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viernes, 15 de mayo de 2015

Deificación vs. Nirvana


Hieromonje Diego Daniel Flamini

Pregunta:
 
El archimandrita Sophrony en su libro “Ver a Dios como Él es” nos dice lo siguiente:

“Nada en la naturaleza es una repetición absolutamente idéntica. Y esto vale sobre todo para la realidad de los seres racionales. Cada hombre posee un corazón creado ‘aparte’ por Dios (cf. Sal 32, 15): es el corazón de una persona-hipóstasis dada y, en cuanto tal, irrepetible. En su realización última, cada persona recibirá ciertamente para siempre un nombre, conocido sólo por Dios y por quien lo reciba (cf. Ap 2, 17). De este modo, por más que la vida de todos los salvados sea una, como es uno el reino de la santa Trinidad (Jn 17, 11.21-22), el principio personal de cada uno de nosotros será irreductible al de otro.”

¿Debemos entender entonces que de acuerdo a la tradición cristiana, en contraposición a lo que pregonan diversas corrientes pseudoespirituales sobre la aniquilación de la persona, los santos, es decir, aquellos que por la deificación han llegado a ser dioses por participación, mas no por naturaleza, preservan una singularidad irreductible en su estado de bienaventuranza?

Respuesta por Hieromonje Diego:

Entonces me preguntabas si lo que Sophrony habla de esta condición de persona irreductible es verdaderamente así en la Revelación que Dios ha hecho en nosotros, contrariamente a cómo se plantea en las visiones paganas de una aniquilación del yo. Bien, Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Por creado a imagen y semejanza los Padres comprenden que es creado “persona”, imagen, y “semejanza” de acuerdo al hacer de Dios. La semejanza, la vida de la gracia, se perdió por el pecado y la recuperamos por Jesucristo. Recuperar la semejanza por Jesucristo, también implica una reforma de la imagen de acuerdo al Original, ya no la deformidad que tiene la imagen, la persona humana, de acuerdo al pecado, sino a la Voluntad benéfica, siempre benéfica, de Dios que nos ha creado, y nos ha creado para hacernos participar de su amor. Entonces, este camino de vuelta, este camino de vuelta hacia el Padre, este regreso hacia el Padre, salidos de  la nada, creados en el vientre de nuestra madre, va tomando distintas etapas: en primer lugar, la adopción que recibimos en Jesucristo en el Bautismo, pasamos a ser hijos del Padre, pasamos a ser morada del Espíritu, somos también imagen del Hijo, porque el Padre ve en nosotros al Hijo, al Hijo por medio del cual hizo todas las cosas. 

La principalidad de este camino nunca cambia; la acción de Dios está siempre dirigida a que seamos más lo que hemos de ser en su plan, su plan lleno de sabiduría; nosotros salimos de la nada y somos llevados por Dios e invitados a participar, a cooperar con la gracia, con nuestras potencias limpias del pecado. Nos vamos acercando por el camino de la santidad, por el camino de la deificación, la theosis, y lo vamos haciendo siguiendo las huellas del Hijo, siendo dóciles al Espíritu, es decir que caminamos hacia el Padre llevados justamente por el Espíritu y por la Verdad. El verdadero culto, dice el Señor, ya no será en tal o cual lugar, sino que será en un modo en particular, esto es, en Espíritu y en Verdad, y no podemos separar el verdadero culto del camino de la deificación; el que seamos transformados en dioses por participación en ningún modo nos desvía de la centralidad de este culto al Padre, culto al Padre a quien conocemos en Jesucristo por medio del Espíritu Santo. 

Esta deificación, lejos de borrar en nosotros lo que somos, lejos de asimilarnos a algo que nos supera y que nos desdibuja, muy por el contrario, hace crecer en nosotros las semillas de la gracia, las semillas de la Bondad de Dios y sus dones, y de esa misma manera crece en nosotros lo que Él sembró y nos transformamos en lo que Él quiere. Alcanzamos nuestro propio bien y podemos decir que nuestra persona se reconcentra en torno al querer de Dios que hace a todos y cada uno distintos dentro de un plan que supera nuestra mente y que conocemos como excelente, como bueno, porque todos los caminos del Señor distan de nuestra voluntad como la Tierra del Cielo. Nosotros nunca dejaremos de ser humanos, pero seremos transformados en la gracia, en la medida de la Voluntad de Dios, y somos asimilados a un orden superior que no nos desdibuja, sino muy por el contrario, son liberadas a una escala infinitamente por encima de nuestras posibilidades las energías divinas que actúan en nosotros, la gracia de Dios, de modo que vemos, inclusive nosotros los que caminamos en la tierra, cómo los  santos participan de ese misterio redentor; ese misterio redentor que desempeñan los santos, cada cual distinto, irreemplazable, es uno también con su ministerio de la Tríada de Dios; ellos están divinizados plenamente y sin embargo interceden; adoran al Padre y también son morada evidente del Padre, es una sola cosa.

Cuando el hombre contemporáneo de alguna manera mira con deseo esos caminos de aniquilación, en verdad está revelando su estado interior de vacío, de autosaciedad, de autocomplacencia, que lleva justamente a un deseo de aniquilación. Hay una ley espiritual que hace que cuando nosotros nos erigimos en Dios de nuestro propio mundo, también se vuelven contra nosotros las obras que creamos. El Apóstol San Pablo lo dice inclusive hablando de aquéllos que evangelizan: "Algunos construyen con oro, otros con piedras, otros con paja, todo será probado por el fuego y algunos salvarán su vida como quien la salva de un incendio. Cada cual inspeccione con qué construye". Ahora, cuando el Apóstol habla de construir no está obviamente hablando de ninguna construcción material, ni siquiera está hablando directamente de la construcción de una comunidad de piedras vivientes, sino que en primer lugar está hablando de la construcción de la vida de la fe: cómo se edifica en nosotros el hombre nuevo. En la carta a los Colosenses aparece delineado muy bien cuál es el camino del hombre que llevado por sus propios deseos llega al precipicio de desear el abismo, el abismo que suprima su orgullo, el abismo que compense el tremendo peso de querer cargar el mundo sobre los hombros, de querer dirigirlo todo, de querer dominar. Un dominio sin Cristo es un dominio contra Cristo, "El que no junta conmigo, desparrama", dice el Señor. De manera que tal como se plantea la civilización hoy, es una civilización construida contra Cristo, buscando inclusive suplantarlo, que es el verdadero significado de la palabra Anticristo, es un falso Cristo. Con falsas fuerzas buscamos suplir la fe. Creemos que los avances de la medicina hacen menos necesaria la fe, y si no fijémonos en qué punto recurrimos a Dios: si cuando perdemos la esperanza en los médicos o cuando nos es comunicado el primer diagnóstico. Cada cual inspeccione con qué construye; con qué construye, es decir, con qué coopera para la obra de Dios, si es dócil al querer de Dios, si lo es plenamente, si lo es vanamente, porque escucha y no cumple, si es abiertamente contrario al mandamiento de Dios. 

Por eso, debemos inspeccionar en nuestro corazón qué cosas están impidiendo que sea edificado en nosotros el hombre nuevo, aquel que avanza constantemente renovando esa imagen de Cristo, ese hombre nuevo en cuyo corazón habitan riquezas insondables que son derramadas sobre nosotros. Pensemos el misterio escandaloso de la fe, de la fe verdadera tal como el Señor se ha revelado,  que nos dice que Dios se ha hecho hombre y que no ha dejado de serlo, y el segundo misterio, más escandaloso todavía, es que nosotros al ser transformados no dejaremos de ser hombres y, es más, al fin de los tiempos resucitaremos. Ni siquiera los santos en el Cielo han completado su proceso, porque también ellos tienen que pasar por la resurrección, es de fe el que aquellos que están en el Cielo no han resucitado todavía, excepto nuestro Señor, el primer surgido de entre los muertos, y su Santísima Madre. No hay una claridad de que aquellos que son nombrados como resucitados en las apariciones después de la resurrección de Cristo -en aquellos tiempos aparecieron muchos hombres de la antigüedad, muchos profetas famosos por Jerusalén y alrededores-, no está como una sentencia clara que sea la resurrección de los muertos, sino que sea justamente una aparición, como pudo ser la de Lázaro, que es una reviviscencia, es una gracia de estar en este mundo por una virtud de Dios, pero no haber alcanzado el estado de la bienaventuranza final, que en este caso sí la alcanzó la Bienaventurada Virgen María.

Volviendo a la deificación y a la fuerza con la que Dios actúa, la vida de la gracia entonces se mueve dentro de estos parámetros: Dios se ha hecho hombre y con esto ha completado la Creación, y Dios atrae hacia sí al hombre para que sea transformado sin dejar de ser él, dios por participación. Por eso es fundamental examinar nuestras verdaderas disposiciones. En nuestros días la “oración de Jesús” suscita muchos adeptos, muchos seguidores, los íconos atraen invariablemente a gente de todos los orígenes y también suscitan una gran adhesión; hay inclusive autores espirituales, Padres de la Iglesia, que son leídos más en nuestros días que en otro momento de la historia. Se busca con una gran avidez, pero hay que examinar espiritualmente, no caer dentro de aquella profecía que está en los Profetas, si mal no recuerdo es el profeta Oseas, que dice: "Enviaré hambre y sed de la Palabra de Dios a la Tierra, y los hombres errarán de un lado a otro buscando; irán del Norte hacia el Este, buscarán y no encontrarán". Por eso debemos vigilar para que esa profecía no se cumpla en nosotros y que seamos admitidos con humildad dentro de la gracia de Dios; ser admitidos con humildad no significa tomar por nuestra cuenta aquellos elementos que nos resultan útiles a nuestro camino, sino entrar a caminar, comprender el llamado de Cristo para ir tras sus pasos, ir tras sus pasos cargando la Cruz, en un camino estrecho. No hay autopista hacia Dios, no hay teleférico hacia Dios, nada nos libra de la fatiga de la Cruz, ya sea en una larga vida, ya sea en una vida muy corta, ya sea con obras manifiestas de la fe, ya sea con una fe simple como la del buen ladrón, una fe que alcanzó a abrirle las puertas al Paraíso y también nos abre a nosotros las puertas del Paraíso, porque esa fe simple del ladrón es una luz en nuestro camino, como la fe del publicano en el fondo del Templo que decía "Señor, ten piedad de mí"

Nosotros tenemos que partir de que no estamos llamados a suprimir esas cosas sencillas, sino a repetirlas incesantemente. De hecho, cuando vamos a comulgar en la Divina Liturgia, decimos justamente eso: "Creo Señor y confieso que Tú eres realmente Cristo, el Hijo de Dios vivo, que viniste al mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero". No puedo recibir el Cuerpo de Cristo si no tengo la certeza de que yo soy el primero de los pecadores; si me acerco mascullando juicios contra los demás, si creo que algo de lo que hice me pone por encima de los demás. "De tu Mística Cena, oh Hijo de Dios, recíbeme hoy como participante, pues no revelaré el Misterio a tus enemigos ni te daré un beso como el de Judas, sino que como el malhechor te confieso: recuérdame, oh Señor, en tu Reino". "Recuérdame, oh Señor, en tu Reino", el clamor del creyente se acentúa en cuanto más se acerca a la cima; en cuanto se apaga nuestra penitencia, en cuanto se apaga nuestra compunción, tanto en cuanto se apaga nuestro temor de Dios, tenemos la certeza clara de estar desviados, de estar siguiéndonos a nosotros mismos, es decir, perdidos. Y esa claridad nos la da Dios, nos la da el Espíritu Santo que enseña en medio de la Iglesia, la cual es santa y de la cual nos desgajamos cuando pecamos. 

A veces, cuando profesamos la fe verdadera, podemos compadecernos, o algunos indignarse, contra aquellos que practican la fe mutilada, deformada, sin embargo nosotros, cuando pecamos, somos peores que ellos, porque nos desgajamos de la verdadera vida conociéndola; tenemos una luz que nos ilumina más fuerte y erramos con mucho más deseo, por eso esto más debe volvernos a cambiar en la humildad. Es ahí cuando comprendemos que todo coopera para el bien de los que aman a Dios y si el Señor vuelve a poner en nosotros ese deseo de amarlo y de vivir según sus mandamientos, que es lo mismo, entonces aprendemos a ir por ese camino de humildad y a ver inclusive en aquellas contrariedades y obstáculos que aparecen en nuestro camino, una palabra del Señor destinada a edificarnos, a hacernos crecer, a santificarnos, a arrepentirnos, a ayudar a otros, a seguir en este camino hacia el Padre, que como todo camino, o mejor dicho, como toda senda, pequeña senda, tiene sus peligros, pero en esto tenemos ayuda de aquellos que nos preceden, aquellos cuya fe es una antorcha para nosotros que nos permite seguir en esta oscuridad creciente en el camino hacia la cima. Si nosotros levantamos la vista con fe, veremos en la vida de la Iglesia muchas antorchas que nos preceden y que van con la vida de la fe iluminando nuestros pasos; si no las vemos, entonces posiblemente estemos siguiendo otro camino, un camino edificado sobre nuestra presunción. Porque la luz de Dios viene a nosotros para iluminarnos y para que nos arrepintamos, no para echarnos en cara o mofarse de nuestro pecado, sino para sanarnos de él, y es aquí, en cuanto hablamos de la santificación, de la deificación, también tenemos que hablar de la vida del pecado, que es una muerte, que es un daño, que es una mengua, que es una pérdida. 

A veces, las ideas que tenemos con respecto al pecado y la gracia son el principal obstáculo para poder vivir la vida de Dios. Cuántas veces una persona que va creyendo que busca a Dios se tropieza con el pecado del otro o con el pecado que cree que tiene el otro o con el que le parece y está seguro que debe ser así, y siente alejarse de Dios porque, al juzgar al otro, al condenar al otro, lo está envidiando. Codiciar el pecado del otro es, en la manera más efectiva, mediante la condena, porque no nos permite reconocer nuestros verdaderos sentimientos. "¿Cómo puede ser que ése peque y yo me tengo que aguantar de no pecar para estar parado en el mismo lugar?" Creo que si, con respecto a esa misma persona, pensáramos que tuvo un accidente automovilístico no envidiaríamos ni lo juzgaríamos, pensaríamos tal vez: "Bueno, pobre, espero que se restablezca, voy a rezar por él", "qué terrible pérdida, ojalá pueda rehabilitarse, ojalá esté bien preparado para encontrarse con Dios". Cuando nos sentimos dueños de la situación, nos sentimos muy misericordiosos de acuerdo a nuestra idea. Sin embargo, cuando nosotros vemos que el otro peca, debemos tener exactamente la misma disposición; si comprendemos que el pecado es un daño, entonces no codiciaremos, mediante el juicio, su posición equivocada, no buscaremos adquirir lo que está perdiendo al otro. No pensaríamos de esa manera si nosotros tuviéramos misericordia y con humildad pidiéramos al Señor que se apiade de nosotros también, que no permita que caigamos, que seamos humildes y operantes en manos de Dios, activos en manos de Dios, es decir, con las manos juntas. 

Hay un poema del poeta Alexei Jomiakov, un poeta ruso, que dice: "fuerte es la mano del que ora". Fuerte es la mano del que ora, y eso es para nosotros justamente un indicador de que nuestras debilidades muchas veces no son fruto de la naturaleza que hemos heredado, sino fruto de la naturaleza que hemos estropeado; que por falta de atención espiritual, por falta de discernimiento, por falta de sobriedad, por falta de vigilia del corazón, por falta de humildad, estamos nosotros dejando pasar todas las oportunidades que Dios nos da; no por inadvertencia, es por una pereza espiritual, profunda pereza espiritual que tenemos. A desear la santificación del prójimo y no procurarla para nosotros, porque la manera más efectiva de ayudar al prójimo a ser santo es emprender el camino de Dios, emprender ese camino, en el cual, paso a paso nos vamos despojando de aquello que creemos que somos. "¡Yo soy muy sincero!", dicen muchos, cuando en realidad habitualmente faltan a la caridad de todas las maneras, esto no es sinceridad. "¡Yo soy muy bueno!", y tal vez es que es muy cómodo, complaciente, y no busca el bien de los demás. "¡Yo soy muy generoso!", y tal vez no da lo que sobra, o da lo que a uno le parece que es lo que los demás necesitan, aunque sepa que le va a hacer mal. Entonces, también encontramos a los que dicen "¡Yo soy muy humilde!", y tal vez es que no hemos puesto a trabajar ninguno de los dones de Dios, como aquel que hizo un pozo, enterró lo que Dios le dio y dijo: "Yo soy humilde, no presumo de las obras de Dios". Por eso, nada mejor que ponernos en camino y aprender de los Padres, aprender de la fe de la Iglesia, nutrirnos dentro de la Divina Liturgia, que es el regazo de la Iglesia, es el seno, podemos decir que es el útero de Dios, donde somos rehechos. No solamente tenemos fe y vamos a rendir culto, sino que somos rehechos en cada Liturgia en la medida de nuestra fe, por la cual somos tenidos a Dios, la fe nos tiene a nosotros, en el mejor de los casos; Dios nos ha pescado, en el mejor de los casos; Dios está en nosotros y nosotros en Dios. Es una experiencia muy común, muy habitual, mejor dicho, en la Liturgia, experimentar esto, que Dios está en nosotros, por la paz que experimentamos, y Dios está en torno a nosotros: "El Ángel del Señor acampa en torno de los fieles y los libra", dice el Salmo. Acampa en torno, justamente, acampa en torno y esos fieles experimentan una protección, experimentan una libertad para poder dedicarse al bien, que ese es el fin de la libertad. La libertad no es la capacidad de hacer el mal, es la capacidad de elegir entre un bien y un bien mejor, entregarnos sinérgicamente a la gracia; nuestras operaciones movidas por la gracia de Dios, infundidas por la gracia de Dios, operan como deberían. 

La gracia de Dios, desde un punto de vista, nos supera por mucho más de lo que la mente puede llegar a comprender y, por otra parte, somos casi con naturaleza divina, estamos hechos para vivir en ella. Si uno se compra un vehículo nuevo, y uno desea que ese vehículo ande bien, le costó mucho esfuerzo conseguirlo, está muy feliz con ese vehículo nuevo que lo va a poder llevar a muchos lugares y visitar personas que ama y realizar cosas que son buenas, placenteras, va a cuidar mucho, en primer lugar, de nutrirlo con el combustible adecuado, y si su bolsillo se lo permite va a tratar de que así sea con el mejor combustible posible, diseñado para ese vehículo. Si bien la comparación no es exacta, sin embargo podemos decir, justamente, que estamos hechos para vivir en Dios, no que Dios es nuestro combustible, no hay un "combustible espiritual", porque Dios no es una cosa que se usa para lo que uno quiere ni algo que se absorbe y que queda ajeno a nosotros, porque el auto no es transformado por el combustible, sencillamente se mueve. En cambio, nosotros por medio de la gracia somos transformados en otro ser. Podemos, si se quiere, compararlo más con el agua y la planta, que alcanza su propio fin, el agua no pierde su ser y la planta es transformada. Y Dios viene a nosotros y hace de cada planta del jardín una distinta, y aunque fueran de la misma especie, una distinta de la otra, de manera que la madurez de una, no es la madurez de la otra, ni el tiempo de fructificación ni la calidad de los frutos ni la forma ni tampoco las mismas posibilidades, por eso hemos de atender que ese agua de Dios que viene sobre nosotros también sea conducida para lo que Dios la ha puesto, para que demos fruto de acuerdo a nuestra especie.




domingo, 1 de agosto de 2010

Sobre el nombre del blog ."Señales de resurrección" y la Oración de Jesús. Experiencia personal.

Icono escrito por el Higúmeno Hmje. David Argibay (*)
El primer libro que leí sobre espiritualidad cristiana oriental fue la Filocalia de la Oración de Jesús.(1)
Fue como entrar a un mundo en ese momento desconocido para mí, y quedé deslumbrada por la profundidad de sus palabras. En una parte dice:

"El corazón es el lugar donde el alma y el cuerpo se comunican en las profundidades del ser. De este modo, los efectos de la Oración del corazón se hacen sentir en el cuerpo tanto como en el alma".

Justo en ese tiempo estaba en una época de una gran búsqueda del sentido de muchas cosas ( y sigo...), y creo que esa chispa del Espíritu comenzó a calentar mi corazón, llevándome por caminos que en ese momento nunca hubiera imaginado.

"El cuerpo recibe también los efectos de la ILUMINACIÓN. 'Si tu ojo -tu corazón- está sano, todo tu cuerpo será iluminado'(Mt 6,22). Cuando la Oración de Jesús se convierte en Oración del Corazón, su primer efecto es la iluminación."

¿Iluminado? -me preguntaba- ¿Cómo será eso de que la repetición incesante de una oración  pueda llegar a "sanar tu corazón" hasta el punto de "iluminar todo tu cuerpo"? ¿Tendré que aprenderme todas esas técnicas de respiración, de meditación, etc. para ir por ese camino? ¿Cómo podré permanecer en oración todo el día con tantas tareas que te quitan la concentración?. ¿Si ahora comienzo a practicarla sin ningun tipo de instrucción, pero con mucha fe y buena intención, me bastará con mi sólo esfuerzo para purificar mi corazón?.

"La iluminación aportada por la Oración del corazón viene sólo de la gracia. Sólo la gracia divina posee en sí misma la facultad de comunicar la deificación a los seres de una manera analógica; entonces la naturaleza resplandece con una luz sobrenatural y se encuentra transportada por encima de sus propios límites por una sobreabundancia de gloria"

Pero, siendo sincera, creo que a muchos nos pasa, no somos tan constantes para las cosas, y cuando nuestro interior es un desorden total, más todavía. Por lo tanto se imaginarán lo mucho que me duró eso de "si me bastará con mi sólo esfuerzo". En ese momento aún no estaba preparada para comprender algunas cosas ( no es que ahora lo esté...), y aunque la tenía como un elemento más en mi vida espiritual, ella en silencio y lentamente fue haciendo su obra.

"La iluminación no se produce sin trabajo: ella, a veces, sólo es dada al término de una prolongada espera, de una larga pena. Ello se debe a que el corazón es también dominio del pecado, de lo oscuro, de las tinieblas. No olvidemos el sentido de las palabras de la Oración: 'Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador'. Es necesario forzar esa oscuridad por la contrición y el verdadero arrepentimiento, a menudo por las 'las lágrimas'; es la 'gracia del enternecimiento' la que imprime en la mirada y el rostro de los espirituales de Oriente una dulzura semejante."

Hoy quiero aprender más, sé tan poco sobre la Oración de Jesús, y voy comprendiendo que todo lo que tenga que ver con  la espiritualidad cristiana oriental está profundamente unido a la Divina Liturgia. Me acuerdo que en un primer mail que mandé al monasterio católico bizantino para manifestar algunas inquietudes que tenía, me contestó el Padre David diciéndome entre otras cosas "La Divina Liturgia (Santa Misa Bizantina) es el centro de la vida que todo lo ilumina, y para nosotros (los monjes) la Vida es una especie de liturgia continua". Luego, entonces cada día éstas palabras fueron cobrando más sentido para mí, y fui tomando conciencia de qué importante es la oración para el alma, y cómo el Espíritu es el gran protagonista en esta tarea: "La vida espiritual consiste en la adquisición del Espíritu Santo" decía San Serafín de Sarov.(2)

"Por el Espíritu Santo que vive en Cristo y, en consecuencia, en la Iglesia, el Señor sigue ejercitando su poder en la Iglesia, no sólo con palabras, sino con actos directos. Este poder lo ejerce, particularmente, a través de los sacramentos, la liturgia y la respuesta fiel, positiva, que da a las plegarias de la Iglesia. La Iglesia mantiene su lazo con Cristo por la fe que se manifiesta en la oración (....). En la oración, el alma pierde su rigidez y se vuelve sensible, receptiva y abierta a la energía de Dios. La Iglesia es el lugar y la forma del poder de Dios, perpetuamente activo en y entre los hombres, porque es el lugar de la oración. La oración pide que Dios actúe, y Dios actúa gracias a la oración. La iglesia es el lugar del encuentro sensible entre nuestra oración y el poder de Dios (....). La Iglesia es el campo del Espíritu y, por tanto, es el lugar en donde se realiza la salvación. Hay que recordar que las oraciones de los creyentes en sus casas o en cualquier otro lugar son también oraciones de la Iglesia, porque la Iglesia está presente en todas partes, allí donde se encuentra uno de sus miembros." (3)

Volviendo al texto sobre "La Filocalia de la Oración de Jesús", con respecto a lo que comentaba al principio sobre la "iluminación", en una parte dice (aludiendo al que el cuerpo también recibe los efectos de la oración):

"Bajo el resplandor de las "energías divinas", las "energías del corazón" son vivificadas a su vez y, por su resplandor, transfiguran al ser entero, como bajo la acción de un sol interior."

Como le sucedió a San Serafín de Sarov, cuyo rostro se iluminó como un sol, cuando conversaba con su discípulo Motovilov, quien sorprendido le dijo cómo lo veía. "No tengas miedo, dijo San Serafín. Tú te has vuelto tan luminoso como yo, tú también estás, ahora, en la plenitud del Espíritu Santo. De otro modo no habrías podido verme así." (2)
Icono de San Serafín de Sarov que está en la Iglesia del Monasterio


Y a continuación el texto completo, que más me impactó, en aquel entonces ( y el motivo del nombre de este blog): 

" Pero junto a esas gracias extraordinarias, cuántas otras más comunes pero igualmente auténticas, en cientos, en miles de humildes y simples creyentes, a través de toda Rusia...y el mundo entero. Así resplandecían esos rostros de ancianos, de mujeres, de niños que hemos visto en todas las iglesias, totalmente iluminados, durante la celebración de la Divina Liturgia. Cuando salían de la Divina Liturgia, todos los hombres y todas las mujeres de nuestra aldea eran como Teóforos, es decir "Portadores de Dios". Todos habían comulgado. Y en sus venas corría la sangre de Dios. Eran hijos de Dios y deificados. Ciertamente, tales gentes son campesinos rudos, y pobres. Ellos saben lo que son...Y , saliendo de la Iglesia, llevaban a Dios en ellos. Y marchaban con precaución. Como se marcha cuando se transporta algo inestimable. Y ellos eran así Teóforos, "Portadores de Dios".Cuando se lleva una lámpara o un cirio, se tiene el rostro iluminado por la llama; cuando se lleva en sí a Dios, que es la luz de las luces, se está iluminado desde adentro, de tal manera que toda la carne y todo el cuerpo son transfigurados, embellecidos...No he visto jamás piel ni carne más bellas que las del rostro de los Teóforos, de las gentes que llevaban en ellos la deslumbrante luz de Dios. Su carne era deificada, sin peso ni volumen, transfigurada por la luz del Espíritu divino. Esa luz pura, inmaterial, que ya transfigura el cuerpo, es una anticipación de la resurrección. Esas son las señales de la Resurrección futura. Es cuerpo terrestre está, ya, como revestido con el cuerpo espiritual, con el traje blanco de los redimidos por Jesucristo "La alegría espiritual que viene del espíritu al cuerpo, no está totalmente corrompida por la comunión del cuerpo , sino que transforma al cuerpo y lo vuelve espiritual". 
 
Desde entonces cada vez que comulgo pienso: "¡Soy teófora, portadora de Dios! como la Santísima Virgen María cuando llevó en su vientre al Niño Jesús". Y sin dudas va cambiando mi manera de relacionarme con mi prójimo: cuando van saliendo de comulgar los veo marchar con un semblante diferente, y hasta a veces me dan ganas de inclinarme frente a cada uno, conciente del majestuoso Tesoro que esconden en su interior. Luego doy gracias a Dios por permitirnos llevar este Don inestimable, por venir Él primero a nuestro encuentro para darnos su Espíritu, para darnos Vida: 

"Rey Celestial, Consolador, Espíritu de la Verdad, que estás en todo lugar y todo lo llenas, Tesoro de bienes y dador de Vida, ven y mora en nosotros, y purifícanos de toda mancha, y salva, Oh Bueno, nuestras almas" (Oración de la liturgia bizantina).

Por eso hoy por hoy ( y lo que me cuesta vencer esto...) en vez de desanimarme como muchas veces, conociendo las inclinaciones de mi corazón desordenado, vivo con gran gratitud esta inefable misericordia de nuestro Dios, y comienzan a cobrar verdadero sentido estas palabras de San Pablo (2 Cor 4, 7. 16-18) tantas veces escuchada y meditadas:

"Pero nosotros llevamos este tesoro en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios." "Por eso, no nos desanimamos...Nuestra angustia que es leve y pasajera, nos prepara una gloria eterna que supera toda medida. Porque no tenemos puesta la mirada en las cosas visibles, sino en las invisibles: lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno."

Quizás ese simple texto de la Filocalia, que por ahi para cualquiera puede pasar desapercibido, se convirtió desde el momento que lo leí en un gran anhelo de mi corazón, anhelo que con el transcurrir de los días, se va haciendo cada vez mayor, una necesidad por la que lucho cada día ( la gran mayoría sin grandes resultados..) y que aún no pierdo las esperanzas poder concretarla aquí:

"La gloria que los santos poseen desde hoy en sus almas, cubrirá, revestirá y elevará a los cielos a los cuerpos desnudos, el día de la Resurrección...He aquí por qué, en la Resurrección, su cuerpo mismo recibirá los bienes eternos del Espíritu y se unirá a la gloria de la que sus almas poseen desde ahora la experiencia."

"¿Qué es entonces la oración espiritual?, dice Isaac de Nínive; ella es el símbolo de nuestra condición futura".

Hoy, Domingo de Resurrección, 10º después de Pentecostés, 19 de julio según el calendario juliano (1 de agosto según el calendario gregoriano), se celebra el Hallazgo de las reliquias de San Serafín de Sarov (1903) y Santa Macrina, hermana de San Basilio. 
San Serafín es uno de los santos patronos o protectores del Monasterio Católico Bizantino de la Transfiguración del Señor (junto a San Sergio de Radonezh), y la Providencia ha querido y me ha guiado para comenzar hoy justamente este Blog bajo su protección.
Que éstos grandes santos de la tradición eslava oriental bendigan este Blog, protejan y custodien los frutos que, por medio de sus publicaciones vayan iluminando el alma de todos sus lectores y seguidores.

Los animo de todo corazón, tanto a los hermanos católicos de rito latino como de rito bizantino,  a seguir profundizando cada día más en la oración. "Es por medio de la oración que se va logrando la divinización del hombre mediante la liturgia. Sólo si llevamos esa liturgia al corazón, esa liturgia se hace oración en nosotros y somos así transformados. Es en el corazón donde nos encontramos con esa fuente de vida divina. Es en el corazón donde el hombre se siente como en casa, es el lugar del encuentro auténtico con nosotros mismos, con los demás y con Dios vivo. El corazón reclama su Presencia. El corazón tiende hacia esa Presencia que sacia y sólo en el corazón se da ese encuentro con Dios, si nosotros le abrimos. Y lo abrimos, si oramos"(4).

"La Divina Liturgia (o la Santa Misa) es el centro de la vida que TODO lo ilumina": nuestra oración, nuestro trabajo, nuestros deberes, nuestras relaciones personales, los deseos más profundos de nuestro corazón. Allí busquemos la fuente de la Vida, que iluminará TODO lo que necesitemos para nuestra vida y para "tener Vida" y en abundancia (Jn 10,10), todas las demás preocupaciones, entonces, ya sean materiales o espirituales (hasta la santa inquietud de cómo orar mejor) se irán resolviendo paulatinamente de una manera natural, por añadidura (Mt 6, 33).

Frecuentemente nos perturba la inquietud de vernos tan limitados y que no vemos para nada que estemos creciendo algo espiritualmente, pero recordemos que una planta cuando crece no hace ruido, primero es tan solo un brotecito, pero cuando un buen día nos damos cuenta, llega a transformarse en un gran árbol, con muchas ramas, y grandes frutos, incluso sirve para dar refugio a los pájaros del cielo, y sombra y amparo para quien lo necesite - me dijo un día mi padre espiritual-, y quiero compartirlo con ustedes para animarlos a no bajar los brazos y a seguir confiados los caminos del Señor, más allá de cualquier circunstancia difícil en la que se encuentren y más allá de las limitaciones humanas, faltas o caídas. Que si Dios se ocupa de los pajaritos y las plantas, cuánto más de sus hijos.

Que la Madre de Dios del Portal de Iver nos cubra con su manto, y  con su amor maternal nos ayude a ser verdaderos Teóforos "portadores de Dios".Amin.



Glosario:

*Higúmeno: superior de un monasterio en las iglesias orientales (sería como el Abad en los monasterios latinos)
*Hmje: Hieromonje: monje sacerdote

(1)La Filocalia de la oración de Jesús (Ed. Lumen).
(2)Instrucciones Espirituales. Conversaciones con Motovilov (Ed. Lumen).
(3)Oración de Jesús y Experiencia del Espíritu Santo (Ed.Narcea)
(4)Viviendo el misterio de la Liturgia (de catholic.net)