que se refiere al  conocimiento de Dios. De modo parecido a lo que sucede en la vida de cada uno de nosotros, Dios se revela gradualmente en la humanidad; tal como aparece en la Biblia, Él se ha manifestado “de una manera fragmentaria y de muchos modos” (Heb 1, 1) a los Padres y a los Profetas, con fuerza y profundidad crecientes. La primera mención de la invocación del Nombre de Dios es todavía bastante oscura: “También a Seth le nació un hijo, al que puso por nombre Enós. Este fue el primero en invocar el nombre de Yahvé” (Gen 4, 20). Después de esto, Dios se reveló a Abrahán, a Isaac y a Jacob extendiendo sin cesar el horizonte del Nombre: “Me aparecí a Abrahán, a Isaac y a Jacob como El-Sadday; pero no me di a conocer a ellos con mi nombre de Yahvé” (Ex 6, 3). Dios se nombra a sí mismo como Dios de Abráhan, de Isaac y de Jacob. A Moisés se le apareció en una zarza ardiendo y se le reveló como: “Yo soy el que soy” (Yahvé)”.  (Ex 3, 14). Esta revelación que Dios hizo de sí mismo la completó más tarde: “Descendió Yahvé en forma de nube y Moisés se puso allí junto a Él. Moisés invocó el nombre de Yahvé. Yahvé pasó por delante de él y exclamó: “Yahvé, Yahvé, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su  amor por mil generaciones, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado, pero no los deja impunes; que castiga la iniquidad de los padre en los hijos y en los hijos de los hijos hasta la tercera y cuarta generación” (Ex 34, 5-7).

Así Dios, al comienzo se reveló a Moisés como persona, como único y verdadero Ser, con atributos todavía desconocidos. Más tarde la Revelación manifiesta las propiedades de este Yo soy como Dios misericordioso y amigo del hombre. Pero esto todavía resultaba vago, y Moisés era consciente del carácter incompleto del conocimiento al que había llegado.

Los profetas tampoco consiguieron la plenitud que buscaban. Pero escuchemos las palabras de Isaías: “Así dice Yahvé, vuestro libertador,  el Santo de Israel: …Yo soy el Señor desde el principio y lo seré hasta el final para que me conocierais y creyerais y comprendierais que yo soy Dios. Antes de mí no fue formado ningún dios, y ninguno existirá después” (Is 43, 14M 41, 4; 43, 10). Este Dios, “el Primero y el Último”, se reveló como Absoluto personal y viviente; no como una “omni-totalidad” abstracta, ni como una “mónada” transpersonal o algo parecido. Es, pues, evidente que el espíritu de los Profetas de Israel estaba dirigido hacia el Ser primero, hacia Aquél que Es desde el comienzo. Es precisamente esta disposición la que caracteriza al hombre, imagen del Absoluto. El anhelo del hombre no se detiene en ningún estado o ser intermedio, sea el que sea. 

Según la narración bíblica, cada nueva revelación se aceptaba como una manifestación de Dios y como una intervención personal e inmediata. Así, el Nombre divino mismo era vivido como una Presencia de Dios. En el Nombre se contenían dos fuerzas: por una parte, la presencia del Dios viviente y, por otra, un conocimiento sobre Él. De ahí el temor a invocar el Nombre de Dios en vano (cf. Ex 20, 7). En la medida en que se enriquecía la revelación de los atributos divinos y de sus obras, el conocimiento de Dios en general se hacía más profundo. Pero a pesar del convencimiento de los israelitas de ser el pueblo elegido, de que el Altísimo, hasta  la aparición de Cristo, se revelaba personalmente a Israel, los Profetas no cesaron de gemir y de suplicar que Dios viniese a su tierra y trajera el conocimiento completo de sí mismo; conocimiento hacia el cual el espíritu del hombre aspira de modo insaciable.
Dios se revela como Providencia, como Liberador, Salvador y bajo otras formas, pero en el espíritu de los hombres todo estaba cubierto por un velo. En un momento trágico de su vida, Jacob regresó de su estancia con Labán al lugar de su nacimiento; allí vivía todavía Esaú, con quien Jacob temía encontrarse. De noche se quedó solo, apartado del campamento, y luchó con Dios. No habían sido fáciles para él los años pasados con Labán y ahora temía el encuentro con Esaú. Buscaba una bendición y una protección, pero en su encarnizada lucha se querelló contra Dios y le acusó (Gn 32, 24).

La misma lucha se encuentra en la vida de los profetas Elías y Jonás. Elías dijo al Señor: “¡Basta ya, Yahvé! ¡Toma mi vida, porque no soy mejor que mis padre!...Ardo en celo por Yahvé, Dios Sebaot, porque los hijos de Israel te han abandonado, han derribado tus altares, y han pasado a espada tus profetas; solamente quedo yo y buscan mi vida para quitármela” (1 Re 19, 4 y 10). En su queja, Jonás habla a Dios: “Señor, Tú me enviaste con insistencia a anunciar a los ninivitas que su ciudad sería destruída a causa de su impiedad e iniquidad; pero yo sabía que no lo harías porque bien sabía yo que Tu eres un Dios clemente y misericordioso, tardo en cólera y rico en amor, que se arrepiente del mal. Ahora, pues, Yahvé, puesto que mi profecía no se ha realizado y yo me avergüenzo, te suplico que me quites la vida, porque mejor me es la muerte que la vida” (Jon 4, 2-3). 

El caso de Job es aún más sorprendente: “¡Perezca el día en que nací, y la noche que dijo: Un varón ha sido concebido!... Lo manchen tinieblas y sombras…, la oscuridad de él se apodere, no se añada a los días del año… Y aquella noche hágase lúgubre, impenetrable a los clamores de alegría. Maldíganla los que maldicen el día..., la luz espere en vano y no vea los párpados del alba. Porque no me cerró las puertas del vientre donde estaba, ni ocultó a mis ojos el dolor. ¿Por qué no morí cuando salí del seno o no expiré al salir del vientre…? Pues ahora estaría acostado y tranquilo, en el gran reposo del no-ser… Allí acaba la agitación de los malvados… También están tranquilos los cautivos…, chicos y grandes son allí lo mismo en su condición de no-ser, y el esclavo es libre de su dueño. ¿Para qué dar a luz a un desdichado, la vida a los que tienen amargada el alma, a los que ansían la muerte que no llega,… y exultan cuando alcanzan la tumba, a un hombre cuyo camino está cerrado al conocimiento de Dios, y a quien Dios por todas partes cerca? (Job 3, 3ss).

En nuestros destinos particulares se encuentra algo del destino de los Profetas. Israel luchó con Dios; ¿quién de nosotros no ha tenido también conflictos con Él?. El mundo entero está sumido en la desesperación y no encuentra salida, abrumado por combates sin fin. Toda la tierra le hace responsable de sus sufrimientos. La vida no es algo simple y no es fácil penetrar en las profundidades del sentido del ser.

Don fortuito, don engañoso
vida, ¿para qué me has sido dada?
¿Por qué extraño destino,
a la muerte, estás condenada?.
¿Quién desde su poder y de su ira,
de la nada me ha sacado?
¿Quién de pasión mi alma ha llenado
y de duda mi espíritu ha agitado?.

Así, con profunda pena, escribe el poeta expresándose con palabras parecidas a las de Job.
Quedarse siempre abrumado por la oscuridad de la ignorancia es a la vez humillante y deprimente. Nuestro espíritu busca un diálogo inmediato con Él. ¿Quién me sacó del reposo del no-ser, y me arrojó a esta tragicomedia absurda e innoble?. Nosotros queremos saber quién tiene la culpa, ¿nosotros o Él, nuestro Creador?. Nosotros creemos que hemos llegado a este mundo sin quererlo e, incluso, contra nuestro parecer. ¿Quién de nosotros se acuerda de haber sido preguntado en algún momento, si quería nacer, habiendo anticipado obviamente lo que sería? ¿Tuvimos la posibilidad de rehusar este don? ¿Tenemos razón cuando acusamos a Dios de insensatez? (cf. Job 1, 22).

Y he aquí que yo escucho otra voz: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12). “Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí, como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva” (Jn 7, 37-38). ¿No deberíamos aceptar con fe la llamada de Cristo y luchar resueltamente por obtener el Reino del amor inmutable del Padre? ¿Y seguir el camino que Él, Cristo, nos ha mostrado? Si no nos ha sido dado crear algo “de la nada”, la idea misma de eternidad no puede reducirse a una creación de nuestra mente. Su presencia en el alma sería ontológicamente imposible sin la llamada de la misma eternidad. Si observamos con atención la realidad que nos rodea, advertiremos que a toda necesidad real le corresponde en el orden cósmico la posibilidad de satisfacerla; sólo hay que encontrar el camino. En la historia del progreso científico, muchas ideas que antes parecían audaces se realizan ante nuestros ojos como banales realidades cotidianas. ¿Por qué pues dudar de que mi sed de bendita inmortalidad y de unión con el Creador encontrará su realización?.

¡Cómo cambia radicalmente todo cuando el corazón se abre súbitamente a la llamada de Cristo! Cualquier instante de nuestra vida se convierte en algo precioso y adquiere un sentido profundo. Sufrimientos y alegrías se aúnan admirablemente en esta nueva ascesis. Ante nuestros ojos se alza una escala que llega hasta el cielo (cf. Gn 28, 12). “En adelante no te llamarás Jacob sino Israel; porque has sido fuerte contra Dios, y vencerás a los hombres” (Gn 32. 28-29), pero no preguntes mi nombre, pues es admirable y tú todavía no eres capaz de comprenderlo. Y sin embargo tú eres bendito. “El sol salió…pero él cojeaba del muslo” (Gn 32, 31): el camino hacia el conocimiento perfecto aún no había sido revelado, pero una anticipación había sido dada. Ésta se profundizará en la percepción de los Profetas, quienes proferirán palabras inflamadas sobre el acontecimiento futuro del Verbo: entonces la Luz perfecta, en la que no hay ninguna tiniebla, se nos aparecerá con toda su fuerza.

Estar en conflicto con Dios es un riesgo y puede llevar a la perdición, pero también puede fortalecernos para vencer al “hombre viejo”, deformado por el orgullo luciferino. Vencer con la humildad: “Y vencerás a los hombres”. ¿Cómo? Con la humildad. “Y dijo Jacob: ¡Oh, Dios de mi padre Abrahán, y dios de mi padre Isaac…, líbrame de la mano de mi hermano, de la mano de Esaú, porque lo temo, no sea que venga y nos ataque, a la madre junto con los hijos” (Gn 32, 10 y 12). “Jacob levantó los ojos y al ver que venía Esaú con cuatrocientos hombres…Jacob se les adelantó y se inclinó en tierra siete veces, hasta llegar donde su hermano. Esaú, a su vez, corrió a su encuentro, lo abrazó, se le echó al cuello, lo besó y ambos lloraron” (Gn 33, 1-4). Esaú estaba contrito, porque había odiado a Jacob a causa del engaño por el que le había robado la bendición de su padre, que le pertenecía a él. En Jacob-Israel se nos ha dado un ejemplo de humilde arrepentimiento. 

¿No será la crisis espiritual que se vive en todo el mundo la preparación de un nuevo gran renacimiento? Pues lo que se realiza en las almas particulares puede producirse también en muchos espíritus. Y esto puede llegar como una potente inundación; brillar como un rayo en medio de las tinieblas de la noche. La porción de historia que nos ha sido reservada puede y debe convertirse en un periodo que permita asimilar la profundidad del ser en todas sus dimensiones. A la luz de esta esperanza, nuestros mismos sufrimientos, si los pasamos por la oración, que alcanza los límites extremos de la tierra, contribuyen al despliegue majestuoso de este cuadro ante nuestros ojos: “El día al día comunica el mensaje, y la noche a la noche trasmite la noticia” (Sal 19,3). “Del límite del cielo, ella (la oración) se alza y su movimiento llega hasta el horizonte; y nada se interpone a su calor (de la oración)” (cf. Sal 19, 7). La oración nos conforta y nos alegra. Ella es el canal a través del cual recibimos la revelación de lo Alto.

Que el nombre del Señor nuestro Dios sea bendito ahora y siempre.





Notas:
Extraído de "La Oración. Experiencia de la Eternidad". Archimandrita Sophrony. Ed. Sigueme.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Entrevista al Hermano Ambrosio - Parte 2 (Video)


Hermano Ambrosio

Segunda parte de la entrevista al Hno. Ambrosio, monje del Monasterio de la Santa Resurrección, de Saint Nazianz, Wisconsin, durante su visita al Monasterio Bizantino de la Transfiguración de Pigüé, Argentina.

En esta parte nos comparte su testimonio vocacional.







Enlace al sitio web del Holy Resurrection Monastery:

http://www.hrmonline.org

lunes, 2 de septiembre de 2013

Entrevista al Hermano Ambrosio - Parte 1


Hermano Ambrosio, durante la entrevista

En el mes de agosto, el Monasterio Católico Bizantino de la Transfiguración de Pigüé, recibió la visita del Hermano Ambrosio, monje bizantino del Monasterio de la Santa Resurrección de San Nazianz, Wisconsin.

Enviado por su Abad, luego de una estadía en Brasil con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud, pasó unos días en el monasterio de Pigüé, para estrechar lazos de fraternidad y hermandad entre las comunidades monásticas.

El hermano Ambrosio, es un monje de 35 años de edad, nacido en Los Ángeles, California. Tuve la oportunidad de conocerlo un domingo, y luego de la Divina Liturgia, y antes de partir nuevamente hacia su monasterio, aceptó gustosamente responder a un par de preguntas que le he hecho para compartir en este blog.

En esta primera parte comparte acerca de su monasterio. En el próximo post de Teóforos, subiré una segunda parte con su testimonio vocacional completo.

Hno. Ambrosio, Raquel y Hno. Jonathan, frente a la Iglesia del Monasterio de la Transfiguración de Pigüé
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Hermano Ambrosio, ¿Puede compartir con nosotros algo acerca de la historia de su monasterio, y algunos aspectos del apostolado y las actividades que se desarrollan en torno al mismo?.

El Monasterio de la Santa Resurrección o Holy Resurrection Monastery, como es conocido en inglés, es una comunidad monástica que fue establecida en 1994. Originalmente estaba en el norte del estado de California, empezó un grupo de tres hombres los cuales estaban discerniendo, al principio tres australianos y más tarde se junta otro laico quien había vivido en Grecia por un año, y durante esta experiencia se encontró con las Iglesias Ortodoxas y de ahí un amor hacia el rito bizantino.

De los otros tres australianos, dos continuaron en el proyecto y forman una comunidad monástica, sin estatus jurídico al principio, en la zona de San Francisco. Luego se mueven al sur de California, en el Desierto de Mojave, un lugar árido con temperaturas de hasta 50°C, ráfagas de viento de 80-90km por hora. Un lugar árido, áspero, difícil. Pero la comunidad se mantiene ahí desde 1994/1995 hasta aproximadamente el 2005. Y en ese período, la comunidad estaba bajo la jurisdicción de la Iglesia Rutena, y posteriormente se transfiere a la jurisdicción de la Iglesia Greco Católica Rumana, con el actual Obispo John M. Botean.


Desde la izquierda: Fr. Basil, Fr. Maximos, Abbot Nicholas, Fr. Moses, Br. Ambrose, Deacon Patrick Firman (visitante), junio 2013.

Eventualmente, nuestro monasterio se muda a Wisconsin, adquirimos una propiedad que es un tanto más habitable, que al principio era un orfanato y un hospital, y después pasó a ser un convento, al cual se le añadió una capilla en 1906, posteriormente otra extensión, donde está ahora la trápeza o comedor. La propiedad del monasterio fue establecida en 1860, entonces tiene ya bastantes años, estamos hablando de casi 150 años, aproximadamente. Y nosotros nos mudamos a esta propiedad en octubre del 2011.

El carisma de nuestro monasticismo en particular, es muy similar a lo que se está haciendo aquí, en la comunidad de Pigüé.
Para nosotros el carisma es, en primer lugar, mantener la tradición del rito bizantino, y presentárselo a los católicos romanos en particular, los cuales no conocen mucho acerca del rito, o de la vida del Oriente Cristiano.

Interior de la Iglesia del Monasterio de la Santa Resurrección

En segundo lugar, nuestro carisma es enriquecer la Iglesia latina para que pueda redescubrir nuevamente sus raíces y el amor a la Liturgia, a través del respeto al rito bizantino.




Somos una comunidad tradicional monástica, similar a esta comunidad, en la cual nos abstenemos de ciertos alimentos, ayunamos los miércoles y los viernes durante el año, dependiendo de la festividad. Y durante otros períodos del año no hay ayuno de acuerdo al calendario establecido por la costumbre del rito bizantino.

A diferencia de esta comunidad de Pigüé, nosotros utilizamos el calendario juliano reformado. Es decir que las fechas fijas de fiesta para la Iglesia latina, nosotros participamos en ellas. Por ejemplo el 25 de diciembre que es Navidad también para nosotros, o por ejemplo la Asunción de la Santísima Virgen el 15 de agosto. Sin embargo las fechas que coinciden por ejemplo, con respecto a la Pascua, el día de Pentecostés, los ayunos correspondientes a la Pascua, y así sucesivamente, estan regidos por el calendario juliano reformado, nuevamente en el cual mantenemos las fechas que son en base a la Pascua, de acuerdo al calendario antiguo, como lo hacen aquí. Y esto nos da una polaridad positiva, en el aspecto que permite, por ejemplo, al Obispo de la diócesis latina, u otros obispos o sacerdotes de las diócesis latinas, puedan participar cuando la Pascua no coincida. Afortunadamente o desafortunadamente los siguientes dos años son en la misma fecha. Después en el 2016 ya será otra fecha distinta, y nuevamente esto nos permite tener un ecumenismo para poder enriquecer nuestras iglesias en base a esta comunión.


Con respecto a nuestra vida monástica, el monasterio también en este caso, en primer lugar es un centro de hospitalidad, en el aspecto que está compuesto por tres pisos. En el segundo piso es donde hay un albergue. Hay trece cuartos, uno de ellos tienen camas dobles, cuatro de ellos tienen camas sencillas y tenemos retiros que estan agendados durante los 12 meses del año, hay un retiro cada semana, que está programado y tiene un tema que se desarrolla entre un viernes, sábado y domingo. Y en los cuales los feligreses o los que deseen participar en el retiro pueden entonces inscribirse y quedarse durante este período.





Hay dos cosas que suceden:

- En primer lugar la experiencia del rito bizantino en un monasterio, el cual son muy reducidos en los EE.UU. Monasterios como el nuestro solamente hay otro en el norte de California también, digo también porque el nuestro se había generado cerca de esa zona. Hay un monasterio de mujeres que depende de nuestro monasterio (Holy Teophany Monastery) y otro monasterio que por ahora no tiene estatus jurídico, pero se está formando, y ya son tres mujeres con una postulante, y ellas estan en Ohio, y es el Christ the Bridegroom Monastery, que traducido pobremente significa Cristo el Novio de la Iglesia, algo así sería más o menos la traducción. Y hay otra pequeña asociación de monjes que estan en Michigan que depende también del monasterio que está en California.
Entonces, ya hay cuatro comunidades monásticas católicas bizantinas. Comunidades monásticas ortodoxas hay bastante, pero católicas ortodoxas solo hay algunas.

Entonces, retomando el tema de la hospitalidad, esto le permite a católicos que quieran enriquecerse con el rito bizantino, que esten en una zona geográfica más aledaña a la nuestra, participar en la vida monástica, ayunar si vienen en el período de ayuno, vivir la agenda que tenemos durante el día y al mismo tiempo enriquecerse espiritualmente al participar en un retiro.






- El segundo aspecto que tenemos es: las misiones en las diócesis latinas. El Ordinario de las Diócesis latinas, el Obispo David Ricken, tiene una afinidad con las Iglesias Orientales muy profundo. Y él nos ha dado un contrato en el cual nos apoya económicamente. Podemos ir a visitar sus distintas parroquias. Nos ha involucrado en el ecumenismo diocesano para hablar con iglesias evangelistas o protestantes, y también nos ha invitado a participar en el Departamento de Educación Religiosa, para nosotros poder presentar la fe, no nada más desde la perspectiva romana latina, sino también desde la perspectiva oriental bizantina.


¿En los seminarios latinos tienen incluída la temática de las Iglesias Orientales?

Depende del seminario. Nosotros hemos tenido la oportunidad de ir a visitar el Seminario de la Arquidiócesis de Los Ángeles del Arzobispo José Gómez que es de Monterrey, México, en el cual sí se toca el tema de las Iglesias Orientales; en el Seminario de la Arquidiócesis de Chicago que es del Cardenal George. Y los seminaristas de la diócesis latina de Green Bay, que es donde estamos nosotros, ellos tienen la oportunidad de ir a visitarnos.
Entonces, no es en todos los seminarios donde se presenta el tema de las Iglesias Orientales, pero ciertamente en algunos de los seminarios más grandes sí está presente.

Volviendo al tema de nuestras actividades, tenemos el tema de los retiros, tenemos una hospedería y un tercer aspecto:

- Grupos parroquiales que vienen para un día de retiro de recogimiento. También llegan a participar de nuestra vida monástica. Tienen un tema que nosotros desarrollamos, el cual lo presentamos desde la espiritualidad oriental.

- También tenemos una panadería, o servicio de respostería. Aproximadamente cada seis semanas estamos vendiendo pan al público, diferentes tipos de pan, pizzas, galletas, etc. Y pues, es una fuente de ingreso que nos saca de muchos apuros. Afortunadamente tenemos una cocina industrial que nos permite hacer ese tipo de trabajo.


LA VIDA EN EL MONASTERIO



La vida en el monasterio es similar a aquí en Pigüé, porque no se celebra la Eucaristía todos los días.
La Eucaristía se celebra en el monasterio todos los miércoles, sábados y domingos, por bastantes razones. Hay razones históricas que en el monasticismo no se celebra siempre la Eucaristía. También porque no tenemos muchos monjes que son sacerdotes. Solamente somos cinco monjes en total, de los cuales dos son sacerdotes y hay un diácono. Y pues, celebrar la Eucaristía todos los días sería algo difícil para la vida de la comunidad.




Nuestra vida de oración, los días que no hay liturgia se organiza de la siguiente manera:


5.30hs: comenzamos a la mañana con las oraciones de la medianoche

6hs a 6.20hs: Oración contemplativa, la Oración del Corazón u Oración de Jesús.

6.20hs a 6.40hs: descanso, para tomar un café, o preparar algo que se tenga que preparar.

6.45hs a 8.15hs: nuevamente oraciones, en las cuales se incluyen las matutinas y la hora prima.

8.15hs a 9.30hs: se incluye el desayuno, el cual es opcional. Es el único alimento en el cual no es necesario presentarse, ni pedir permiso del Abad. En ese mismo período, tal vez hay una junta, o hay algo personal, como por ejemplo salir a hacer ejercicio, yo en particular voy a correr por una hora y regreso.

9.30hs a 12hs: estudio, preparación para algún proyecto, trabajos, o alguna obediencia asignada por el Abad. En el caso de los sacerdotes, si hay feligreses visitando, tal vez es dirección espiritual, o si hay charlas, alguna charla que se tenga que facilitar.

12hs a 12.30: oraciones, hora tercia y sexta, con la lectura del típikon y el Evangelio generalmente.

12.30hs a 1pm: almuerzo

1pm a 2pm: limpieza

2pm a 4.50pm: distintas obediencia

4.50pm a 6.15pm: novena, oración contemplativa por 20 minutos y las vespertinas

6.15pm a 7pm: cena,luego limpieza, y hasta las 8hs compartir en comunidad.

8pm a 8.30pm: oraciones de la noche

8.30pm en adelante: se puede leer un libro, y acostarse cada uno a la hora que lo vea adecuado.










En resumen eso sería. Si añadimos la Divina Liturgia, pues se le añade ahí, una hora y media aproximadamente más, al horario de oraciones.


 Video "Inside Holy Resurrection Monastery":





Notas:

Fotos de la página en Facebook del Holy Resurrection Monastery

domingo, 4 de agosto de 2013

Sobre la Oración de Jesús, por Hieromonje Diego.

Hieromonje Diego dando la Bendición en Iaremcha, Ucrania. Fiesta del Santo Profeta Elías

¿Qué es la Oración de Jesús?. ¿Cuál es su origen?. ¿Cómo se practica en el Oriente Cristiano? ¿Cómo practicarla en la vida diaria?

Estas son preguntas que hice a Hieromonje Diego antes que se fuera de viaje.
Comparto aquí su respuesta para provecho espiritual de todos. Dios los bendiga.




En el evangelio de San Juan 16, 23 escuchamos que el mismo Señor nos dice:

"Les aseguro que todo lo que pidan al Padre, Él se lo concederá en mi Nombre".

Pedir en el Nombre de Cristo, decir el Nombre dulce de Jesús. Eso es el resumen, la Oración del Nombre de Jesús, llamada oración monológica, es decir oración de una sola palabra, o la oración hecha por la Palabra Verdadera, la única Palabra del Verbo de Dios hecho carne. La Oración de Jesús es el alma de toda oración.

"Hasta ahora no han pedido nada en mi Nombre, pidan y recibirán, y tendrán una alegría que será perfecta". 

El Señor nos invita a la oración, nos llama, nos indica cómo hemos de ser transformados en seres completos, llenos de una alegría perfecta, que no procede de nuestro ser, de nuestro conocimiento, de nuestras potencias, sino de su poder, por medio del Espíritu Santo.

Oración de Jesús en eslavo eclesiástico

Desde el comienzo de la Iglesia los cristianos fieles al mandamiento del Señor oran al Padre por medio del Nombre del Hijo, Jesús. Y esta oración inspirada por otros, como el ciego de nacimiento o como el publicano en el templo, tal como aparece en el Evangelio, llegan a formar una formulación, que es la más común, que consiste en decir:

"Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador".

Es un Señor ten piedad extendido y enriquecido. Es un Señor ten piedad, que resuena en lo profundo de nuestro corazón, que se une a nuestra vida natural, transformándola por la fuerza de la gracia, que late dentro de nuestro corazón como el verdadero corazón de la vida divina en nosotros.
Seremos transformados,  y seremos transformados por la acción de Cristo en nosotros. Es el mismo Padre de los Cielos que se mueve en lo más profundo de nuestro corazón y que transforma nuestro ser.

"Llega la hora en que ya no les hablaré por medio de parábolas, sino que les hablaré claramente del Padre. Aquel día ustedes pedirán en mi Nombre y no será necesario que yo ruegue al Padre por ustedes, ya que Él mismo los ama".

Orar al Padre en el Nombre de Cristo. Esta es la llamada del Hijo de Dios. Somos adoptados en el Hijo, y la Oración del Nombre es la respiración misma de nuestra alma. Se transforma en el centro luminoso donde el Señor transforma nuestra vida, en una vida eterna. Va iluminando cada rincón de nuestro ser y nos va disponiendo hacia la vida del Cielo.

Oración de Jesús en griego

La Oración de Jesús nos dirije al corazón del Padre, pero también nos establece en el lugar correcto, en el lugar verdadero que tenemos dentro del Reino de Dios. Somos hijos de Dios por adopción en Jesucristo, pero somos viadores de este mundo.

Dice el Señor en la carta a los Efesios 5, 10:

"Fortalézcanse en el Señor con la fuerza de su poder. Revístanse con la armadura de Dios, para que puedan resistir las insidias del demonio. Porque nuestra lucha no es contra enemigos de carne y sangre, sino contra los principados y potestades, contra los soberanos de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que habitan en el espacio".

Nuestra lucha no es contra enemigos de carne y de sangre. El prójimo no es nuestro enemigo. Puede ser nuestro adversario, pero con la fuerza del Nombre comprendemos que nuestro verdadero enemigo es invisible. Nuestro verdadero enemigo sabotea, ataca y busca pervertir nuestro camino hacia el Padre. Acecha y busca perdernos.

Concientes, iluminados por la Palabra del Señor, oramos con la Oración de Jesús. Mantenemos nuestra mente y nuestro corazón iluminados por la presencia del Nombre.
Ahora bien, es todo nuestro ser el que participa de esta lucha para el Reino de los Cielos, de esta lucha para huir de las tinieblas.

"Tomen la armadura de Dios, para que puedan resistir en el día malo y mantenerse firmes después de haber superado todos los obstáculos. Permanezcan de pie, ceñidos con el cinturón de la verdad, y vistiendo la justicia como coraza. Calzen sus pies con el celo de propagar la buena noticia de la paz. Tengan siempre en la mano el escudo de la fe, con el que podrán apagar todas la flechas encendidas del Maligno. Tomen el casco de la salvación y la espada del Espíritu que es la Palabra de Dios".

No estamos solos en este camino hacia el Padre. Somos admitidos y llamados como hijos de la Iglesia. Ella como fiel madre nos reviste de la verdad, de la enseñanza, nos ilumina, nos nutre, nos sirve la mesa abundante del Cuerpo y  la Sangre de Cristo. Nos entrega el perdón por medio del Sacramento de la Confesión. En los Divinos Misterios nos encontramos con Dios hecho hombre que nos fortalece para la lucha contra los enemigos invisibles, contra nuestros verdaderos enemigos.

"Eleven constantemente toda clase de oraciones, y súplicas animados por el Espíritu. Dedíquense con perseverancia incansable a interceder por todos los hermanos, y también por mí, a fin de que encuentre palabras adecuadas para anunciar resueltamente el misterio del Evangelio".

Orar los unos por los otros. La Oración de Jesús no es una manera solitaria alejada del prójimo en la cual uno se habría de reconcentrar equivocadamente en sí mismo. La Oración del Nombre es sumergirse en el corazón que ama a todos los hombres, que ofrece su amor redentor por medio de la Iglesia. Es una oración personal y eclesial a la vez.

Elevar las súplicas constantemente al Padre animados por el Espíritu. La Oración de Jesús es una expresión simplicísima y central de la vida de la Santísima Trinidad en la cual somos insertos, somos llevados, somos incorporados por pura misericordia de Dios.



Los cristianos buscamos la Jeresalén de arriba, queremos volver al Padre. Y desde el inicio de la Iglesia muchos hijos de Dios se han retirado de las tentaciones de este mundo para buscar el Rostro de Dios, no para alejarse de los hermanos, sino al modo del vigía para procurar el conocimiento y la comunión con Dios a los demás hermanos. Es muy fácil. Desviarnos en medio de las preocupaciones de este mundo. Y fueron justamente estos elegidos de Dios, estos humildísimos siervos de Dios, los que profundizaron primeramente en este misterio de la Oración del Nombre de Cristo, esta oración que reúne todos los elementos que necesitamos para mantenernos caminando en la fe, pero que no agota la riqueza de toda la Iglesia.

La Oración de Jesús es un centro luminoso en el cual nuestra fe puede crecer uniéndose de corazón al Señor en cada momento de nuestra vida. Sin dudas los monasterios son los faros que previenen a los fieles de las peligrosas costas de este mundo, lo que hemos de evitar, lo que hemos de procurar. Sin embargo no constituyen un monopolio de la vida espiritual, sino fuentes, centros, para que todos como cristianos respiremos ese Nombre, vivamos la presencia vivificante del Nombre de Dios en nuestro corazón que habita por medio de la gracia.




Practicamos la Oración de Jesús, no nos contentamos con conocerla. Oramos con la oración: "Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador", a cada momento. Podemos hacerlo de un modo más simple, de acuerdo a las necesidades de nuestro corazón. Pero buscamos procurar esa Presencia a cada instante de nuestra vida.

Él es la Luz, la luz del mundo, la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo y esa luz ilumina lo profundo del la conciencia y del corazón, las entrañas, lo más profundo del ser. El misterio de nuestra persona, donde ojo humano no penetra, y el intelecto humano falla.

Decimos esta oración en nuestro interior y también con la boca. Lo decimos acompañados de la cuerda de oración: del chotki o komboskini, o lo decimos con otro objeto que nos pueda ayudar en esa misma práctica. El centro es nombrar, buscar y llamar a Aquél ante quien dobla rodilla todo ser en el Cielo, en la tierra y en los abismos. Esa oración nos transforma en portadores de Dios que proclamamos la riqueza inagotable del Nombre de Cristo a cada instante y a cada criatura.


Cordón de oración, tchoki o komboskini, que se utiliza en la práctica de la Oración de Jesús, repitiendo en cada cuenta: "Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador".