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sábado, 8 de diciembre de 2012

El Ayuno de San Felipe. Itinerario espiritual hacia el místico Belén. Parte II


Por Hieromonje Diego Flamini



Cuando practicamos el ayuno lo hacemos de distintas maneras. En primer lugar es una medicina que la Iglesia nos ofrece. Ninguno de nosotros cree que el médico nos castiga con una medicina o nos maltrata. Sino que sabemos que esa medicina está destinada a que recuperemos la salud e inclusive que lleguemos a una salud perfecta, en este caso espiritual.
La privación de alimentos de por sí no produce una mejora espiritual, si fuera así todas las personas que hacen dieta serían más santas, y nosotros sabemos que muchas veces, en nuestros días las dietas ayudan a las personas a aferrarse al pecado, no a alejarse de él. Cuántas personas comienzan  a practicar la vanidad, comienzan a practicar el orgullo, comienzan a practicar toda clase de superficialidad y maldad, porque  comienzan a  hacer una dieta para estar presentables para el verano. Cuántos pecados y cuántas caídas suceden, cuántos matrimonios rotos, cuántos votos destruídos por la vanidad de querer presentarse ante el mundo de una manera mucho más atrayente. 

Como vemos privarnos de comida no nos santifica, sino que hacerlo por obediencia y con la oración, buscando privar a nuestras pasiones del principal combustible, del principal aliciente, que no solamente es el alimento material o el exceso de agua, o el exceso de estímulos, sino la voluntad propia. La voluntad propia humana que no puede de por sí aspirar al Sumo Bien, sino que sólo la alcanza por la unión a otra Voluntad más grande, que es la de Dios, a la cual no podemos unirnos también sin un medio visible, por eso obedecemos en la Iglesia para librarnos de los límites de nuestra propia voluntad. 

El practicar el ayuno para nosotros es una práctica gozosa de desprendimiento, de crecimiento interior. Es una bendición que no sólo nos libra de lo superfluo sino que nos permite compartir nuestras cosas superfluas con los que necesitan. Como dice San Basilio el Grande:  “El ayuno de los monjes, llena la mesa de los pobres”. 

Ahora bien, nosotros sabemos de acuerdo al espíritu verdaderamente cristiano, que no hay un Evangelio para monjes y un Evangelio para laicos. Sino que el monaquismo existe en la Iglesia como una señal para todos los cristianos de lo que han de practicar. Cada uno en su medida, cada uno en su posibilidad, cada uno de acuerdo a su llamado pero siempre teniendo en cuenta como el barco que navega el faro que marca los límites de adónde nos dirigimos. Por eso dirigirnos hacia la Navidad es también adentrarnos más profundo en nuestro corazón para orar más intensamente con lo que nos enseñan los padres. Es la oportunidad de introducir en nuestra vida esas oraciones que hemos siempre dejado de hacer. Es la ocasión para privarnos de diversiones innecesarias, para entrar en nuestro corazón y hacer ese examen. Un examen no destinado a torturarnos sino a liberarnos de aquello que nos aqueja. Cuántas personas caminan serenas, tranquilas por la calle creyendo que están sanas y de golpe despiertan a una terrible realidad, una terrible enfermedad que amenaza su vida con destruírla. La Iglesia como madre, sabia, con el consejo de los santos padres nos llaman a que analicemos nuestra conciencia, que vayamos al médico espiritual para tener la certeza del mal que nos aqueja y del bien sobre el cual estamos apoyados. Cómo adquirir la salud, y cómo conservarla espiritualmente, cómo alejarnos del mal, cómo enfrentar  aquellas cosas que no hemos osado  cambiar en nuestra vida. 

El Ayuno de Felipe es otra oportunidad que Dios por su misericordia revela, esta vez con la finalidad de hacernos participar en el banquete humildísimo del Pesebre. Otra vez comer a Cristo y a su vez adorarlo en el Pesebre. Otra vez descubrir la sencillez originaria de las cosas. Y librarnos de todo lo que nos sobra. Por eso la práctica de la misericordia y de la limosna no están exceptuados. Y también sobre todo el acercarnos a la confesión con mucha más sinceridad, con más profundidad, el renovar nuestro corazón con nuevas  lecturas, pidiendo un consejo, acudiendo en pos de la salud que tantas veces nos hemos acostumbrado a perder. A veces actuamos de una manera poco provechosa, fatigándonos en toda clase de tareas, y no procurándonos el bien único que es Dios. Ni santificando las tareas que hacemos, ni bendiciendo la comida, ni estando con Dios en cada cosa que hacemos.

Por eso en primer lugar, esas semanas  se organizan con dos días de ayuno estricto, como el miércoles y el viernes. Los miércoles y viernes que normalmente son de ayuno leve, pasan a ser de ayuno estricto. Los lunes, los martes  y los jueves pasan a ser de ayuno leve. De manera que se cumple con nuestra antigua costumbre dada por los padres, que los ayunos solamente abarcan de lunes a viernes inclusive. Y el sábado y el domingo también se puede ayunar, pero hasta una medida que no exceda el ayuno leve. La misma Iglesia que nos manda ayunar un miércoles y un viernes, nos lo prohíbe hacerlo un sábado y un domingo. Esa distinción de días, no es un aferrarse a una costumbre antigua, sino que es el descubrimiento que cada día para nosotros es un regalo de Dios. Y un regalo de Dios cuyo secreto no está en nuestro propio arbitrio, sino que está en nuestra disponibilidad a aquello que Dios nos envíe. Cada día que nos levantamos, salimos a nuestra tarea, nos vemos sorprendidos por cosas que Dios ha dispuesto en ese día y no en otro día. No somos nosotros los que distinguimos los días, sino que es Dios quien nos enseña a ordenar nuestro tiempo, y nuestro corazón, y nuestra mente, y disponernos a hacer la Voluntad con toda la Iglesia, unidos con toda la Iglesia. No es importante que sea miércoles, que sea viernes, o que sea domingo, lo importante es que es un tiempo en el cual con esos otros con los que concelebramos la Natividad, co-ayunaremos, co-oraremos o haremos como un solo Cuerpo que a la vez se regocija en un momento, y en otro entra dentro de lo profundo de su corazón, buscando la salud, buscando la paz, el perdón, la remisión de los pecados, el arrepentimiento, la humildad, la mansedumbre, la iluminación espiritual, el regocijo, la esperanza, bienes que anhelamos sin querer fatigarnos. Como quién quiere tener músculos sin mover los brazos. 

Por eso entreguémonos con gozo a este pequeño sendero, que por distintas etapas nos irá llevando hasta Belén, hasta la humilde y pequeña Belén. Es más hasta las afueras de Belén, hasta un recoveco en las afueras de Belén. Un lugar y un estado que solamente conocemos porque Dios nos lo ha revelado, ya sea por la sabiduría que Dios nos infunde como los magos, o por el anuncio de otros, como es a los pastores. Pero, de todos modos estamos llamados a abandonar nuestra tarea, a hacerla a un costado por medio del ayuno y la oración, y encaminarnos hacia el Belén espiritual que nos espera para concelebrar místicamente y asistir al Nacimiento del Niño Dios. Vayamos con gozo hacia el encuentro de aquél que nos espera en este momento en el vientre de María. Amin. Que Dios los bendiga y que la Santísima Madre de Dios los ampare.

Hieromonje Diego Daniel Flamini, Fiesta de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo 2012


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