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viernes, 15 de mayo de 2015

Deificación vs. Nirvana


Hieromonje Diego Daniel Flamini

Pregunta:
 
El archimandrita Sophrony en su libro “Ver a Dios como Él es” nos dice lo siguiente:

“Nada en la naturaleza es una repetición absolutamente idéntica. Y esto vale sobre todo para la realidad de los seres racionales. Cada hombre posee un corazón creado ‘aparte’ por Dios (cf. Sal 32, 15): es el corazón de una persona-hipóstasis dada y, en cuanto tal, irrepetible. En su realización última, cada persona recibirá ciertamente para siempre un nombre, conocido sólo por Dios y por quien lo reciba (cf. Ap 2, 17). De este modo, por más que la vida de todos los salvados sea una, como es uno el reino de la santa Trinidad (Jn 17, 11.21-22), el principio personal de cada uno de nosotros será irreductible al de otro.”

¿Debemos entender entonces que de acuerdo a la tradición cristiana, en contraposición a lo que pregonan diversas corrientes pseudoespirituales sobre la aniquilación de la persona, los santos, es decir, aquellos que por la deificación han llegado a ser dioses por participación, mas no por naturaleza, preservan una singularidad irreductible en su estado de bienaventuranza?

Respuesta por Hieromonje Diego:

Entonces me preguntabas si lo que Sophrony habla de esta condición de persona irreductible es verdaderamente así en la Revelación que Dios ha hecho en nosotros, contrariamente a cómo se plantea en las visiones paganas de una aniquilación del yo. Bien, Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Por creado a imagen y semejanza los Padres comprenden que es creado “persona”, imagen, y “semejanza” de acuerdo al hacer de Dios. La semejanza, la vida de la gracia, se perdió por el pecado y la recuperamos por Jesucristo. Recuperar la semejanza por Jesucristo, también implica una reforma de la imagen de acuerdo al Original, ya no la deformidad que tiene la imagen, la persona humana, de acuerdo al pecado, sino a la Voluntad benéfica, siempre benéfica, de Dios que nos ha creado, y nos ha creado para hacernos participar de su amor. Entonces, este camino de vuelta, este camino de vuelta hacia el Padre, este regreso hacia el Padre, salidos de  la nada, creados en el vientre de nuestra madre, va tomando distintas etapas: en primer lugar, la adopción que recibimos en Jesucristo en el Bautismo, pasamos a ser hijos del Padre, pasamos a ser morada del Espíritu, somos también imagen del Hijo, porque el Padre ve en nosotros al Hijo, al Hijo por medio del cual hizo todas las cosas. 

La principalidad de este camino nunca cambia; la acción de Dios está siempre dirigida a que seamos más lo que hemos de ser en su plan, su plan lleno de sabiduría; nosotros salimos de la nada y somos llevados por Dios e invitados a participar, a cooperar con la gracia, con nuestras potencias limpias del pecado. Nos vamos acercando por el camino de la santidad, por el camino de la deificación, la theosis, y lo vamos haciendo siguiendo las huellas del Hijo, siendo dóciles al Espíritu, es decir que caminamos hacia el Padre llevados justamente por el Espíritu y por la Verdad. El verdadero culto, dice el Señor, ya no será en tal o cual lugar, sino que será en un modo en particular, esto es, en Espíritu y en Verdad, y no podemos separar el verdadero culto del camino de la deificación; el que seamos transformados en dioses por participación en ningún modo nos desvía de la centralidad de este culto al Padre, culto al Padre a quien conocemos en Jesucristo por medio del Espíritu Santo. 

Esta deificación, lejos de borrar en nosotros lo que somos, lejos de asimilarnos a algo que nos supera y que nos desdibuja, muy por el contrario, hace crecer en nosotros las semillas de la gracia, las semillas de la Bondad de Dios y sus dones, y de esa misma manera crece en nosotros lo que Él sembró y nos transformamos en lo que Él quiere. Alcanzamos nuestro propio bien y podemos decir que nuestra persona se reconcentra en torno al querer de Dios que hace a todos y cada uno distintos dentro de un plan que supera nuestra mente y que conocemos como excelente, como bueno, porque todos los caminos del Señor distan de nuestra voluntad como la Tierra del Cielo. Nosotros nunca dejaremos de ser humanos, pero seremos transformados en la gracia, en la medida de la Voluntad de Dios, y somos asimilados a un orden superior que no nos desdibuja, sino muy por el contrario, son liberadas a una escala infinitamente por encima de nuestras posibilidades las energías divinas que actúan en nosotros, la gracia de Dios, de modo que vemos, inclusive nosotros los que caminamos en la tierra, cómo los  santos participan de ese misterio redentor; ese misterio redentor que desempeñan los santos, cada cual distinto, irreemplazable, es uno también con su ministerio de la Tríada de Dios; ellos están divinizados plenamente y sin embargo interceden; adoran al Padre y también son morada evidente del Padre, es una sola cosa.

Cuando el hombre contemporáneo de alguna manera mira con deseo esos caminos de aniquilación, en verdad está revelando su estado interior de vacío, de autosaciedad, de autocomplacencia, que lleva justamente a un deseo de aniquilación. Hay una ley espiritual que hace que cuando nosotros nos erigimos en Dios de nuestro propio mundo, también se vuelven contra nosotros las obras que creamos. El Apóstol San Pablo lo dice inclusive hablando de aquéllos que evangelizan: "Algunos construyen con oro, otros con piedras, otros con paja, todo será probado por el fuego y algunos salvarán su vida como quien la salva de un incendio. Cada cual inspeccione con qué construye". Ahora, cuando el Apóstol habla de construir no está obviamente hablando de ninguna construcción material, ni siquiera está hablando directamente de la construcción de una comunidad de piedras vivientes, sino que en primer lugar está hablando de la construcción de la vida de la fe: cómo se edifica en nosotros el hombre nuevo. En la carta a los Colosenses aparece delineado muy bien cuál es el camino del hombre que llevado por sus propios deseos llega al precipicio de desear el abismo, el abismo que suprima su orgullo, el abismo que compense el tremendo peso de querer cargar el mundo sobre los hombros, de querer dirigirlo todo, de querer dominar. Un dominio sin Cristo es un dominio contra Cristo, "El que no junta conmigo, desparrama", dice el Señor. De manera que tal como se plantea la civilización hoy, es una civilización construida contra Cristo, buscando inclusive suplantarlo, que es el verdadero significado de la palabra Anticristo, es un falso Cristo. Con falsas fuerzas buscamos suplir la fe. Creemos que los avances de la medicina hacen menos necesaria la fe, y si no fijémonos en qué punto recurrimos a Dios: si cuando perdemos la esperanza en los médicos o cuando nos es comunicado el primer diagnóstico. Cada cual inspeccione con qué construye; con qué construye, es decir, con qué coopera para la obra de Dios, si es dócil al querer de Dios, si lo es plenamente, si lo es vanamente, porque escucha y no cumple, si es abiertamente contrario al mandamiento de Dios. 

Por eso, debemos inspeccionar en nuestro corazón qué cosas están impidiendo que sea edificado en nosotros el hombre nuevo, aquel que avanza constantemente renovando esa imagen de Cristo, ese hombre nuevo en cuyo corazón habitan riquezas insondables que son derramadas sobre nosotros. Pensemos el misterio escandaloso de la fe, de la fe verdadera tal como el Señor se ha revelado,  que nos dice que Dios se ha hecho hombre y que no ha dejado de serlo, y el segundo misterio, más escandaloso todavía, es que nosotros al ser transformados no dejaremos de ser hombres y, es más, al fin de los tiempos resucitaremos. Ni siquiera los santos en el Cielo han completado su proceso, porque también ellos tienen que pasar por la resurrección, es de fe el que aquellos que están en el Cielo no han resucitado todavía, excepto nuestro Señor, el primer surgido de entre los muertos, y su Santísima Madre. No hay una claridad de que aquellos que son nombrados como resucitados en las apariciones después de la resurrección de Cristo -en aquellos tiempos aparecieron muchos hombres de la antigüedad, muchos profetas famosos por Jerusalén y alrededores-, no está como una sentencia clara que sea la resurrección de los muertos, sino que sea justamente una aparición, como pudo ser la de Lázaro, que es una reviviscencia, es una gracia de estar en este mundo por una virtud de Dios, pero no haber alcanzado el estado de la bienaventuranza final, que en este caso sí la alcanzó la Bienaventurada Virgen María.

Volviendo a la deificación y a la fuerza con la que Dios actúa, la vida de la gracia entonces se mueve dentro de estos parámetros: Dios se ha hecho hombre y con esto ha completado la Creación, y Dios atrae hacia sí al hombre para que sea transformado sin dejar de ser él, dios por participación. Por eso es fundamental examinar nuestras verdaderas disposiciones. En nuestros días la “oración de Jesús” suscita muchos adeptos, muchos seguidores, los íconos atraen invariablemente a gente de todos los orígenes y también suscitan una gran adhesión; hay inclusive autores espirituales, Padres de la Iglesia, que son leídos más en nuestros días que en otro momento de la historia. Se busca con una gran avidez, pero hay que examinar espiritualmente, no caer dentro de aquella profecía que está en los Profetas, si mal no recuerdo es el profeta Oseas, que dice: "Enviaré hambre y sed de la Palabra de Dios a la Tierra, y los hombres errarán de un lado a otro buscando; irán del Norte hacia el Este, buscarán y no encontrarán". Por eso debemos vigilar para que esa profecía no se cumpla en nosotros y que seamos admitidos con humildad dentro de la gracia de Dios; ser admitidos con humildad no significa tomar por nuestra cuenta aquellos elementos que nos resultan útiles a nuestro camino, sino entrar a caminar, comprender el llamado de Cristo para ir tras sus pasos, ir tras sus pasos cargando la Cruz, en un camino estrecho. No hay autopista hacia Dios, no hay teleférico hacia Dios, nada nos libra de la fatiga de la Cruz, ya sea en una larga vida, ya sea en una vida muy corta, ya sea con obras manifiestas de la fe, ya sea con una fe simple como la del buen ladrón, una fe que alcanzó a abrirle las puertas al Paraíso y también nos abre a nosotros las puertas del Paraíso, porque esa fe simple del ladrón es una luz en nuestro camino, como la fe del publicano en el fondo del Templo que decía "Señor, ten piedad de mí"

Nosotros tenemos que partir de que no estamos llamados a suprimir esas cosas sencillas, sino a repetirlas incesantemente. De hecho, cuando vamos a comulgar en la Divina Liturgia, decimos justamente eso: "Creo Señor y confieso que Tú eres realmente Cristo, el Hijo de Dios vivo, que viniste al mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero". No puedo recibir el Cuerpo de Cristo si no tengo la certeza de que yo soy el primero de los pecadores; si me acerco mascullando juicios contra los demás, si creo que algo de lo que hice me pone por encima de los demás. "De tu Mística Cena, oh Hijo de Dios, recíbeme hoy como participante, pues no revelaré el Misterio a tus enemigos ni te daré un beso como el de Judas, sino que como el malhechor te confieso: recuérdame, oh Señor, en tu Reino". "Recuérdame, oh Señor, en tu Reino", el clamor del creyente se acentúa en cuanto más se acerca a la cima; en cuanto se apaga nuestra penitencia, en cuanto se apaga nuestra compunción, tanto en cuanto se apaga nuestro temor de Dios, tenemos la certeza clara de estar desviados, de estar siguiéndonos a nosotros mismos, es decir, perdidos. Y esa claridad nos la da Dios, nos la da el Espíritu Santo que enseña en medio de la Iglesia, la cual es santa y de la cual nos desgajamos cuando pecamos. 

A veces, cuando profesamos la fe verdadera, podemos compadecernos, o algunos indignarse, contra aquellos que practican la fe mutilada, deformada, sin embargo nosotros, cuando pecamos, somos peores que ellos, porque nos desgajamos de la verdadera vida conociéndola; tenemos una luz que nos ilumina más fuerte y erramos con mucho más deseo, por eso esto más debe volvernos a cambiar en la humildad. Es ahí cuando comprendemos que todo coopera para el bien de los que aman a Dios y si el Señor vuelve a poner en nosotros ese deseo de amarlo y de vivir según sus mandamientos, que es lo mismo, entonces aprendemos a ir por ese camino de humildad y a ver inclusive en aquellas contrariedades y obstáculos que aparecen en nuestro camino, una palabra del Señor destinada a edificarnos, a hacernos crecer, a santificarnos, a arrepentirnos, a ayudar a otros, a seguir en este camino hacia el Padre, que como todo camino, o mejor dicho, como toda senda, pequeña senda, tiene sus peligros, pero en esto tenemos ayuda de aquellos que nos preceden, aquellos cuya fe es una antorcha para nosotros que nos permite seguir en esta oscuridad creciente en el camino hacia la cima. Si nosotros levantamos la vista con fe, veremos en la vida de la Iglesia muchas antorchas que nos preceden y que van con la vida de la fe iluminando nuestros pasos; si no las vemos, entonces posiblemente estemos siguiendo otro camino, un camino edificado sobre nuestra presunción. Porque la luz de Dios viene a nosotros para iluminarnos y para que nos arrepintamos, no para echarnos en cara o mofarse de nuestro pecado, sino para sanarnos de él, y es aquí, en cuanto hablamos de la santificación, de la deificación, también tenemos que hablar de la vida del pecado, que es una muerte, que es un daño, que es una mengua, que es una pérdida. 

A veces, las ideas que tenemos con respecto al pecado y la gracia son el principal obstáculo para poder vivir la vida de Dios. Cuántas veces una persona que va creyendo que busca a Dios se tropieza con el pecado del otro o con el pecado que cree que tiene el otro o con el que le parece y está seguro que debe ser así, y siente alejarse de Dios porque, al juzgar al otro, al condenar al otro, lo está envidiando. Codiciar el pecado del otro es, en la manera más efectiva, mediante la condena, porque no nos permite reconocer nuestros verdaderos sentimientos. "¿Cómo puede ser que ése peque y yo me tengo que aguantar de no pecar para estar parado en el mismo lugar?" Creo que si, con respecto a esa misma persona, pensáramos que tuvo un accidente automovilístico no envidiaríamos ni lo juzgaríamos, pensaríamos tal vez: "Bueno, pobre, espero que se restablezca, voy a rezar por él", "qué terrible pérdida, ojalá pueda rehabilitarse, ojalá esté bien preparado para encontrarse con Dios". Cuando nos sentimos dueños de la situación, nos sentimos muy misericordiosos de acuerdo a nuestra idea. Sin embargo, cuando nosotros vemos que el otro peca, debemos tener exactamente la misma disposición; si comprendemos que el pecado es un daño, entonces no codiciaremos, mediante el juicio, su posición equivocada, no buscaremos adquirir lo que está perdiendo al otro. No pensaríamos de esa manera si nosotros tuviéramos misericordia y con humildad pidiéramos al Señor que se apiade de nosotros también, que no permita que caigamos, que seamos humildes y operantes en manos de Dios, activos en manos de Dios, es decir, con las manos juntas. 

Hay un poema del poeta Alexei Jomiakov, un poeta ruso, que dice: "fuerte es la mano del que ora". Fuerte es la mano del que ora, y eso es para nosotros justamente un indicador de que nuestras debilidades muchas veces no son fruto de la naturaleza que hemos heredado, sino fruto de la naturaleza que hemos estropeado; que por falta de atención espiritual, por falta de discernimiento, por falta de sobriedad, por falta de vigilia del corazón, por falta de humildad, estamos nosotros dejando pasar todas las oportunidades que Dios nos da; no por inadvertencia, es por una pereza espiritual, profunda pereza espiritual que tenemos. A desear la santificación del prójimo y no procurarla para nosotros, porque la manera más efectiva de ayudar al prójimo a ser santo es emprender el camino de Dios, emprender ese camino, en el cual, paso a paso nos vamos despojando de aquello que creemos que somos. "¡Yo soy muy sincero!", dicen muchos, cuando en realidad habitualmente faltan a la caridad de todas las maneras, esto no es sinceridad. "¡Yo soy muy bueno!", y tal vez es que es muy cómodo, complaciente, y no busca el bien de los demás. "¡Yo soy muy generoso!", y tal vez no da lo que sobra, o da lo que a uno le parece que es lo que los demás necesitan, aunque sepa que le va a hacer mal. Entonces, también encontramos a los que dicen "¡Yo soy muy humilde!", y tal vez es que no hemos puesto a trabajar ninguno de los dones de Dios, como aquel que hizo un pozo, enterró lo que Dios le dio y dijo: "Yo soy humilde, no presumo de las obras de Dios". Por eso, nada mejor que ponernos en camino y aprender de los Padres, aprender de la fe de la Iglesia, nutrirnos dentro de la Divina Liturgia, que es el regazo de la Iglesia, es el seno, podemos decir que es el útero de Dios, donde somos rehechos. No solamente tenemos fe y vamos a rendir culto, sino que somos rehechos en cada Liturgia en la medida de nuestra fe, por la cual somos tenidos a Dios, la fe nos tiene a nosotros, en el mejor de los casos; Dios nos ha pescado, en el mejor de los casos; Dios está en nosotros y nosotros en Dios. Es una experiencia muy común, muy habitual, mejor dicho, en la Liturgia, experimentar esto, que Dios está en nosotros, por la paz que experimentamos, y Dios está en torno a nosotros: "El Ángel del Señor acampa en torno de los fieles y los libra", dice el Salmo. Acampa en torno, justamente, acampa en torno y esos fieles experimentan una protección, experimentan una libertad para poder dedicarse al bien, que ese es el fin de la libertad. La libertad no es la capacidad de hacer el mal, es la capacidad de elegir entre un bien y un bien mejor, entregarnos sinérgicamente a la gracia; nuestras operaciones movidas por la gracia de Dios, infundidas por la gracia de Dios, operan como deberían. 

La gracia de Dios, desde un punto de vista, nos supera por mucho más de lo que la mente puede llegar a comprender y, por otra parte, somos casi con naturaleza divina, estamos hechos para vivir en ella. Si uno se compra un vehículo nuevo, y uno desea que ese vehículo ande bien, le costó mucho esfuerzo conseguirlo, está muy feliz con ese vehículo nuevo que lo va a poder llevar a muchos lugares y visitar personas que ama y realizar cosas que son buenas, placenteras, va a cuidar mucho, en primer lugar, de nutrirlo con el combustible adecuado, y si su bolsillo se lo permite va a tratar de que así sea con el mejor combustible posible, diseñado para ese vehículo. Si bien la comparación no es exacta, sin embargo podemos decir, justamente, que estamos hechos para vivir en Dios, no que Dios es nuestro combustible, no hay un "combustible espiritual", porque Dios no es una cosa que se usa para lo que uno quiere ni algo que se absorbe y que queda ajeno a nosotros, porque el auto no es transformado por el combustible, sencillamente se mueve. En cambio, nosotros por medio de la gracia somos transformados en otro ser. Podemos, si se quiere, compararlo más con el agua y la planta, que alcanza su propio fin, el agua no pierde su ser y la planta es transformada. Y Dios viene a nosotros y hace de cada planta del jardín una distinta, y aunque fueran de la misma especie, una distinta de la otra, de manera que la madurez de una, no es la madurez de la otra, ni el tiempo de fructificación ni la calidad de los frutos ni la forma ni tampoco las mismas posibilidades, por eso hemos de atender que ese agua de Dios que viene sobre nosotros también sea conducida para lo que Dios la ha puesto, para que demos fruto de acuerdo a nuestra especie.




domingo, 4 de agosto de 2013

Sobre la Oración de Jesús, por Hieromonje Diego.

Hieromonje Diego dando la Bendición en Iaremcha, Ucrania. Fiesta del Santo Profeta Elías

¿Qué es la Oración de Jesús?. ¿Cuál es su origen?. ¿Cómo se practica en el Oriente Cristiano? ¿Cómo practicarla en la vida diaria?

Estas son preguntas que hice a Hieromonje Diego antes que se fuera de viaje.
Comparto aquí su respuesta para provecho espiritual de todos. Dios los bendiga.




En el evangelio de San Juan 16, 23 escuchamos que el mismo Señor nos dice:

"Les aseguro que todo lo que pidan al Padre, Él se lo concederá en mi Nombre".

Pedir en el Nombre de Cristo, decir el Nombre dulce de Jesús. Eso es el resumen, la Oración del Nombre de Jesús, llamada oración monológica, es decir oración de una sola palabra, o la oración hecha por la Palabra Verdadera, la única Palabra del Verbo de Dios hecho carne. La Oración de Jesús es el alma de toda oración.

"Hasta ahora no han pedido nada en mi Nombre, pidan y recibirán, y tendrán una alegría que será perfecta". 

El Señor nos invita a la oración, nos llama, nos indica cómo hemos de ser transformados en seres completos, llenos de una alegría perfecta, que no procede de nuestro ser, de nuestro conocimiento, de nuestras potencias, sino de su poder, por medio del Espíritu Santo.

Oración de Jesús en eslavo eclesiástico

Desde el comienzo de la Iglesia los cristianos fieles al mandamiento del Señor oran al Padre por medio del Nombre del Hijo, Jesús. Y esta oración inspirada por otros, como el ciego de nacimiento o como el publicano en el templo, tal como aparece en el Evangelio, llegan a formar una formulación, que es la más común, que consiste en decir:

"Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador".

Es un Señor ten piedad extendido y enriquecido. Es un Señor ten piedad, que resuena en lo profundo de nuestro corazón, que se une a nuestra vida natural, transformándola por la fuerza de la gracia, que late dentro de nuestro corazón como el verdadero corazón de la vida divina en nosotros.
Seremos transformados,  y seremos transformados por la acción de Cristo en nosotros. Es el mismo Padre de los Cielos que se mueve en lo más profundo de nuestro corazón y que transforma nuestro ser.

"Llega la hora en que ya no les hablaré por medio de parábolas, sino que les hablaré claramente del Padre. Aquel día ustedes pedirán en mi Nombre y no será necesario que yo ruegue al Padre por ustedes, ya que Él mismo los ama".

Orar al Padre en el Nombre de Cristo. Esta es la llamada del Hijo de Dios. Somos adoptados en el Hijo, y la Oración del Nombre es la respiración misma de nuestra alma. Se transforma en el centro luminoso donde el Señor transforma nuestra vida, en una vida eterna. Va iluminando cada rincón de nuestro ser y nos va disponiendo hacia la vida del Cielo.

Oración de Jesús en griego

La Oración de Jesús nos dirije al corazón del Padre, pero también nos establece en el lugar correcto, en el lugar verdadero que tenemos dentro del Reino de Dios. Somos hijos de Dios por adopción en Jesucristo, pero somos viadores de este mundo.

Dice el Señor en la carta a los Efesios 5, 10:

"Fortalézcanse en el Señor con la fuerza de su poder. Revístanse con la armadura de Dios, para que puedan resistir las insidias del demonio. Porque nuestra lucha no es contra enemigos de carne y sangre, sino contra los principados y potestades, contra los soberanos de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que habitan en el espacio".

Nuestra lucha no es contra enemigos de carne y de sangre. El prójimo no es nuestro enemigo. Puede ser nuestro adversario, pero con la fuerza del Nombre comprendemos que nuestro verdadero enemigo es invisible. Nuestro verdadero enemigo sabotea, ataca y busca pervertir nuestro camino hacia el Padre. Acecha y busca perdernos.

Concientes, iluminados por la Palabra del Señor, oramos con la Oración de Jesús. Mantenemos nuestra mente y nuestro corazón iluminados por la presencia del Nombre.
Ahora bien, es todo nuestro ser el que participa de esta lucha para el Reino de los Cielos, de esta lucha para huir de las tinieblas.

"Tomen la armadura de Dios, para que puedan resistir en el día malo y mantenerse firmes después de haber superado todos los obstáculos. Permanezcan de pie, ceñidos con el cinturón de la verdad, y vistiendo la justicia como coraza. Calzen sus pies con el celo de propagar la buena noticia de la paz. Tengan siempre en la mano el escudo de la fe, con el que podrán apagar todas la flechas encendidas del Maligno. Tomen el casco de la salvación y la espada del Espíritu que es la Palabra de Dios".

No estamos solos en este camino hacia el Padre. Somos admitidos y llamados como hijos de la Iglesia. Ella como fiel madre nos reviste de la verdad, de la enseñanza, nos ilumina, nos nutre, nos sirve la mesa abundante del Cuerpo y  la Sangre de Cristo. Nos entrega el perdón por medio del Sacramento de la Confesión. En los Divinos Misterios nos encontramos con Dios hecho hombre que nos fortalece para la lucha contra los enemigos invisibles, contra nuestros verdaderos enemigos.

"Eleven constantemente toda clase de oraciones, y súplicas animados por el Espíritu. Dedíquense con perseverancia incansable a interceder por todos los hermanos, y también por mí, a fin de que encuentre palabras adecuadas para anunciar resueltamente el misterio del Evangelio".

Orar los unos por los otros. La Oración de Jesús no es una manera solitaria alejada del prójimo en la cual uno se habría de reconcentrar equivocadamente en sí mismo. La Oración del Nombre es sumergirse en el corazón que ama a todos los hombres, que ofrece su amor redentor por medio de la Iglesia. Es una oración personal y eclesial a la vez.

Elevar las súplicas constantemente al Padre animados por el Espíritu. La Oración de Jesús es una expresión simplicísima y central de la vida de la Santísima Trinidad en la cual somos insertos, somos llevados, somos incorporados por pura misericordia de Dios.



Los cristianos buscamos la Jeresalén de arriba, queremos volver al Padre. Y desde el inicio de la Iglesia muchos hijos de Dios se han retirado de las tentaciones de este mundo para buscar el Rostro de Dios, no para alejarse de los hermanos, sino al modo del vigía para procurar el conocimiento y la comunión con Dios a los demás hermanos. Es muy fácil. Desviarnos en medio de las preocupaciones de este mundo. Y fueron justamente estos elegidos de Dios, estos humildísimos siervos de Dios, los que profundizaron primeramente en este misterio de la Oración del Nombre de Cristo, esta oración que reúne todos los elementos que necesitamos para mantenernos caminando en la fe, pero que no agota la riqueza de toda la Iglesia.

La Oración de Jesús es un centro luminoso en el cual nuestra fe puede crecer uniéndose de corazón al Señor en cada momento de nuestra vida. Sin dudas los monasterios son los faros que previenen a los fieles de las peligrosas costas de este mundo, lo que hemos de evitar, lo que hemos de procurar. Sin embargo no constituyen un monopolio de la vida espiritual, sino fuentes, centros, para que todos como cristianos respiremos ese Nombre, vivamos la presencia vivificante del Nombre de Dios en nuestro corazón que habita por medio de la gracia.




Practicamos la Oración de Jesús, no nos contentamos con conocerla. Oramos con la oración: "Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador", a cada momento. Podemos hacerlo de un modo más simple, de acuerdo a las necesidades de nuestro corazón. Pero buscamos procurar esa Presencia a cada instante de nuestra vida.

Él es la Luz, la luz del mundo, la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo y esa luz ilumina lo profundo del la conciencia y del corazón, las entrañas, lo más profundo del ser. El misterio de nuestra persona, donde ojo humano no penetra, y el intelecto humano falla.

Decimos esta oración en nuestro interior y también con la boca. Lo decimos acompañados de la cuerda de oración: del chotki o komboskini, o lo decimos con otro objeto que nos pueda ayudar en esa misma práctica. El centro es nombrar, buscar y llamar a Aquél ante quien dobla rodilla todo ser en el Cielo, en la tierra y en los abismos. Esa oración nos transforma en portadores de Dios que proclamamos la riqueza inagotable del Nombre de Cristo a cada instante y a cada criatura.


Cordón de oración, tchoki o komboskini, que se utiliza en la práctica de la Oración de Jesús, repitiendo en cada cuenta: "Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador".




domingo, 30 de junio de 2013

Entrevista a Hieromonje Diego Daniel Flamini


Hieromonje Diego Flamini con el Santo Padre Francisco (en ese momento Cardenal Jorge Mario Bergoglio)

En primer lugar, agradezco el interés y el espacio para compartirles el don que he recibido. Mi nombre es Diego Daniel Flamini, soy monje y sacerdote (hieromonje). He iniciado con mi compañero y superior el Hieromonje David (1998) el Monasterio Católico Bizantino de la Transfiguración de Cristo cerca de la ciudad de Pigüé en el sur de la Argentina, y pertenezco a la Eparquía (diócesis) Ucrania de la Argentina, integrante de la Iglesia Católica Bizantina Ucrania (Arzobispado Mayor de Kyiv-Halych), la Iglesia Sui Iuris más numerosa de la Iglesia Católica. Su Beatitud Sviatoslav, autoridad máxima de dicha Iglesia, ha erigido una parroquia bizantina con sede en el monasterio, que abarca toda la Patagonia.

En 1995 el Beato Juan Pablo II, promulgó la Carta Apostólica “Orientale Lumen” – La Luz del Oriente -  cuyos extractos creo serán oportunos para presentar a muchos hermanos nuestra vocación y destino de católicos orientales, y sus implicancias para todos los demás católicos.


 ¿Cómo entendemos en la Iglesia Católica de rito latino a las Iglesias Católicas de rito bizantino?

“La venerable y antigua tradición de las Iglesias Orientales forma parte integrante del patrimonio de la Iglesia de Cristo, la primera necesidad que tienen los católicos consiste en conocerla para poderse alimentar de ella y favorecer, cada uno en la medida de sus posibilidades, el proceso de la unidad.”

En primer lugar la riqueza de la Iglesia Bizantina en comunión con Roma es una riqueza a conocer y valorar: repetidas veces los Papas nos han llamado a abrir la puerta e ingresar en este mundo espiritual que además de ser patrimonio de los fieles que lo han recibido como herencia, tiene un mensaje “terapéutico” para todos los católicos.

“Nuestros hermanos orientales católicos tienen plena conciencia de ser, junto con los hermanos ortodoxos, los portadores vivos de esa tradición.”

Podemos preguntarnos, ¿en qué consiste esa cualidad específica, considerada tan valiosa por los Papas, en favor nuestro?

En mi humilde opinión, podría sintetizarlo como el don de conciliar realidades buenas y legítimas de la Iglesia, a veces, percibidas como opuestos: La acción y la contemplación, la liturgia y la vida cotidiana, la fiesta y la solemnidad, el recurso a los signos sin dispersarse en las creaturas, la participación de todo lo humano en lo trascendente, la penitencia con la alegría espiritual, la piedad tiernísima a la Madre de Dios plenamente cristocéntrica…etc.

“Es necesario que también los hijos de la Iglesia católica de tradición latina puedan conocer con plenitud ese tesoro y sentir así, al igual que el Papa, el anhelo de que se restituya a la Iglesia y al mundo la plena manifestación de la catolicidad de la Iglesia.”


¿Cómo es la regla monástica de Oriente, la Estudita?

En Occidente conocemos una inmensa variedad de carismas en beneficio espiritual y material de toda la Iglesia: son las Órdenes monásticas, las Órdenes religiosas, las Congregaciones, institutos, cada uno con su Regla propia, estatuto y fin específico. Si bien al Oriente Católico han llegado a servir muchas de estas Instituciones, el monacato propio de Oriente, que es el primero de todos, sigue fiel a su condición original:


“En Oriente el monaquismo ha conservado una gran unidad, y no ha conocido, como en Occidente, la formación de los distintos tipos de vida apostólica.”

La Regla de San Teodoro Estudita, es la Regla común, aunque no única, del Oriente Cristiano. Ella comprende los distintos estados monásticos como expresión de una única consagración en etapas.

“Las varias expresiones de la vida monástica, desde el cenobitismo rígido, como lo concebían Pacomio o Basilio, hasta el eremitismo más riguroso de un Antonio o de un Macario el egipcio, corresponden más a etapas diversas del camino espiritual que a la opción entre diferentes estados de vida.”


  ¿Cómo describe la misión de un monje católico bizantino?

Como la de alguien llamado a ser puente entre Dios y sus hermanos, y entre los hermanos también: no podemos amar lo que no conocemos, y la inmensa riqueza que es Cristo, la damos a compartir en un ámbito como el bizantino, en el que muchas de las condiciones de la vida cristiana original siguen vigentes.

Así pues, el monje es el hombre de la renuncia al mundo creado por Dios, para dedicarse por entero al Dios que ha creado al mundo y cuanto contiene. Y como modelo de todo creyente (el ser monje es una profundización del misterio bautismal), el monje es un hombre que vive la Presencia del Reino, y espera su plenitud; un vigía que guarda la Ciudad de Dios que es la Iglesia. Su retiro no es una separación de las necesidades del prójimo, sino un centrarse en el combate espiritual propio, y de todos los miembros del Cuerpo eclesial.


   ¿Qué significa la palabra “Teóforo”?

La palabra “Teóforo” significa “portador de Dios”, y es así como el cristiano comprende su ser y su misión: Llevamos a Dios realmente, cuando vivimos según los mandamientos de Cristo y estamos reconciliados con el Padre por el perdón. Celebramos continuamente esta misericordia practicando la "oración de Jesús” u “oración del corazón” (Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador).

“En Oriente el monaquismo no se ha contemplado sólo como una condición aparte, propia de una clase de cristianos, sino sobre todo como punto de referencia para todos los bautizados, en la medida de los dones que el Señor ha ofrecido a cada uno, presentándose como una síntesis emblemática del cristianismo.”


¿Cómo llega a América Latina la Iglesia Bizantina?

Con las emigraciones del S. XIX y XX, llegaron inmigrantes de casi todas las naciones cristianas orientales a diversos puntos de América Latina; en particular ucranios (bizantinos)a Brasil y Argentina y árabes (maronitas y greco-melkitas) y armenios a México, Colombia, Centroamérica, Venezuela, Brasil y Argentina . Allí formaron comunidades hasta el día de hoy que, en general, se limitan a mantener la atención pastoral de las respectivas comunidades. Entre ellos está la Misión Católica Rusa y Rumana de Buenos Aires y la Misión Ítalo-griega, y en Brasil, la comunidad siro-antioquena de Belo Horizonte.

Debido a los trágicos sucesos de Oriente Medio, es muy posible que más hermanos cristianos que desean conservar su ser, vengan a nuestro amado continente. Al acogerlos sepamos valorar lo que tienen para compartir con nosotros.


¿Qué propone la Iglesia para el futuro?


” Con respecto al monaquismo, teniendo en cuenta su importancia en el cristianismo de Oriente, deseamos que vuelva a florecer en las Iglesias orientales católicas y se apoye a los que se sientan llamados a llevar a cabo ese afianzamiento(66).”

“Ese deseo se refiere también a los territorios de la diáspora oriental, donde la presencia de monasterios orientales daría mayor solidez a las Iglesias orientales en esos Países, prestando, además, una valiosa aportación a la vida religiosa de los cristianos de Occidente.”

Nuestra fundación de un monasterio bizantino en un recóndito lugar de la Argentina es una respuesta a ese apremiante llamado, hemos sido acogidos y estimulados por la autoridad de la Iglesia, y damos gracias a Dios por ello. Es pues, a la Iglesia en general que se dirige nuestro quehacer: a los bizantinos de origen y de vocación para que alcancen la plenitud de su llamado, a nuestros hermanos latinos para que crezcan en conocimiento y experiencia del Tesoro de Cristo de la fe católica, y a todos aquellos hermanos de tradición que aún no gozan de la plenitud de la fe, para hacer un llamado a la Unidad que el Señor quiere. ¡Cristo viene hacia nosotros, caminemos hacia Él!

Los hijos de la Iglesia católica ya conocen los caminos que la Santa Sede ha señalado para que puedan alcanzar ese objetivo: conocer la liturgia de las Iglesias de Oriente(62); profundizar el conocimiento de las tradiciones espirituales de los Padres y de los Doctores del Oriente cristiano(63); tomar ejemplo de las Iglesias de Oriente para la inculturación del mensaje del Evangelio; combatir las tensiones entre Latinos y Orientales e impulsar el diálogo entre Católicos y Ortodoxos; formar en instituciones especializadas para el Oriente cristiano a teólogos, liturgistas, historiadores y canonistas que puedan difundir, a su vez, el conocimiento de las Iglesias de Oriente; ofrecer en los seminarios y en las facultades teológicas una enseñanza adecuada sobre esas materias, sobre todo para los futuros sacerdotes(64). Son directrices siempre muy válidas, en las que deseo insistir con particular fuerza.


 Iglesia del Monasterio Bizantino de la Transfiguración, Pigüé, Argentina.

Catedral-Basílica de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, España.

Seminario católico bizantino de Nyíregyháza, Hungría


Basílica San Esteban, Budapest, Hungría.
Iglesia antigua de madera, Eslovaquia.

Eslovaquia



(Entrevista a cargo de Mary Dorantes, México)

* En rojo, citas de la carta apostólica Orientale Lumen.




lunes, 29 de abril de 2013

Testimonio vocacional del Hieromonje Diego


Entrevista realizada por la Hna. Mónica Jaciuk, OSBM



1) Padre, ¿qué significa para su vida haber sido bautizado en el rito romano y vivir hoy como monje y sacerdote bizantino?

Buenos días, ante todo, gracias por el interés y el espacio para que pueda testimoniar ante Uds. la vida que Dios me ha concedido. En primer lugar, bendigo a Dios Padre que en su Misericordia y Sabiduría infinitas se ha dignado derramar en mí, pecador, tantas gracias por medio de su Hijo Unigénito para ser instrumento del Espíritu Santo y cumplir lo que Él quiera, para mi salvación y la de los hermanos. Alabo tiernamente a la Toda Santa, la Madre de Dios y Siempre Virgen María, la que en mi interior nutre a su Hijo, para que sea formado hasta la medida del Hombre Nuevo.

Entre el bautismo que recibí de pequeño y mi condición actual de hieromonje de la Iglesia Bizantina Ucrania hay un largo camino que trataré de resumir.
Bien, el Bautismo es una gracia extraordinaria, que en mi caso, la recibí como la mayor parte de los argentinos: en la Iglesia Católica de rito latino y por tradición familiar, digamos, una sabia costumbre que permitió que una familia no practicante como era la mía no le impidiese a la Iglesia el ser Madre de sus hijos.

Mi llamado a la fe fue casi coincidente con mi llamado a la consagración, a los 20 años de edad, y hasta ese momento, la gracia del Bautismo aguardaba los tiempos de Dios, que son tiempos de misericordia. Debo a la Iglesia latina mi formación primera, la Acción Católica, luego el seminario y el haberme ofrecido las riquezas del Oriente Cristiano a manos llenas, cosa que agradezco cada día.

Así, a la vez que me nutría con los íconos, los Santos Padres, en particular los Padres del Desierto, la Oración del Nombre, y militaba y misionaba en la parroquia, había un profundo anhelo y a la vez una convicción de que Dios tenía algo para mí desconocido, y que como Dios es fiel, Él habría de mostrarme y le daría cumplimiento.

Ya durante la formación sacerdotal en el Seminario Mayor “San José” de La Plata, ese misterioso “llamado dentro del llamado” seguía creciendo y exigiendo más. Al crecer en mí esta realidad de a destellos e inspiraciones, mis sucesivos padres espirituales me animaron a que cultivara ese núcleo misterioso y palpitante. La lectura de la Carta Apostólica “Orientale Lumen” fue una revelación de mis más hondas aspiraciones. Pero fue un día al entrar durante una Divina Liturgia en un templo ortodoxo en que supe, por fin, quién era yo. Ya no había misterios: sin separarme de mi Madre la Iglesia Católica, yo era simplemente “todo eso”. No hubo ningún detalle, sencillamente me sentía un pez en el agua: “lo semejante conoce lo semejante”. Al poco tiempo, según mis posibilidades, empecé a concurrir a la Misión Católica Rusa y Rumana, donde podía comulgar y participar con otros que “padecían” alegremente la misma urgencia hacia la “Luz del Oriente”.

El comienzo de la fundación junto con el entonces seminarista David, mi amigo y compañero el hieromonje David, fue fruto de una decisión consciente y madurada bajo la guía espiritual de la Iglesia de emprender el camino de la santidad, en la penitencia, la oración y el ayuno siguiendo la inspiración primera: llegar a ser una comunidad monástica bizantina eslava en la diáspora, plenamente insertada en la realidad local. Así comenzamos a tener relación con la Eparquía Ucrania.

Años después de comenzar la fundación del monasterio, con el hieromonje David, a instancias de Mons. Sviatoslav, entonces Obispo Ucranio de la Argentina, fuimos hechos miembros plenos de la Iglesia Católica Bizantina Ucrania por la Santa Sede, es decir, como si hubiésemos sido bautizados en ella, e incardinados en la Eparquía Ucrania de la Argentina. 

Así pues, volviendo al inicio, me siento bendecido y comprometido a ser plenamente sacerdote de Dios y monje de la Iglesia de Oriente, al servicio de todos.

2) ¿Qué aspecto de la Iglesia Bizantina le cautivó?

Su Liturgia vivificante, ultraterrena, mística y a la vez tan cercana, que lo ilumina todo. La Iglesia Bizantina es Liturgia, Servicio Público ante Dios en favor de los hombres: Solemnidad tierna, piedad sobria, penitencia gozosa, memoria apostólica expectante del retorno de Cristo, poesía dogmática, desbordante Unción sin desbordes, sencillez dignificante, estupor dulcísimo…y de allí dimana la Luz de Cristo a todos los aspectos de la vida, para todos, los más sencillos, para las creaturas de todo el universo.

3) ¿Cómo se articula la vida monástica y la misión en el monasterio de la Transfiguración?

Como en todo organismo pequeño como lo es nuestro monasterio, todos los procesos “metabólicos” de su vida se dan a una gran velocidad: Celebramos en la iglesia, tenemos momentos de vida en común, hacemos las tareas de la casa, damos formación a los miembros de la comunidad, atendemos peregrinos, a penitentes que buscan el perdón, a personas en riesgo, también a personas en el pueblo, hacemos toda clase de trabajo manual e intelectual, misionamos en el Sur, y básicamente estamos abiertos a las necesidades del Cristo que cruza nuestra tranquera: la armonía, humanamente hablando imposible, es estar con Dios sin cesar. La oración del Nombre de Jesús lo hila todo. La unidad de todo la concede Dios sólo al estar en vilo a cada instante para arrojarse sobre la Voluntad siempre benéfica de Dios.

4) ¿Por qué vive con tanto entusiasmo?

¿Oh, tanto se me nota? Permítaseme, pido paciencia, una explicación. La palabra entusiasmo, viene del griego “en-theo-ousiasmós”, algo así como “estado activo causado por Dios”. El Señor Jesucristo nos dice por medio de la Samaritana que el agua que Él nos da, la Gracia, brota como un manantial hasta la Vida Eterna…ahora bien, ¿qué hago yo con tanta agua que brota y brota? ¡la doy de beber a otros! El único entusiasmo, pues, digno de tal nombre es el de tener a Dios adentro, y a la vez, experimentar el vivir insertos en Él. Y estar adentro de Dios, es estar adentro de la Iglesia, sin peros. Les deseo a todos que, en la medida del querer divino, les pase lo que me pasó a mí. 

5) ¿Qué  mensaje quiere transmitir como sacerdote y monje bizantino?

No busquen la felicidad vanamente fuera de la Iglesia: Crean que Dios es fiel y que Él cumple las promesas a su Pueblo: Déjense llevar por el Amor de Dios, y oren sin cesar. Busque cada uno un padre espiritual y obedézcalo, siendo sincero con Dios y los hombres. Amen a la Madre de Dios con todo el corazón. ¡Dios los bendiga! ¡Slava Isusu Jristú!

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 Gracias al "Sí" del Padre Diego al Señor, muchos podemos nutrirnos de la riqueza  espiritual del Oriente Cristiano aquí en la Argentina, a través del Monasterio Bizantino de la Transfiguración que fundaron con el Padre David hace 15 años.
Video de una Pascua vivida en el Monasterio Bizantino de la Transfiguración:



Más fotos:




















Notas:
* Fotos tomadas por Raquel y Mirta Carballedo